Gregorio no despertó de aquel profundo desvanecimiento hasta el anochecer. Seguramente se habría despertado sin ser molestado mucho antes, pues ya había descansado y dormido bastante; pero le pareció que lo habían despertado unos pasos furtivos y el ruido de cerrar cautelosamente la puerta que daba al vestíbulo. El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allá en el techo de la habitación y en las partes superiores de los muebles, pero abajo, donde estaba Gregorio, reinaba la oscuridad.
Lentamente, tanteando todavía torpemente con sus antenas, que apenas ahora empezaba a apreciar, se arrastró hacia la puerta para ver qué había ocurrido. Su lado izquierdo parecía una sola llaga, larga y desagradablemente tirante, y sobre sus dos hileras de patas tenía que cojear de verdad. Una patita, por cierto, había resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana —era casi un milagro que solo una hubiera resultado herida— y se arrastraba sin vida.
Solo al llegar a la puerta advirtió qué era lo que realmente lo había atraído: el olor de algo comestible. Allí había un cuenco lleno de leche fresca en la que nadaban pequeños trozos de pan blanco. Casi se habría echado a reír de alegría, pues tenía todavía más hambre que por la mañana, e inmediatamente sumergió la cabeza en la leche hasta casi por encima de los ojos. Pero pronto la retiró decepcionado; no solo le resultaba difícil comer a causa de su delicado costado izquierdo —pues solo podía comer si todo el cuerpo cooperaba jadeando—, sino que además la leche, que siempre había sido su bebida favorita y que por eso la hermana seguramente le había puesto, no le gustaba nada; incluso se apartó del cuenco casi con repugnancia y se arrastró de vuelta al centro de la habitación.
En el comedor, como vio Gregorio por la rendija de la puerta, el gas estaba encendido, pero mientras que a esa hora el padre solía leer en voz alta a la madre y a veces también a la hermana el periódico de la tarde, ahora no se oía ningún ruido. Bueno, quizá esa lectura que la hermana le mencionaba y le describía siempre en sus cartas acababa de pasar de moda últimamente. Pero también a su alrededor reinaba el silencio, aunque sin duda la casa no estaba vacía.
«¡Qué vida tan tranquila lleva mi familia!», se dijo Gregorio, y mientras contemplaba fijamente la oscuridad, sintió un gran orgullo de que hubiera sido capaz de proporcionar a sus padres y a su hermana semejante vida en una vivienda tan bonita. Pero ¿y si ahora toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción llegaban a su fin con espanto? Para no perderse en semejantes reflexiones, Gregorio prefirió ponerse en movimiento y se arrastró de un lado a otro de la habitación.
Una vez, durante la larga velada, se abrió un poco una de las puertas laterales y otra vez la otra, y enseguida volvieron a cerrarse; probablemente alguien había sentido la necesidad de entrar pero luego lo había pensado mejor. Gregorio se apostó entonces inmediatamente ante la puerta del comedor, resuelto a hacer entrar de algún modo al vacilante visitante o al menos a averiguar de quién se trataba; pero la puerta no volvió a abrirse y Gregorio esperó en vano. Antes, cuando las puertas estaban cerradas, todos habían querido entrar; ahora que él había abierto una puerta, y las otras evidentemente habían sido abiertas durante el día, ya no venía nadie, y las llaves estaban puestas por fuera.
La luz del comedor no se apagó hasta bien entrada la noche, y entonces fue fácil comprobar que los padres y la hermana se habían quedado despiertos hasta entonces, pues se los oía retirarse claramente de puntillas. Ya seguro de que nadie entraría antes de la mañana siguiente, Gregorio tenía por delante un largo espacio de tiempo para meditar sin ser molestado sobre cómo debía reorganizar su vida de ahora en adelante.
Pero la habitación alta y despejada en la que estaba obligado a yacer tendido en el suelo le causaba angustia, sin que pudiera averiguar la razón, pues era la habitación que ocupaba desde hacía cinco años. Con un giro medio inconsciente y no sin cierta vergüenza, se metió a toda prisa debajo del sofá, donde, a pesar de que la espalda quedaba un poco apretada y ya no podía levantar la cabeza, enseguida se sintió muy cómodo, y solo lamentó que su cuerpo fuera demasiado ancho para caber entero debajo del sofá.
Allí se quedó toda la noche, que pasó en parte en un estado de duermevela del que el hambre lo arrancaba una y otra vez sobresaltado, y en parte entre preocupaciones y vagas esperanzas, que, sin embargo, llevaban todas a la conclusión de que por el momento debía comportarse con calma y, mediante la paciencia y la máxima consideración hacia la familia, hacer soportables las molestias que en su estado actual no podía evitar causarles.
Ya a primera hora de la mañana siguiente —era todavía casi de noche— tuvo Gregorio ocasión de poner a prueba la firmeza de sus propósitos recién tomados, pues desde el vestíbulo la hermana, casi completamente vestida, abrió la puerta y miró dentro con expectación. No lo encontró enseguida, pero cuando lo descubrió debajo del sofá —Dios mío, tenía que estar en algún sitio, no iba a haberse ido volando—, se asustó tanto que, sin poder dominarse, cerró la puerta de golpe desde fuera.
Pero, como arrepintiéndose de su conducta, volvió a abrir inmediatamente y entró de puntillas, como si estuviera visitando a un enfermo grave o a un extraño. Gregorio había sacado la cabeza hasta el borde del sofá y la observaba. ¿Se daría cuenta de que había dejado la leche, y no porque no tuviera hambre, y le traería otra comida más adecuada? Si no lo hacía por sí sola, él prefería morirse de hambre antes que hacérselo notar, aunque en realidad sentía unos deseos enormes de salir disparado de debajo del sofá, tirarse a los pies de la hermana y rogarle que le trajera algo bueno de comer.
Pero la hermana notó enseguida, con extrañeza, que el cuenco seguía lleno, que solo un poco de leche se había derramado a su alrededor, lo recogió inmediatamente, eso sí, no con las manos sino con un trapo, y se lo llevó. Gregorio estaba lleno de curiosidad por saber qué le traería en su lugar, e hizo las más diversas conjeturas al respecto. Pero jamás habría podido adivinar lo que la hermana, en su bondad, hizo realmente. Le trajo, para tantear su gusto, toda una selección de alimentos, todo extendido sobre un periódico viejo.
Había verduras rancias medio podridas, huesos de la cena rodeados de salsa blanca reseca, unas pasas y unas almendras, un queso que Gregorio hacía dos días había declarado incomible, un trozo de pan seco, otro untado de mantequilla y otro con mantequilla y sal. Además de todo esto puso de nuevo el cuenco, que probablemente había sido asignado a Gregorio de una vez por todas, esta vez lleno de agua.
Y por delicadeza, sabiendo que Gregorio no comería en su presencia, se retiró a toda prisa e incluso echó la llave, solo para que Gregorio advirtiera que podía ponerse tan cómodo como quisiera. Las patitas de Gregorio zumbaron al dirigirse a la comida. Sus heridas, por otra parte, debían de haberse curado ya del todo, pues no sentía molestia alguna; se asombró y pensó en cómo hacía más de un mes se había cortado un poco el dedo con un cuchillo y aún anteayer le dolía bastante la herida.
«¿Tendré menos sensibilidad?», pensó, mientras chupaba ya con avidez el queso, que le había atraído inmediatamente, por encima de todos los demás alimentos, de un modo enérgico y categórico. Rápidamente, uno tras otro, y con los ojos humedecidos de satisfacción, devoró el queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, en cambio, no le gustaron; ni siquiera pudo soportar su olor y se llevó a otro lado las cosas que quería comer.
Hacía ya mucho tiempo que había terminado con todo y yacía perezosamente en el mismo sitio, cuando la hermana, para indicarle que se retirara, hizo girar lentamente la llave. Eso lo sobresaltó inmediatamente, a pesar de que ya estaba medio dormido, y volvió a toda prisa debajo del sofá. Pero le costó un gran esfuerzo de voluntad quedarse debajo del sofá durante el poco tiempo que la hermana estuvo en la habitación, pues su cuerpo se había redondeado un poco con la comida abundante y apenas podía respirar en aquel estrecho espacio.
Entre pequeños ataques de asfixia contempló con los ojos un poco saltones cómo la hermana, que no sospechaba nada, barría con la escoba no solo los restos sino incluso los alimentos que Gregorio no había tocado, como si estos tampoco fueran ya utilizables, y cómo lo echaba todo rápidamente en un cubo que cerró con una tapa de madera, después de lo cual se lo llevó todo fuera. Apenas se había dado la vuelta cuando Gregorio salió ya de debajo del sofá, se estiró y se expandió.
De esta manera recibía Gregorio todos los días su comida, una vez por la mañana temprano, cuando los padres y la criada dormían todavía, y la segunda vez después de la comida general del mediodía, pues entonces los padres se echaban de nuevo un ratito y la criada era enviada por la hermana a hacer algún recado. Seguro que tampoco ellos querían que Gregorio se muriera de hambre, pero quizá no habrían podido soportar enterarse de sus comidas de otro modo que de oídas; quizá la hermana quería ahorrarles también un sufrimiento aunque fuera pequeño, pues ciertamente ya sufrían bastante.
Con qué excusas se las arreglaron el primer día para librarse del médico y del cerrajero, Gregorio no logró enterarse, pues como no lo entendían, a nadie, ni siquiera a la hermana, se le ocurrió que él pudiera entender a los demás, y así, cuando la hermana estaba en su habitación, tenía que contentarse con oír de vez en cuando sus suspiros e invocaciones a los santos. Solo más tarde, cuando ya se había acostumbrado un poco a todo —naturalmente, nunca se podría hablar de costumbre completa—, Gregorio captaba a veces una observación que expresaba amabilidad o que así podía interpretarse.
—Hoy le ha gustado —decía cuando Gregorio había dado buena cuenta de la comida; en el caso contrario, que se fue repitiendo cada vez con más frecuencia, solía decir casi con tristeza—: Otra vez se ha quedado todo sin tocar.
Pero aunque Gregorio no podía enterarse directamente de ninguna novedad, captaba algunas cosas de las habitaciones contiguas, y tan pronto como oía voces corría a la puerta correspondiente y se apretaba con todo su cuerpo contra ella. Sobre todo al principio, no había conversación que no se refiriera de algún modo a él, aunque fuera en secreto.
Durante dos días se oyeron en todas las comidas deliberaciones sobre cómo debían comportarse; pero también entre comidas se hablaba del mismo tema, pues siempre había al menos dos miembros de la familia en casa, ya que nadie quería quedarse solo y de ningún modo podían dejar la vivienda del todo. También la criada había pedido de rodillas a la madre que la despidiera inmediatamente, y cuando se marchó un cuarto de hora más tarde, dio las gracias llorando por el despido como por el mayor favor que le habían hecho, y juró sin que nadie se lo pidiera un juramento terrible de no revelar nada a nadie.
Ahora la hermana tenía que cocinar también, además de la madre, aunque aquello no suponía mucho trabajo, pues apenas comían. Una y otra vez Gregorio oía cómo uno de ellos exhortaba en vano a otro a comer y no recibía otra respuesta que: «Gracias, ya tengo bastante», o algo parecido. Quizá tampoco bebían nada. A menudo la hermana preguntaba al padre si quería cerveza y se ofrecía amablemente a ir ella misma a buscarla, y cuando el padre callaba, decía para vencer sus escrúpulos que también podía enviar a la portera; pero entonces el padre pronunciaba un gran «no» rotundo, y no se hablaba más del asunto.
Ya en el transcurso del primer día, el padre expuso a la madre y a la hermana toda la situación patrimonial y las perspectivas. De vez en cuando se levantaba de la mesa e iba a buscar algún documento o algún libro de anotaciones de su pequeña caja fuerte, que había logrado salvar de la quiebra de su negocio hacía cinco años. Se oía cómo abría la complicada cerradura y la volvía a cerrar después de sacar lo que buscaba.
Estas explicaciones del padre fueron en parte la primera noticia grata que Gregorio escuchó desde su encierro. Había creído que al padre no le quedaba nada de aquel negocio; al menos el padre no le había dicho nada en sentido contrario, y Gregorio, por su parte, tampoco se lo había preguntado. La preocupación de Gregorio entonces había sido hacer todo lo posible para que la familia olvidara lo antes posible la catástrofe comercial que los había sumido a todos en una completa desesperanza.
Y así había empezado a trabajar con un ardor especial y de la noche a la mañana había pasado de ser un pequeño dependiente a ser un viajante de comercio, que naturalmente tenía muchas más posibilidades de ganar dinero y cuyos éxitos profesionales, en forma de comisiones, se convertían inmediatamente en dinero contante y sonante que se podía poner sobre la mesa de la familia asombrada y encantada. Habían sido buenos tiempos y nunca se habían repetido después, al menos con ese esplendor, aunque Gregorio ganaba tanto dinero que estaba en condiciones de cargar con los gastos de toda la familia y lo hacía.
Se habían acostumbrado a ello, tanto la familia como Gregorio; aceptaban agradecidos el dinero, él lo entregaba con gusto, pero ya no se producía un calor especial. Solo la hermana había seguido estando cercana a Gregorio, y su plan secreto era enviarla el año próximo al conservatorio, sin reparar en los considerables gastos que ello suponía, pues ya se compensarían de otro modo. A menudo, durante las breves estancias de Gregorio en la ciudad, se mencionaba el conservatorio en las conversaciones con la hermana, pero siempre solo como un hermoso sueño cuya realización era impensable, y los padres ni siquiera oían estas inocentes alusiones con gusto; pero Gregorio pensaba en ello con mucha determinación y tenía la intención de comunicarlo solemnemente en Nochebuena.
Tales eran las ideas, completamente inútiles en su estado actual, que le pasaban por la cabeza mientras permanecía erguido pegado a la puerta, escuchando. A veces, de puro cansancio general, ya no podía seguir escuchando y dejaba caer la cabeza descuidadamente contra la puerta, pero enseguida la volvía a levantar, pues incluso el pequeño ruido que producía al hacerlo era percibido al otro lado y hacía enmudecer a todos.
—¿Qué estará haciendo ahora? —decía el padre al cabo de un rato, evidentemente vuelto hacia la puerta, y solo después se reanudaba poco a poco la conversación interrumpida.
Gregorio se enteró así —pues el padre solía repetirse mucho en sus explicaciones, en parte porque hacía mucho que no se ocupaba de esas cosas y en parte porque la madre no entendía todo a la primera— de que, a pesar de toda la desgracia, quedaba de los viejos tiempos un patrimonio, aunque modesto, que los intereses, no tocados durante todo ese tiempo, habían hecho crecer un poco. Además de eso, el dinero que Gregorio traía a casa todos los meses —él solo se quedaba con unos pocos florines para sí— no se había gastado del todo y se había acumulado formando un pequeño capital.
Gregorio, detrás de su puerta, asentía con entusiasmo, encantado con aquella inesperada previsión y prudencia. Cierto que con aquel dinero sobrante habría podido ir amortizando la deuda que el padre tenía con su jefe, y ese día en que habría podido liberarse de aquel empleo habría estado mucho más cercano; pero sin duda era mejor como lo había dispuesto el padre.
Ahora bien, aquel dinero no bastaba ni mucho menos para que la familia pudiera vivir de los intereses; alcanzaba quizá para mantener a la familia uno o dos años, como mucho. Era, pues, una suma que en realidad no debía tocarse y que había que reservar para un caso de emergencia; el dinero para vivir había que ganarlo. Ahora bien, el padre era un hombre sano pero viejo, que llevaba cinco años sin trabajar y que en todo caso no podía fiarse de sus fuerzas; durante esos cinco años, que habían sido las primeras vacaciones de su laboriosa pero frustrada vida, había engordado mucho y se había vuelto muy pesado.
¿Y la vieja madre iba ahora a ganar dinero, ella que padecía de asma, a quien un paseo por la casa le costaba ya un esfuerzo y que un día sí y otro no pasaba en el sofá junto a la ventana abierta con dificultades para respirar? ¿Y la hermana iba a ganar dinero, ella que con sus diecisiete años era todavía una niña a la que sin duda le sentaba bien la vida que había llevado hasta entonces, consistente en vestirse con esmero, dormir mucho, ayudar en las tareas de la casa, participar en algunas diversiones modestas y, sobre todo, tocar el violín?
Cuando se hablaba de la necesidad de ganar dinero, Gregorio soltaba siempre la puerta y se arrojaba sobre el fresco sofá de cuero que estaba junto a ella, pues le ardía de vergüenza y de pena.
A menudo yacía allí toda la larga noche sin dormir un solo instante, rascando durante horas contra el cuero. O bien no escatimaba el gran esfuerzo de empujar una silla hasta la ventana, luego trepaba hasta el alféizar y, apuntalado en la silla, se apoyaba en la ventana, evidentemente solo movido por un vago recuerdo de lo liberador que antes había sido para él mirar por ella.
Pues lo cierto era que, de día en día, veía con menos claridad las cosas que estaban a cierta distancia; el hospital de enfrente, cuya visión omnipresente antes maldecía, ya ni siquiera lo distinguía, y si no hubiera sabido que vivía en la tranquila pero totalmente urbana Charlottenstrasse, habría podido creer que contemplaba desde su ventana un desierto en el que el cielo gris y la tierra gris se fundían de un modo indiscernible.
Solo dos veces había necesitado la atenta hermana ver la silla junto a la ventana para que, a partir de entonces, después de cada limpieza de la habitación, la colocara siempre junto a la ventana, e incluso dejara abierta la hoja interior.
Si Gregorio hubiera podido hablar con la hermana y agradecerle todo lo que tenía que hacer por él, habría soportado mejor sus servicios; pero así le causaban sufrimiento. La hermana, desde luego, intentaba borrar todo lo penoso de la situación, y cuanto más tiempo pasaba, mejor lo conseguía, naturalmente; pero con el tiempo también Gregorio veía todo con más claridad.
Ya su entrada le resultaba terrible. Apenas entraba, sin tomarse tiempo siquiera para cerrar las puertas, a pesar de que solía tener mucho cuidado en ahorrar a todos el espectáculo de la habitación de Gregorio, corría derecha a la ventana y la abría de par en par con manos precipitadas, como si se asfixiara, y se quedaba un rato junto a ella respirando profundamente, por mucho frío que hiciera.
Con estas carreras y estos estrépitos asustaba a Gregorio dos veces al día; él temblaba todo el rato debajo del sofá y sabía perfectamente que ella le habría ahorrado con gusto todo aquello si le hubiera sido posible permanecer en la habitación de Gregorio con la ventana cerrada.
Una vez —ya había pasado un mes desde la transformación de Gregorio, y ya no había motivo especial para que la hermana se asombrara de su aspecto—, vino un poco antes de lo habitual y encontró a Gregorio cuando todavía miraba por la ventana, inmóvil y colocado de un modo que daba miedo. Gregorio no se habría sorprendido de que ella no entrara, pues su posición le impedía abrir inmediatamente la ventana; pero no solo no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta; un extraño habría podido pensar que Gregorio la había estado acechando y había intentado morderla. Gregorio se escondió enseguida debajo del sofá, naturalmente, pero tuvo que esperar hasta el mediodía para que la hermana volviera, y parecía mucho más inquieta que de costumbre.
Comprendió así que su aspecto seguía siéndole insoportable y que forzosamente continuaría siéndolo, y que probablemente tenía que hacer un gran esfuerzo para no salir corriendo ante la visión, aunque fuera mínima, de la parte de su cuerpo que sobresalía por debajo del sofá. Para ahorrarle también este espectáculo, un día cargó sobre su espalda —necesitó cuatro horas para ello— la sábana hasta el sofá y la colocó de tal manera que lo tapaba por completo, de modo que la hermana no podía verlo aunque se agachara.
Si ella hubiera juzgado innecesaria la sábana, podría haberla quitado, pues estaba bastante claro que Gregorio no se aislaba de ese modo por diversión; pero dejó la sábana donde estaba, y Gregorio creyó incluso captar una mirada de agradecimiento cuando una vez levantó cautelosamente la sábana un poquito con la cabeza para ver cómo tomaba la hermana la nueva disposición.
Durante las dos primeras semanas los padres no pudieron decidirse a entrar en la habitación de Gregorio, y a menudo oía cómo apreciaban plenamente el trabajo actual de la hermana, mientras que hasta ahora se habían enfadado frecuentemente con ella porque les parecía una chica bastante inútil. Pero ahora, con frecuencia, ambos, el padre y la madre, esperaban ante la habitación de Gregorio mientras la hermana la arreglaba, y apenas salía tenía que contar con todo detalle cómo estaba la habitación, qué había comido Gregorio, cómo se había comportado esta vez y si quizá se observaba alguna pequeña mejoría.
La madre, por cierto, quiso visitar a Gregorio relativamente pronto, pero el padre y la hermana se lo impidieron primero con argumentos razonables que Gregorio escuchó con mucha atención y que aprobó por completo. Más tarde, sin embargo, hubo que retenerla por la fuerza, y cuando exclamaba: «¡Dejadme entrar a ver a Gregorio, es mi pobre hijo! ¿No comprendéis que tengo que ir a verle?», entonces Gregorio pensaba que quizá sería bueno que la madre entrara, no todos los días, desde luego, pero sí una vez por semana; al fin y al cabo ella entendía de todo mucho mejor que la hermana, que a pesar de todo su valor no era más que una niña y que, en última instancia, quizá solo había asumido una tarea tan difícil por ligereza infantil.
El deseo de Gregorio de ver a la madre se cumplió pronto. Durante el día, ya por consideración a sus padres, Gregorio no quería asomarse a la ventana, pero en los pocos metros cuadrados de suelo tampoco podía arrastrarse mucho; ya le costaba soportar estar tumbado tranquilamente durante la noche; la comida pronto dejó de proporcionarle el menor placer, y así adquirió la costumbre, para distraerse, de trepar en zigzag por las paredes y el techo. Le gustaba especialmente quedarse colgado del techo; era algo completamente diferente de yacer en el suelo; se respiraba con más libertad; un suave balanceo recorría el cuerpo, y en el estado de distracción casi feliz en que se encontraba Gregorio allá arriba, podía ocurrir que se soltara para su propia sorpresa y se estrellara contra el suelo. Pero ahora, naturalmente, dominaba mucho mejor su cuerpo que antes y no se hacía daño ni siquiera con una caída tan grande.
La hermana enseguida advirtió la nueva diversión que Gregorio había descubierto para sí —al trepar dejaba aquí y allá huellas de su sustancia pegajosa— y se le metió en la cabeza facilitar a Gregorio sus paseos el mayor número posible de ellos, retirando los muebles que se lo impedían, es decir, sobre todo el armario y el escritorio.
Pero no podía hacerlo sola; al padre no se atrevía a pedírselo; la criada seguro que no la habría ayudado, pues esta muchacha de unos dieciséis años resistía valientemente desde la marcha de la cocinera anterior, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina constantemente cerrada y de no tener que abrirla más que cuando se la llamara expresamente; así que a la hermana no le quedó otra opción que recurrir a la madre en una ocasión en que el padre estaba ausente.
La madre se acercó con exclamaciones de alegría y emoción, pero enmudeció ante la puerta de la habitación de Gregorio. Primero, la hermana comprobó naturalmente que todo estuviera en orden en la habitación; luego dejó entrar a la madre. Gregorio se había apresurado a bajar la sábana todavía más que de costumbre, y esta vez hizo más pliegues, de modo que realmente parecía una sábana echada al azar sobre el sofá. Gregorio también se abstuvo de espiar por debajo de la sábana; renunció a ver a la madre por esta vez y se contentó con que hubiera venido.
—Ven, no se le ve —dijo la hermana, y evidentemente llevaba a la madre de la mano.
Gregorio oyó cómo las dos mujeres desplazaban el pesado y viejo armario de su sitio, y cómo la hermana reclamaba constantemente para sí la mayor parte del trabajo, sin escuchar las advertencias de la madre, que temía que se esforzara demasiado. Aquello duró mucho tiempo. Después de un cuarto de hora de trabajo, la madre dijo que más valía dejar el armario donde estaba, porque en primer lugar era demasiado pesado: no terminarían antes de que llegara el padre, y con el armario en medio de la habitación le bloquearían a Gregorio todos los caminos; y en segundo lugar, no era nada seguro que a Gregorio le hiciera un favor quitarle los muebles.
A ella le parecía más bien lo contrario; la vista de las paredes vacías le oprimía el corazón a ella misma; y ¿por qué no iba a sentir lo mismo Gregorio, que al fin y al cabo estaba acostumbrado desde hacía mucho a los muebles de la habitación y que por eso se sentiría desamparado en la habitación vacía?
—¿Y no parece —concluyó la madre en voz muy baja, casi en un susurro, como si quisiera evitar que Gregorio, cuyo paradero exacto desconocía, oyera siquiera el sonido de su voz, pues de que no entendía las palabras estaba ella convencida— no parece que al quitar los muebles le estamos diciendo que renunciamos a toda esperanza de mejoría y que lo abandonamos sin miramientos a su suerte? Creo que lo mejor sería intentar dejar la habitación exactamente en el estado en que estaba antes, para que Gregorio, cuando vuelva a nosotros, lo encuentre todo igual y pueda olvidar más fácilmente el tiempo intermedio.
Al oír estas palabras de la madre, Gregorio comprendió que la falta de toda conversación humana directa, unida a la vida monótona en medio de la familia, debía de haberle trastornado el juicio durante estos dos meses, pues de otro modo no podía explicarse que hubiera deseado seriamente que se vaciara su habitación. ¿De verdad quería que la habitación cálida, amueblada con confortables muebles familiares, se transformara en una cueva donde, ciertamente, podría trepar sin que nadie le molestara en todas las direcciones, pero donde al mismo tiempo olvidaría rápida y completamente su pasado humano?
Ya estaba a punto de olvidarlo, y solo la voz de la madre, que no oía desde hacía mucho, le había sacudido. Nada debía quitarse; todo debía quedarse; no podía prescindir de la benéfica influencia de los muebles en su estado; y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido de un lado a otro, eso no era un perjuicio sino una gran ventaja.
Pero la hermana era, lamentablemente, de otra opinión; se había acostumbrado, no sin cierta justificación, a presentarse ante los padres como experta especialmente cualificada cuando se trataba de los asuntos de Gregorio, y así el consejo de la madre fue motivo suficiente para que ella insistiera en que se retiraran no solo el armario y el escritorio, como había pensado en un principio, sino todos los muebles, a excepción del imprescindible sofá.
No era solo obstinación infantil y la confianza en sí misma que había adquirido tan inesperadamente y con tanto esfuerzo en los últimos tiempos lo que la llevaba a plantear esa exigencia; también había observado que Gregorio necesitaba mucho espacio para trepar, mientras que los muebles, como se podía comprobar, no los utilizaba en absoluto.
Quizá también influyó el espíritu entusiasta de las muchachas de su edad, que busca satisfacción en toda oportunidad y que ahora la tentaba a hacer todavía más estremecedora la situación de Gregorio para luego poder hacer por él todavía más que hasta entonces. Pues en una habitación donde Gregorio dominara a solas las paredes vacías no se atrevería a entrar nadie más que Grete.
Y así no se dejó disuadir de su resolución por la madre, que además, de pura inquietud, parecía sentirse insegura también en esta habitación, pronto enmudeció y ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno, en caso de necesidad Gregorio podía prescindir del armario, pero el escritorio tenía que quedarse.
Y apenas las mujeres habían salido de la habitación con el armario, al que se aferraban gimiendo y empujando, cuando Gregorio sacó la cabeza por debajo del sofá para ver cómo podía intervenir con la mayor cautela y consideración posibles. Pero quiso la mala suerte que la madre fuera la primera en volver, mientras Grete en la habitación de al lado sujetaba el armario y lo zarandeaba de un lado a otro sola, sin moverlo, naturalmente, de su sitio.
La madre no estaba acostumbrada a ver a Gregorio, podía enfermar al verlo, y así Gregorio, asustado, retrocedió a toda prisa hasta el otro extremo del sofá, pero ya no pudo evitar que la sábana se moviera un poco por delante. Eso bastó para llamar la atención de la madre. Se detuvo, permaneció un instante inmóvil y luego volvió al lado de Grete.
Aunque Gregorio se decía una y otra vez que no pasaba nada extraordinario, que solo se estaban cambiando de sitio unos cuantos muebles, aquel ir y venir de las mujeres, sus pequeños gritos, el arrastrar de los muebles por el suelo, le producían el efecto de un gran tumulto que lo alimentaba por todos lados, y por mucho que encogiera la cabeza y las patas y apretara el cuerpo contra el suelo, tuvo que reconocer irremisiblemente que no soportaría aquello mucho tiempo más.
Le estaban vaciando la habitación; le quitaban todo lo que le era querido; el armario, donde guardaba la sierra de marquetería y otras herramientas, ya se lo habían llevado; ahora aflojaban el escritorio, que estaba prácticamente incrustado en el suelo, y en el que había hecho los deberes cuando estudiaba comercio, cuando iba al instituto e incluso cuando iba a la escuela primaria. Ya no tenía tiempo de calibrar las buenas intenciones de las dos mujeres, cuya existencia, por otra parte, casi había olvidado, pues de puro agotamiento trabajaban ya en silencio y solo se oían los pesados pisotones de sus pies.
Y así salió a toda prisa —las mujeres estaban en la habitación de al lado apoyadas en el escritorio para descansar un poco—, cambió cuatro veces la dirección de su carrera, pues realmente no sabía qué salvar primero, y entonces vio, en la pared ya vacía, llamativamente colgada, la estampa de la dama envuelta toda en pieles. Trepó rápidamente hasta ella y se apretó contra el cristal, que lo sujetaba y refrescaba su vientre ardiente. Al menos aquella estampa, que Gregorio cubría ahora completamente, seguro que nadie se la quitaría.
Volvió la cabeza hacia la puerta del comedor para observar a las mujeres cuando volvieran.
No se habían concedido mucho descanso y ya estaban de vuelta; Grete había rodeado con el brazo a la madre y prácticamente la cargaba.
—Bueno, ¿qué nos llevamos ahora? —dijo Grete y miró a su alrededor.
Entonces sus miradas se cruzaron con las de Gregorio en la pared. Seguramente solo por la presencia de la madre conservó la calma, inclinó su rostro hacia la madre para impedir que esta mirara hacia arriba y dijo, vacilante y temblando:
—Ven, ¿no es mejor que volvamos un momento al comedor?
La intención de Grete estaba clara para Gregorio: quería poner a salvo a la madre y luego espantarlo de la pared. ¡Pues bien, que lo intentara! Él estaba sentado encima de su estampa y no la entregaría. Prefería saltarle a Grete a la cara.
Pero las palabras de Grete habían inquietado a la madre, que dio un paso a un lado, descubrió la enorme mancha parda sobre el papel de flores de la pared, y antes de llegar a darse cuenta de que aquello que veía era Gregorio, gritó con voz ronca y chillona: «¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío!» y se desplomó sobre el sofá con los brazos abiertos, como si renunciara a todo, y se quedó inmóvil.
—¡Gregorio! —gritó la hermana levantando el puño y con mirada penetrante.
Eran las primeras palabras que le dirigía directamente desde la transformación. Corrió a la habitación de al lado a buscar alguna esencia para reanimar a la madre de su desmayo. Gregorio también quería ayudar —para salvar la estampa todavía había tiempo—, pero estaba pegado al cristal y tuvo que desprenderse a la fuerza; luego corrió también a la habitación de al lado, como si pudiera darle algún consejo a la hermana, como en los viejos tiempos; pero una vez allí tuvo que quedarse detrás de ella sin hacer nada; mientras ella rebuscaba entre diversos frasquitos, la hermana se volvió asustada; un frasquito cayó al suelo y se rompió; un fragmento de cristal hirió a Gregorio en la cara; alguna medicina corrosiva le salpicó; Grete cogió entonces, sin detenerse más, todos los frasquitos que pudo y corrió con ellos adonde la madre; cerró la puerta de una patada.
Gregorio estaba ahora separado de la madre, que por su culpa quizá estaba a punto de morir; no podía abrir la puerta si no quería espantar a la hermana, que tenía que quedarse junto a la madre; ahora no podía hacer otra cosa que esperar; y atormentado por los reproches y la preocupación empezó a trepar, trepó por todo, paredes, muebles y techo, y finalmente, en su desesperación, cuando toda la habitación empezó a girar a su alrededor, cayó en medio de la gran mesa.
Pasó un rato; Gregorio yacía allí agotado; a su alrededor reinaba el silencio; quizá era una buena señal. Entonces sonó el timbre. La criada estaba naturalmente encerrada en su cocina y Grete tuvo que ir a abrir. El padre había llegado.
—¿Qué ha pasado? —fueron sus primeras palabras; el aspecto de Grete se lo había revelado todo.
Grete respondió con voz apagada, evidentemente apretando la cara contra el pecho del padre:
—Madre se ha desmayado, pero ya está mejor. Gregorio se ha escapado.
—Ya me lo esperaba —dijo el padre—, siempre se lo he dicho, pero ustedes las mujeres no quieren escuchar.
A Gregorio le resultó claro que el padre había interpretado de la peor manera posible la demasiado breve información de Grete y suponía que Gregorio se había hecho culpable de algún acto violento. Por eso ahora debía intentar apaciguar al padre, pues para explicaciones no tenía ni tiempo ni posibilidad.
Y así se apresuró hacia la puerta de su habitación y se apretó contra ella para que el padre, al entrar desde el vestíbulo, viera enseguida que Gregorio tenía la mejor intención de volver inmediatamente a su habitación y que no era necesario obligarlo a retroceder, sino que bastaba con abrir la puerta para que desapareciera en el acto.
Pero el padre no estaba de humor para tales sutilezas.
—¡Ah! —exclamó nada más entrar, en un tono a la vez furioso y jubiloso.
Gregorio retiró la cabeza de la puerta y la volvió hacia el padre. Realmente no se había imaginado así al padre, tal como ahora estaba; cierto que últimamente, con la novedad de trepar, había descuidado la atención que antes prestaba a lo que ocurría en el resto de la casa, y debía estar preparado para encontrar condiciones cambiadas. Y sin embargo, sin embargo, ¿era ese todavía el padre? ¿El mismo hombre que yacía fatigado, hundido en la cama, cuando Gregorio partía antaño en viaje de negocios? ¿El que le recibía en bata en el sillón cuando volvía por la noche, que no era capaz de levantarse, que solo alzaba los brazos en señal de alegría y que, en los raros paseos en común, un par de domingos al año y en las fiestas más señaladas, caminaba entre Gregorio y la madre, que ya de por sí andaban despacio, siempre un poco más despacio aún, envuelto en su viejo abrigo, tanteando siempre cuidadosamente el camino con el bastón y que, cuando quería decir algo, casi siempre se detenía y reunía a su escolta a su alrededor?
Ahora, sin embargo, estaba bien erguido; vestido con un uniforme azul ajustado, con botones dorados, como los que llevan los ordenanzas de las entidades bancarias; por encima del cuello alto y rígido de la chaqueta se desplegaba la papada; bajo las cejas espesas los ojos negros lanzaban miradas frescas y atentas; el pelo blanco, antes revuelto, estaba peinado con una raya trazada con exactitud reluciente.
Arrojó su gorra, en la que había un monograma dorado, probablemente el de un banco, a través de toda la habitación describiendo un arco hasta el sofá, y se dirigió con las manos en los bolsillos del pantalón, los faldones de la larga chaqueta del uniforme retirados hacia atrás, con cara de determinación hacia Gregorio.
Probablemente ni él mismo sabía lo que pensaba hacer; en todo caso, levantaba los pies a una altura inusual, y Gregorio se asombró del tamaño enorme de las suelas de sus botas. Pero no se quedó en eso, pues sabía desde el primer día de su nueva vida que el padre, para con él, solo consideraba adecuada la mayor severidad.
Y así echó a correr delante del padre, se detuvo cuando el padre se detenía y volvía a empezar a la menor señal de movimiento. De esta manera dieron varias vueltas a la habitación sin que ocurriera nada decisivo, sin que todo aquello, dado el ritmo lento, tuviera siquiera apariencia de persecución.
Por eso Gregorio se quedó de momento en el suelo, sobre todo porque temía que el padre pudiera considerar una huida por las paredes o el techo como una muestra de particular maldad. Sin embargo, Gregorio tuvo que reconocer que ni siquiera esta carrera aguantaría mucho tiempo, pues mientras el padre daba un paso, él tenía que ejecutar una multitud de movimientos. Ya empezaba a sentir la falta de aliento, como tampoco en tiempos pasados había tenido pulmones muy fiables.
Mientras se tambaleaba así para concentrar todas sus fuerzas en la carrera, con los ojos casi cerrados; en su aturdimiento no pensaba en otra salvación que correr; y ya casi había olvidado que tenía a su disposición las paredes, que aquí, desde luego, estaban obstruidas por muebles finamente tallados, llenos de puntas y picos… entonces, algo ligeramente lanzado voló a su lado y rodó delante de él. Era una manzana; inmediatamente le siguió una segunda. Gregorio se quedó paralizado de espanto; seguir corriendo era inútil, pues el padre había decidido bombardearlo.
Se había llenado los bolsillos con las manzanas del frutero de la cómoda y ahora las lanzaba una tras otra, sin apuntar de momento con demasiada precisión. Aquellas manzanas pequeñas y rojas rodaban por el suelo como electrizadas y chocaban entre sí. Una manzana ligeramente lanzada rozó la espalda de Gregorio y resbaló sin causar daño. Otra, en cambio, lanzada inmediatamente después, se incrustó literalmente en la espalda de Gregorio.
Gregorio quería seguir arrastrándose, como si el dolor sorprendente e increíble pudiera pasar con un cambio de lugar; pero se sentía como clavado y se estiró en una completa confusión de todos los sentidos. Solo con la última mirada vio cómo la puerta de su habitación se abría de par en par y la madre salía corriendo, delante de la hermana, que gritaba, en camisa, pues la hermana la había desvestido para que respirara mejor estando desmayada, y cómo la madre corría hacia el padre y por el camino se le iban cayendo las faldas desatadas una tras otra, y cómo, tropezando con las faldas, se arrojó sobre el padre y, abrazándolo, completamente unida a él —pero aquí la vista ya le fallaba a Gregorio—, entrelazando las manos tras la nuca del padre, le suplicó que perdonara la vida a Gregorio.
En la segunda parte, el tiempo ha avanzado. Han pasado semanas desde la transformación de Gregorio y la familia ha establecido una rutina precaria para lidiar con su nueva realidad. Grete, la hermana de Gregorio, asume el rol de cuidadora. Observe cómo la relación entre Gregorio y su familia se va deteriorando a medida que su cuerpo de insecto desarrolla nuevos instintos y comportamientos. La escena central de esta parte —la madre desmayándose y el padre lanzando manzanas— marca un punto de inflexión en la violencia doméstica que Kafka describe con su característica precisión clínica.