booksbol
Parte Primera
La Metamorfosis · capítulo 1
0%
La Metamorfosis

Parte Primera

Parte Primera

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Yacía sobre su duro caparazón, y al alzar un poco la cabeza vio su vientre abombado, pardo, dividido por unos arcos rígidos, sobre cuya prominencia apenas si podía mantenerse la colcha, a punto ya de resbalar del todo. Sus numerosas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el tamaño del resto de su cuerpo, se agitaban desvalidas ante sus ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una habitación humana normal aunque algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes de siempre. Sobre la mesa, sobre la que estaba desplegado un muestrario de telas —Samsa era viajante de comercio—, colgaba una estampa que hacía poco había recortado de una revista ilustrada y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que, sentada muy erguida, alzaba hacia el espectador un pesado manguito de piel en el que desaparecía todo su antebrazo.

La mirada de Gregorio se dirigió entonces hacia la ventana, y el tiempo lluvioso —se oían caer las gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar— lo sumió en una gran melancolía. «¿Y si durmiese un poco más y me olvidase de todas estas tonterías?», pensó; pero no le era posible, pues estaba acostumbrado a dormir sobre el lado derecho, y en su estado actual no podía ponerse en esa posición. Por más que se esforzaba por inclinarse hacia el lado derecho, siempre volvía a caer de espaldas. Lo intentó cien veces, cerrando los ojos para no tener que ver las patas que se agitaban, y no desistió hasta que empezó a sentir en el costado un dolor leve y sordo que jamás había sentido.

«¡Dios mío!», pensó. «¡Qué oficio tan agotador he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La actividad comercial es mucho más fatigosa que el trabajo en la propia oficina, y encima hay que soportar la maldición de los viajes, las preocupaciones por los enlaces de los trenes, la comida mala e irregular, una sociabilidad constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial de verdad. ¡Al diablo con todo!»

Sintió un ligero picor en la parte superior del vientre; se arrastró lentamente sobre la espalda hacia la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la zona que le picaba estaba totalmente cubierta de unos pequeños puntos blancos que no supo interpretar, y quiso palpar aquel lugar con una pata, pero inmediatamente la retiró, pues el contacto le producía escalofríos.

Se deslizó de nuevo a su posición anterior. «Esto de levantarse pronto», pensó, «hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven como pachás. Cuando, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno. Eso debería intentar yo con mi jefe; me iría a la calle de inmediato. Quién sabe, por otra parte, si eso no sería lo mejor para mí. Si no fuera por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo; me habría presentado ante el jefe y le habría dicho lo que pienso desde el fondo de mi corazón. Se habría caído de la mesa. Porque esa es otra costumbre curiosa: sentarse encima de la mesa y hablar desde esa altura al empleado, que, encima, tiene que acercarse mucho porque el jefe es sordo.»

«Bueno, aún no he perdido la esperanza del todo; en cuanto haya reunido el dinero suficiente para pagarle la deuda de mis padres —todavía debo tardar de cinco a seis años—, lo haré sin falta. Entonces cortaré por lo sano. Aunque, por el momento, tengo que levantarme, que el tren sale a las cinco.»

Y miró hacia el despertador, que hacía tictac sobre el armario. «¡Dios del cielo!», pensó. Eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente; incluso ya había pasado la media, eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no habría sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto a las cuatro; evidentemente, había sonado. Sí, pero ¿era posible seguir durmiendo tan tranquilo con aquel sonido que hacía estremecer los muebles? Bueno, tranquilo no había dormido, pero probablemente por eso había dormido más profundamente. Ahora bien, ¿qué iba a hacer? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo tendría que darse una prisa loca, el muestrario todavía no estaba empaquetado y él mismo no se encontraba nada despabilado ni con ganas de moverse.

Y aun si consiguiera coger el tren, no evitaría la bronca del jefe, pues el mozo de los recados había estado esperando en el tren de las cinco y ya haría mucho que habría dado parte de su negligencia. Era una criatura del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Y si dijera que estaba enfermo? Pero eso, aparte de ser sumamente penoso, resultaría sospechoso, pues durante los cinco años de servicio no había estado enfermo ni una sola vez. Seguro que el jefe vendría con el médico del seguro, haría reproches a sus padres por tener un hijo tan vago y cortaría todas las objeciones remitiéndose al médico del seguro, para quien no existían más que hombres completamente sanos pero holgazanes.

¿Y es que en este caso no tendría razón? Lo cierto es que, prescindiendo de una somnolencia realmente superflua después de haber dormido tanto rato, Gregorio se sentía perfectamente y hasta tenía un hambre particularmente fuerte.

Mientras reflexionaba sobre todo esto a toda prisa, sin poder decidirse a abandonar la cama —el despertador señalaba las siete menos cuarto—, llamaron cautelosamente a la puerta de la cabecera de su cama.

—Gregorio —dijo una voz, que era la de su madre—, son las siete menos cuarto. ¿No tenías que irte de viaje?

¡Qué voz tan suave! Gregorio se asustó al oír su propia voz de respuesta, que era sin duda la de antes, pero en la que, como si viniera desde muy abajo, se mezclaba un penoso chirrido irreprimible, que dejaba las palabras claras solo en un primer momento, para destruirlas a continuación hasta tal punto que no se sabía si se había oído bien.

Gregorio había querido contestar detalladamente y explicarlo todo, pero en estas circunstancias se limitó a decir:

—Sí, sí, gracias, madre, ya me levanto.

A través de la puerta de madera, el cambio en la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta explicación y se alejó arrastrando los pies. Pero esta breve conversación había hecho que los otros miembros de la familia se dieran cuenta de que Gregorio, contra todo lo esperado, todavía estaba en casa, y ya el padre llamaba a una de las puertas laterales, suavemente pero con el puño:

—¡Gregorio, Gregorio! —gritó—. ¿Qué pasa?

Y pasados unos instantes insistió de nuevo con voz más grave:

—¡Gregorio! ¡Gregorio!

En la otra puerta lateral se lamentaba quedamente la hermana:

—Gregorio, ¿no te encuentras bien? ¿Necesitas algo?

A ambos lados respondió Gregorio:

—Ya estoy listo.

E intentó, pronunciando las palabras con sumo cuidado e intercalando largas pausas entre cada una de ellas, que su voz no llamara la atención. El padre volvió a su desayuno, pero la hermana susurró:

—Gregorio, abre, te lo suplico.

Gregorio, sin embargo, no pensaba en absoluto en abrir, sino que elogió la costumbre adquirida en los viajes de cerrar todas las puertas por la noche, incluso en casa.

Primero quería levantarse tranquilamente, sin ser molestado, vestirse y, sobre todo, desayunar, y solo después reflexionar sobre lo demás, pues en la cama, eso lo veía claro, no llegaría con sus cavilaciones a ninguna conclusión razonable. Recordó que ya muchas veces había sentido en la cama algún dolor leve producido quizá por una mala postura, que luego, al levantarse, resultaba ser puramente imaginario, y estaba deseando ver cómo se iban desvaneciendo paulatinamente sus fantasías de hoy.

No le cabía la menor duda de que el cambio de voz no era otra cosa que el presagio de un buen resfriado, una enfermedad profesional de los viajantes de comercio.

Apartar la colcha fue muy sencillo; bastó con inflarse un poco y cayó sola. Pero las dificultades empezaron luego, sobre todo porque él era excepcionalmente ancho. Habría necesitado brazos y manos para incorporarse, pero en su lugar solo tenía esas numerosas patitas que se movían sin cesar y en todas direcciones y que, además, no podía dominar. Cuando quería doblar una de ellas, era la primera en estirarse; y cuando por fin lograba realizar con esa pata lo que se proponía, las demás trabajaban entretanto con la mayor e más dolorosa agitación, como liberadas.

«Ante todo no debo perder la cabeza», se dijo Gregorio, «necesito toda la calma del mundo.»

Primero intentó sacar de la cama la parte inferior de su cuerpo, pero esta parte inferior, que además todavía no había visto y de la que no podía formarse una idea precisa, resultó ser muy difícil de mover; aquello avanzaba muy despacio. Cuando por fin, casi enloquecido, se lanzó hacia adelante con toda su fuerza, sin control, equivocó la dirección, chocó violentamente contra la pata inferior de la cama y el dolor ardiente que sintió le enseñó que precisamente la parte inferior de su cuerpo era quizá en este momento la más sensible.

Intentó entonces sacar primero la parte superior del cuerpo, y volvió la cabeza cautelosamente hacia el borde de la cama. Lo logró fácilmente, y a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió lentamente el movimiento de la cabeza. Pero cuando por fin tuvo la cabeza libre fuera de la cama, en el aire, le dio miedo seguir avanzando de esa forma, pues si al final se dejaba caer así, tendría que ocurrir un verdadero milagro para que la cabeza no resultara herida. Y precisamente ahora no podía de ninguna manera perder el conocimiento; prefería quedarse en la cama.

Pero cuando, tras repetir esfuerzos similares, se encontró suspirando en la misma posición de antes y vio de nuevo cómo sus patitas luchaban entre sí con mayor virulencia incluso, si cabe, y no encontraba forma de poner orden y sosiego en aquella arbitrariedad, se dijo una vez más que era imposible que se quedara en la cama y que lo más razonable era arriesgarlo todo ante la más mínima esperanza de liberarse de ella.

Al mismo tiempo no olvidó recordarse que mucho mejor que las decisiones desesperadas era la reflexión serena y tranquila. En tales momentos dirigía la vista lo más intensamente posible hacia la ventana, pero lamentablemente poco ánimo y esperanza se podía sacar del espectáculo de la niebla matutina, que ni siquiera dejaba ver la acera de enfrente.

«Ya son las siete», se dijo cuando sonó de nuevo el despertador, «ya son las siete y todavía hay tanta niebla.» Y durante un breve instante permaneció tumbado tranquilamente, respirando con suavidad, como si esperara del reposo total el retorno de las condiciones normales y naturales.

Pero luego se dijo: «Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber salido de la cama del todo. Además, para entonces ya habrá venido alguien de la oficina a preguntar por mí, pues la oficina se abre antes de las siete.»

Y se dispuso entonces a balancear todo el cuerpo en toda su longitud, con un ritmo uniforme, fuera de la cama. Si se dejaba caer de la cama de esta forma, la cabeza, que pensaba levantar bien durante la caída, quedaría probablemente intacta. La espalda parecía ser dura, y seguramente no le pasaría nada al caer sobre la alfombra. Lo que más le preocupaba era el fuerte estampido que se produciría, que probablemente provocaría temor, si no espanto, al otro lado de las puertas.

Sin embargo, había que arriesgarse.

Cuando Gregorio ya sobresalía medio cuerpo fuera de la cama —el nuevo método era más un juego que un esfuerzo, solo tenía que ir balanceándose sobre la espalda—, pensó en lo sencillo que sería todo si alguien viniera a ayudarle. Dos personas fuertes —pensó en su padre y en la criada— habrían bastado; solo tendrían que haber deslizado los brazos bajo su abombada espalda, sacarle así de la cama, agacharse con la carga y luego esperar pacientemente a que él diera la vuelta sobre el suelo, donde era de esperar que las patitas cobraran algún sentido.

Pero aparte de que las puertas estaban cerradas, ¿debía realmente pedir ayuda? A pesar de la angustia, no pudo reprimir una sonrisa al pensarlo.

Ya estaba tan lejos que apenas podía mantener el equilibrio cuando se balanceaba con fuerza, y muy pronto tendría que tomar la decisión definitiva, pues dentro de cinco minutos serían las siete y cuarto… En ese momento sonó el timbre de la puerta de la casa.

«Es alguien de la oficina», se dijo, y casi se quedó paralizado, mientras sus patitas bailaban aún más deprisa. Durante un momento todo permaneció en silencio.

—No abren —se dijo Gregorio, presa de alguna esperanza absurda.

Pero entonces, como siempre, la criada se encaminó con paso firme a la puerta y abrió. A Gregorio le bastó oír la primera palabra del visitante para saber quién era: el apoderado en persona. ¿Por qué estaría Gregorio condenado a trabajar en una empresa en la que a la menor ausencia se sospechaba lo peor? ¿Es que todos los empleados eran, sin excepción, unos sinvergüenzas? ¿Es que no había entre ellos un hombre fiel y leal que, cuando no aprovechaba un par de horas de la mañana para la empresa, se volvía loco de remordimientos y se veía sencillamente incapacitado para abandonar la cama?

¿No habría bastado realmente con enviar a un aprendiz a preguntar, si es que toda esta preguntadera era necesaria? ¿Tenía que venir el apoderado en persona, y había que mostrar con eso a toda una inocente familia que la investigación de este asunto sospechoso solo podía ser confiada al criterio del apoderado?

Y más como consecuencia de la excitación que le producían estas reflexiones que como resultado de una auténtica decisión, se lanzó con toda su fuerza fuera de la cama. Se produjo un golpe sordo, pero no un verdadero estrépito. La alfombra amortiguó un poco la caída, y además la espalda era más elástica de lo que Gregorio había pensado; de ahí el ruido tan amortiguado y poco llamativo. Solo que no había mantenido la cabeza con el debido cuidado y se la había golpeado; la giró y la restregó contra la alfombra, de rabia y dolor.

—Ahí dentro se ha caído algo —dijo el apoderado en la habitación contigua de la izquierda.

Gregorio intentó imaginarse si alguna vez le podría ocurrir al apoderado algo similar a lo que le había ocurrido a él; la posibilidad en principio no podía negarse. Pero, como respuesta brutal a esta pregunta, el apoderado dio algunos pasos decididos en la habitación contigua haciendo crujir sus botas de charol.

Desde la habitación de la derecha, la hermana informó a Gregorio en un susurro:

—Gregorio, el apoderado está aquí.

—Ya lo sé —dijo Gregorio para sus adentros, pero no se atrevió a levantar la voz lo bastante para que la hermana lo oyera.

—Gregorio —dijo entonces el padre desde la habitación de la izquierda—, ha venido el señor apoderado y quiere saber por qué no has salido en el primer tren. No sabemos qué decirle. Además, desea hablar contigo personalmente. Así que haz el favor de abrir la puerta. Él tendrá la amabilidad de disculpar el desorden de la habitación.

—Buenos días, señor Samsa —intervino amablemente el apoderado.

—No se encuentra bien —le dijo la madre al apoderado mientras el padre seguía hablando junto a la puerta—, no se encuentra bien, créame usted, señor apoderado. ¿Cómo iba a perder el tren Gregorio, si no piensa en otra cosa que en el trabajo? Ya casi me disgusta que no salga nunca por las noches; ahora, por ejemplo, ha estado ocho días en la ciudad, pero se ha quedado en casa todas las noches. Se sienta con nosotros a la mesa y lee el periódico en silencio o estudia itinerarios de trenes. Su única distracción es hacer trabajos de marquetería. En dos o tres noches, por ejemplo, ha tallado un pequeño marco; le asombraría ver lo bonito que es; está colgado ahí dentro, en la habitación; en cuanto Gregorio abra ya lo verá usted.

Gregorio, mientras tanto, había logrado mucho más tranquilo, secándose el sudor de la frente, arrastrarse hasta la puerta, e intentaba ahora incorporarse apoyándose en ella. Tenía efectivamente la intención de abrir, de dejarse ver y de hablar con el apoderado; estaba ansioso por saber qué dirían al verle los que ahora tanto reclamaban su presencia. Si se asustaban, Gregorio ya no tendría responsabilidad alguna y podría estar tranquilo. Y si se lo tomaban con calma, tampoco tendría motivo para excitarse y, si se daba prisa, a las ocho podría estar realmente en la estación.

Las primeras veces, resbalaba de la lisa superficie de la puerta, pero por fin se dio impulso y se quedó erguido; ya no prestaba atención a los dolores de la parte inferior del cuerpo, por mucho que le ardieran. Después se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se aferró con sus patitas. De este modo había recobrado también el dominio de sí mismo y calló, pues ahora ya podía escuchar al apoderado.

—¿Han entendido ustedes una sola palabra? —preguntó el apoderado a los padres—. No se estará burlando de nosotros, ¿verdad?

—Por Dios —exclamó la madre llorando—, quizá esté gravemente enfermo y nosotros lo estamos atormentando. ¡Grete! ¡Grete! —gritó entonces.

—¿Madre? —dijo la hermana desde el otro lado, a través de la habitación de Gregorio—. Hay que ir a buscar al médico ahora mismo. Gregorio está enfermo. Rápido, a buscar al médico. ¿Has oído cómo habla Gregorio?

—Era una voz de animal —dijo el apoderado, en un tono notablemente bajo en comparación con los gritos de la madre.

—¡Anna! ¡Anna! —llamó el padre a la criada a través del vestíbulo, dando palmadas—. Id inmediatamente a buscar un cerrajero.

Y ya corrían las dos muchachas con un frufrú de faldas por el vestíbulo —¿cómo se habría vestido tan deprisa la hermana?— y abrieron de golpe la puerta de la casa. No se oyó el portazo; probablemente habían dejado la puerta abierta, como suele ocurrir en las casas donde ha pasado una gran desgracia.

Gregorio, entretanto, se había calmado mucho. Cierto que sus palabras, según se veía, ya no resultaban comprensibles, aunque a él le habían parecido bastante claras, más claras que antes, seguramente porque el oído se le iba acostumbrando. Pero al menos ya se daban cuenta de que algo no marchaba bien en él, y estaban dispuestos a ayudarle. La seguridad y confianza con que se habían tomado las primeras disposiciones le sentaron bien. Se sintió incluido de nuevo en el círculo de los humanos y esperó tanto del médico como del cerrajero, sin distinguir con precisión entre ambos, acciones decisivas y sorprendentes.

A fin de tener la voz lo más clara posible para las conversaciones decisivas que se avecinaban, tosió un poco, aunque procurando hacerlo quedamente, pues era posible que también la tos sonara de un modo diferente al de una tos humana, cosa que ya no se atrevía a determinar por sí mismo.

En la habitación contigua, mientras tanto, se había hecho un silencio absoluto. Quizá los padres estaban sentados a la mesa con el apoderado, cuchicheando; quizá todos estaban pegados a la puerta, escuchando.

Gregorio se arrastró lentamente hacia la puerta con la silla, una vez allí la soltó, se aferró a la puerta, se mantuvo erguido contra ella —las almohadillas de sus patitas tenían una cierta sustancia pegajosa— y descansó un momento del esfuerzo. Luego se dispuso a girar la llave con la boca. Desgraciadamente parecía que no tenía dientes propiamente dichos. ¿Con qué iba a agarrar la llave? En cambio, las mandíbulas, eso sí, eran muy fuertes; con su ayuda logró que la llave se moviera, sin reparar en que sin duda se estaba causando algún daño, pues un líquido pardo le salió de la boca, resbaló por la llave y goteó sobre el suelo.

—Escuchen —dijo el apoderado en la habitación contigua—, está girando la llave.

Eso supuso un gran estímulo para Gregorio; pero todos deberían haberle gritado, también el padre y la madre: «¡Ánimo, Gregorio!», deberían haber gritado, «¡dale, a esa cerradura!» Y, imaginándose que todos seguían con tensión sus esfuerzos, mordió la llave a ciegas con todas las fuerzas que pudo reunir. A medida que avanzaba el giro de la llave, él iba dando vueltas alrededor de la cerradura; ya solo se sostenía con la boca, y según las necesidades se colgaba de la llave o la empujaba de nuevo hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido más nítido de la cerradura al abrirse por fin le despertó literalmente.

Respirando aliviado, se dijo: «Así pues, no necesitaba al cerrajero», y apoyó la cabeza sobre el picaporte para acabar de abrir la puerta.

Como tuvo que abrir la puerta de esta manera, en realidad ya estaba bastante abierta sin que él pudiera ser visto todavía. Primero tuvo que girar lentamente alrededor de la hoja de la puerta, y hacerlo con mucho cuidado para no caer de espaldas justo antes de entrar en la habitación. Estaba todavía ocupado en aquella difícil maniobra, sin tiempo para atender a otra cosa, cuando oyó que el apoderado dejaba escapar un fuerte «¡oh!» —sonaba como el aullido del viento— y entonces lo vio también, él era el más cercano a la puerta, apretándose la mano contra la boca abierta y retrocediendo lentamente, como si una fuerza invisible lo empujara de manera uniforme.

La madre —que estaba allí, a pesar de la presencia del apoderado, con el pelo todavía suelto y erizado— miró primero al padre juntando las manos, luego dio dos pasos hacia Gregorio y se desplomó en el suelo en medio de sus faldas extendidas a su alrededor, con el rostro hundido en el pecho, totalmente inaccesible.

El padre cerró el puño con expresión hostil, como si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de su habitación, luego miró inseguro a su alrededor por el comedor, se cubrió después los ojos con las manos y lloró, y su poderoso pecho se sacudía.

Gregorio no entró entonces en la habitación, sino que se apoyó por dentro contra la hoja fija de la puerta, de manera que solo se veía la mitad de su cuerpo y, por encima de él, la cabeza ladeada con la que espiaba a los demás. Entretanto había aclarado mucho; al otro lado de la calle se distinguía nítidamente un tramo del edificio de enfrente, que era interminablemente largo —era un hospital—, con sus ventanas regulares que rompían abruptamente la fachada; la lluvia todavía caía, pero solo en grandes gotas aisladas que literalmente se lanzaban una a una al suelo.

Sobre la mesa estaba servido un desayuno copiosísimo, pues para el padre el desayuno era la comida más importante del día y lo prolongaba durante horas leyendo diversos periódicos.

En la pared de enfrente colgaba una fotografía de Gregorio de la época de su servicio militar, en la que, vestido de teniente, con la mano en la espada, sonreía despreocupado y con un gesto que exigía respeto por su uniforme y su actitud.

—Bueno —dijo Gregorio, plenamente consciente de que era el único que había conservado la calma—, ahora mismo me visto, recojo el muestrario y me pongo en camino. ¿Me dejaréis marchar? Ya ven, señor apoderado, no soy terco ni trabajo de mala gana; viajar es fatigoso, pero no podría vivir sin hacerlo. ¿Adónde va usted, señor apoderado? ¿A la oficina? ¿Sí? ¿Lo contará usted todo tal como es? Uno puede estar momentáneamente incapacitado para el trabajo, pero ese es precisamente el momento justo para recordar lo que se ha rendido antes y tener en cuenta que, una vez superado el impedimento, se trabajará con mucha más diligencia y concentración.

Mientras Gregorio pronunciaba atropelladamente todas estas palabras sin saber bien lo que decía, se había acercado sin dificultad al armario, seguramente gracias a la práctica adquirida en la cama, e intentaba incorporarse apoyándose en él. Quería de hecho abrir la puerta, dejarse ver y hablar con el apoderado; estaba deseoso de saber qué dirían al verle los que tanto lo reclamaban. Si se asustaban, la culpa ya no sería suya y podría estarse tranquilo.

Pero el apoderado ya se había dado la vuelta. Contempló a Gregorio con los labios fruncidos solo por encima del hombro, que le temblaba, y durante la retirada no apartó la vista ni un segundo. Llegó al vestíbulo y, a juzgar por el brusco movimiento con que retiró por última vez el pie del comedor, podría pensarse que acababa de pisar una brasa. Ya en el vestíbulo, extendió la mano derecha lejos de sí, en dirección a la escalera, como si allí le esperara una liberación casi sobrenatural.

Gregorio comprendió que de ningún modo debía dejar que el apoderado se marchara en semejante estado de ánimo, si no quería que su puesto en la empresa se viera gravemente amenazado. Los padres no entendían demasiado bien esto; a lo largo de los años se habían formado el convencimiento de que Gregorio tenía en esta empresa un empleo de por vida, y además ahora, con las preocupaciones del momento, habían perdido toda perspectiva. Pero Gregorio tenía esa perspectiva. Había que retener al apoderado, tranquilizarlo, convencerlo y finalmente ganarlo; el porvenir de Gregorio y de su familia dependía de ello.

¡Si al menos hubiera estado aquí la hermana! Ella sí era lista; ya había llorado cuando Gregorio todavía yacía tranquilamente sobre la espalda. Y seguro que el apoderado, ese aficionado a las mujeres, se habría dejado convencer por ella; ella habría cerrado la puerta de la casa y en el vestíbulo le habría quitado el susto. Pero la hermana precisamente no estaba, y Gregorio tenía que actuar por sí mismo.

Y sin pensar en que todavía no conocía sus actuales facultades de movimiento, sin pensar tampoco en que su discurso posiblemente —qué digo, probablemente— no había sido entendido, abandonó la hoja de la puerta, se deslizó a través de la abertura, pretendió dirigirse hacia el apoderado, que ya se aferraba ridículamente con ambas manos al pasamanos del rellano. Pero inmediatamente, buscando un apoyo, cayó con un gritito sobre sus numerosas patitas.

Apenas había ocurrido esto cuando sintió por primera vez en aquella mañana un bienestar físico; las patitas tenían suelo firme debajo; obedecían perfectamente, como comprobó con alegría; incluso trataban de llevarlo adonde él quería. Y ya estaba a punto de creer que la curación definitiva de todos sus males era inminente.

Pero en ese mismo instante, cuando yacía en el suelo balanceándose contenidamente, muy cerca de su madre y justo enfrente de ella, esta, que parecía totalmente ensimismada, se incorporó de un salto, con los brazos bien extendidos y los dedos separados, gritando: «¡Socorro, por el amor de Dios, socorro!», mantuvo la cabeza inclinada como si quisiera ver mejor a Gregorio, pero al mismo tiempo retrocedió absurdamente; había olvidado que detrás de ella estaba la mesa puesta; al llegar a ella se sentó encima precipitadamente, como distraída, y no pareció darse cuenta de que a su lado la gran cafetera volcada vertía a chorros el café sobre la alfombra.

—Madre, madre —dijo Gregorio en voz baja, mirando hacia ella.

El apoderado se le había borrado por un instante de la cabeza; en cambio, al ver el café que fluía, no pudo evitar chasquear las mandíbulas repetidamente al vacío. Al ver esto, la madre empezó a gritar de nuevo, huyó de la mesa y se arrojó en brazos del padre, que corría a su encuentro.

Pero Gregorio no tenía tiempo ahora para sus padres; el apoderado ya estaba en la escalera. Con la barbilla sobre la barandilla, volvió la vista por última vez. Gregorio tomó impulso para alcanzarlo si era posible. Pero el apoderado debió de sospechar algo, pues de un salto bajó varios escalones y desapareció. «¡Ah!», gritó todavía; el sonido resonó por toda la escalera.

Lamentablemente, la huida del apoderado pareció trastornar del todo al padre, que hasta ese momento había mantenido una relativa calma, pues en vez de correr él mismo detrás del apoderado, o al menos no impedir que Gregorio lo persiguiera, agarró con la mano derecha el bastón del apoderado, que este se había dejado sobre una silla junto con el sombrero y el abrigo, tomó con la izquierda un gran periódico de la mesa y, dando patadas en el suelo, se puso a blandir el bastón y el periódico para hacer retroceder a Gregorio hacia su habitación.

De nada sirvieron los ruegos de Gregorio, que tampoco fueron entendidos; por mucho que volviera humildemente la cabeza, el padre pisaba con más fuerza el suelo. Al otro lado, la madre había abierto de golpe una ventana a pesar del tiempo frío, y asomada muy afuera se cubría el rostro con las manos. Entre la calle y la escalera se creó una fuerte corriente de aire; las cortinas de la ventana se agitaron, los periódicos crujieron sobre la mesa, las hojas sueltas revolotearon por el suelo.

Implacable, el padre lo acosaba silbando como un salvaje. Pero Gregorio todavía no tenía práctica en andar hacia atrás, y la marcha era muy lenta. Si hubiera podido darse la vuelta, habría estado enseguida en su habitación, pero temía impacientar al padre con la lentitud de aquella maniobra, y en cualquier momento el bastón que el padre blandía en su mano podía asestarle un golpe mortal en la espalda o en la cabeza.

Finalmente, sin embargo, no le quedó más remedio, pues comprobó con espanto que marchando hacia atrás ni siquiera era capaz de mantener la dirección; empezó, pues, mientras lanzaba incesantes miradas temerosas al padre, a darse la vuelta lo más rápidamente posible, que en realidad era con mucha lentitud. Quizá el padre advirtió su buena voluntad, pues no le molestó sino que, de vez en cuando, incluso dirigió la operación de retroceso a distancia con la punta del bastón.

¡Si al menos no hubiera sido por aquel insoportable silbido del padre! Gregorio perdía la cabeza del todo. Ya casi había girado por completo cuando, siempre con aquel silbido en los oídos, cometió el error de girar un poco en sentido contrario. Pero cuando por fin, felizmente, tuvo la cabeza frente a la puerta, resultó que su cuerpo era demasiado ancho para pasar sin más.

Al padre, desde luego, en su estado actual, ni remotamente se le ocurrió abrir la otra hoja de la puerta para proporcionar a Gregorio paso suficiente. Su idea fija era simplemente que Gregorio debía volver a su habitación lo antes posible. Jamás habría permitido los complicados preparativos que Gregorio necesitaba para incorporarse y acaso de esa forma pasar por la puerta.

Más bien, como si no existiera ningún obstáculo, empujaba a Gregorio hacia adelante con un ruido especial; detrás de Gregorio ya no sonaba como la voz de un solo padre; aquello no era broma, y Gregorio se lanzó, pasara lo que pasara, contra la puerta. Un lado de su cuerpo se alzó, quedó torcido en el hueco de la puerta, su costado quedó desollado, en la puerta blanca quedaron manchas repugnantes; pronto se atascó y ya no habría podido moverse solo; las patitas de un lado colgaban temblando en el aire y las del otro estaban dolorosamente aplastadas contra el suelo. Entonces el padre le dio por detrás un empujón que en este momento fue verdaderamente liberador, y Gregorio voló hasta bien adentro de su habitación, sangrando abundantemente.

La puerta fue cerrada de un bastonazo, y por fin se hizo el silencio.

0 resaltados Siguiente →
Antes de leer

Franz Kafka escribió La metamorfosis en 1912 y se publicó en 1915. La novela es considerada una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. En esta primera parte, Gregorio Samsa, un viajante de comercio, despierta una mañana convertido en un enorme insecto. Kafka nunca describe con precisión en qué clase de insecto se ha transformado Gregorio, dejando al lector ante una ambigüedad deliberada que refuerza lo absurdo de la situación. Preste atención a cómo reacciona Gregorio ante su transformación: en lugar de pánico existencial, se preocupa por llegar tarde al trabajo.

Análisis

La primera parte establece el tono clínico y absurdo que caracteriza toda la obra. Kafka presenta la transformación como un hecho consumado, sin explicación ni causa, lo que obliga al lector a aceptar lo imposible como punto de partida. La reacción de Gregorio es reveladora: en lugar de preguntarse por qué se ha transformado, se preocupa por su empleo, sus deudas familiares y la opinión de su jefe. Esta inversión de prioridades constituye la verdadera metamorfosis: no es el cuerpo de Gregorio lo que resulta monstruoso, sino un sistema laboral que ha reducido su humanidad mucho antes de que perdiera su forma humana. La llegada del apoderado subraya el control que la empresa ejerce sobre la vida privada del empleado. El padre, con su periódico y su bastón, prefigura la violencia que irá escalando en las partes siguientes.

Test · pregunta 1 de 4

¿Cuál es la profesión de Gregorio Samsa antes de su transformación?

Sin producto esperado.