La grave herida de Gregorio, que tardó más de un mes en curarse —la manzana, como nadie se atrevía a quitársela, quedó incrustada en su carne como un recuerdo visible—, pareció recordar incluso al padre que Gregorio, a pesar de su aspecto actual triste y repugnante, era un miembro de la familia al que no se podía tratar como a un enemigo, sino ante el cual el deber familiar mandaba tragarse la repugnancia y tener paciencia, solo paciencia.
Y aunque Gregorio probablemente había perdido para siempre su capacidad de movimiento a causa de la herida, y por el momento necesitaba largos, largos minutos para recorrer su habitación como un viejo inválido —de trepar por las paredes ya ni pensar—, recibió a cambio de este empeoramiento de su estado una compensación que le pareció del todo satisfactoria: hacia el anochecer se abría la puerta del comedor, que solía observar con atención ya una o dos horas antes, de modo que, tumbado en la oscuridad de su habitación e invisible desde el comedor, podía ver a toda la familia en la mesa iluminada y escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el consentimiento general, y por tanto de manera muy diferente a antes.
Claro que ya no eran las animadas conversaciones de antaño, en las que Gregorio siempre había pensado con cierta nostalgia en los pequeños cuartos de hotel cuando se dejaba caer rendido entre las sábanas húmedas. Ahora reinaba generalmente un gran silencio. El padre se quedaba dormido en su sillón poco después de la cena; la madre y la hermana se exhortaban mutuamente al silencio; la madre, inclinada muy hacia adelante bajo la luz, cosía ropa fina para una tienda de moda; la hermana, que había aceptado un empleo de dependienta, estudiaba por las noches taquigrafía y francés, para quizá más adelante conseguir un puesto mejor.
A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había estado durmiendo, decía a la madre: «¡Cuánto tiempo llevas cosiendo hoy otra vez!» e inmediatamente volvía a dormirse, mientras la madre y la hermana intercambiaban una sonrisa cansada.
Con una especie de obstinación, el padre se negaba a quitarse el uniforme incluso en casa; y mientras la bata colgaba inútilmente del perchero, el padre dormitaba completamente vestido en su sitio, como si estuviera siempre dispuesto para el servicio e incluso aquí esperara la voz de su superior. Como resultado, el uniforme, que ya al principio no era nuevo, perdía su limpieza a pesar de todos los cuidados de la madre y la hermana, y Gregorio contemplaba a menudo durante noches enteras aquella prenda toda manchada, con sus botones dorados siempre relucientes, en la que el anciano dormía sumamente incómodo y sin embargo tranquilo.
En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre con palabras cariñosas y convencerlo de que se fuera a la cama, pues allí no descansaba de verdad, y el padre, que tenía que entrar a las seis en el servicio, lo necesitaba enormemente. Pero con la testarudez que se había apoderado de él desde que era ordenanza, siempre insistía en quedarse más rato en la mesa, aunque invariablemente se quedaba dormido de nuevo, y después solo a costa de los mayores esfuerzos podía convencérsele de que cambiara el sillón por la cama.
Por mucho que la madre y la hermana insistieran con pequeñas advertencias, el padre negaba lentamente con la cabeza durante un cuarto de hora, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba de la manga, le susurraba palabras cariñosas al oído, la hermana dejaba los deberes para ayudar a la madre, pero nada de eso surtía efecto. El padre se hundía todavía más en su sillón. Solo cuando las mujeres lo cogían por las axilas abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana y solía decir: «Vaya vida. Esta es la paz de mis últimos años.» Y apoyándose en las dos mujeres, se levantaba pesadamente, como si él mismo fuera su carga más pesada, se dejaba conducir por las mujeres hasta la puerta, allí las despedía con un gesto y seguía solo, mientras la madre abandonaba rápidamente su costura y la hermana su pluma para correr detrás del padre y seguir ayudándolo.
¿Quién, en esta familia agotada y extenuada por el trabajo, tenía tiempo de ocuparse de Gregorio más de lo absolutamente necesario? La casa se fue reduciendo cada vez más; la criada fue despedida al fin; una enorme asistenta huesuda, con el pelo blanco flotando alrededor de la cabeza, venía por la mañana y por la noche a hacer los trabajos más pesados; todo lo demás lo hacía la madre, además de sus numerosos trabajos de costura.
Incluso ocurrió que diversas joyas de la familia, que antes la madre y la hermana habían lucido encantadas en reuniones y fiestas, fueron vendidas, como se enteró Gregorio por la noche, cuando se comentó el precio obtenido. Pero la queja principal era siempre que no podían dejar aquella vivienda, demasiado grande para sus circunstancias actuales, pues no se podía imaginar la forma de trasladar a Gregorio.
Pero Gregorio bien veía que no era solo la consideración hacia él lo que impedía un traslado, pues bien se le habría podido transportar en una caja adecuada, con un par de agujeros para respirar. Lo que principalmente impedía a la familia cambiar de vivienda era más bien la desesperanza total y la idea de que habían sido golpeados por una desgracia como nadie en todo su círculo de parientes y conocidos.
Lo que el mundo exige de la gente pobre, lo cumplían hasta el extremo: el padre iba a buscar el desayuno para los pequeños empleados del banco, la madre se sacrificaba cosiendo ropa interior para desconocidos, la hermana corría de un lado a otro detrás del mostrador a las órdenes de los clientes; pero las fuerzas de la familia no daban para más.
Y la herida de la espalda empezaba a dolerle de nuevo a Gregorio como si fuera reciente cuando la madre y la hermana, después de haber acostado al padre, volvían, dejaban el trabajo, se acercaban la una a la otra y se quedaban mejilla contra mejilla; cuando la madre, señalando la habitación de Gregorio, decía: «Cierra esa puerta, Grete», y cuando Gregorio se quedaba de nuevo a oscuras, mientras al otro lado las mujeres mezclaban sus lágrimas o incluso miraban fijamente la mesa sin llorar.
Gregorio pasaba las noches y los días casi sin dormir. A veces pensaba que la próxima vez que se abriera la puerta volvería a tomar en sus manos los asuntos de la familia como antes; en su imaginación aparecían de nuevo, después de mucho tiempo, el jefe y el apoderado, los dependientes y los aprendices, el mozo de los recados tan torpe, dos o tres amigos de otras casas comerciales, una camarera de un hotel de provincias, un recuerdo amable y fugaz, una cajera de una sombrerería a la que había cortejado seriamente pero con demasiada lentitud… todos aparecían mezclados con desconocidos o ya olvidados, pero en vez de ayudarle a él y a su familia, todos eran inaccesibles, y se alegraba cuando desaparecían.
Pero luego dejó de tener humor para preocuparse por su familia, solo le invadía la rabia por el mal cuidado que le dispensaban, y aunque no podía imaginarse nada que le despertara el apetito, ideaba planes sobre cómo llegar a la despensa para tomar allí lo que le correspondía, por poco hambre que tuviese. Sin preocuparse ya por lo que pudiera gustarle a Gregorio, la hermana, antes de salir corriendo al trabajo por la mañana y por la tarde, empujaba con el pie un alimento cualquiera dentro de la habitación de Gregorio, y por la noche lo barría con la escoba, sin fijarse en si acaso solo había sido probado o —como ocurría la mayoría de las veces— no había sido tocado.
El arreglo de la habitación, que ahora siempre hacía por la noche, ya no podía ser más rápido. Las paredes estaban recorridas por franjas de suciedad; aquí y allá se amontonaban bolas de polvo y porquería. Al principio, cuando llegaba la hermana, Gregorio se colocaba en los rincones más particularmente sucios, como para hacerle un reproche con su posición. Pero podría haberse quedado allí semanas enteras sin que la hermana hubiera cambiado su actitud; ella veía la suciedad tan bien como él, pero simplemente se había decidido a no quitarla.
Al mismo tiempo, con una susceptibilidad totalmente nueva en ella que, por otra parte, se había apoderado de toda la familia, vigilaba celosamente que el arreglo de la habitación de Gregorio quedara reservado para ella sola. Una vez la madre había sometido la habitación de Gregorio a una gran limpieza, que solo había conseguido a costa de varios cubos de agua —la humedad, por cierto, también molestó a Gregorio, y se tumbó amargado e inmóvil sobre el sofá—, pero el castigo no se le ahorró a la madre. Pues cuando la hermana, al anochecer, notó el cambio en la habitación de Gregorio, corrió al comedor sumamente ofendida, y a pesar de que la madre suplicaba con las manos levantadas, estalló en un llanto convulsivo que los padres —el padre se había despertado sobresaltado en su sillón— contemplaron primero con asombrado desvalimiento, hasta que también ellos empezaron a agitarse.
El padre le reprochó a la madre, por su derecha, que no hubiera dejado a la hermana la limpieza de la habitación de Gregorio; por su izquierda gritó a la hermana que nunca más volvería a limpiar la habitación de Gregorio; mientras la madre intentaba arrastrar al padre, que estaba fuera de sí de excitación, al dormitorio; la hermana, sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequeños puños; y Gregorio silbaba de rabia porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta para ahorrarle aquel espectáculo y aquel escándalo.
Pero incluso si la hermana, exhausta por su trabajo profesional, se había cansado de cuidar a Gregorio como antes, no habría sido necesario en absoluto que la madre la sustituyera, y Gregorio no habría tenido que ser descuidado. Pues ahí estaba la asistenta. Aquella vieja viuda, que gracias a su fuerte osamenta debía de haber superado todo lo peor en su larga vida, no sentía propiamente repugnancia hacia Gregorio.
Sin ser en absoluto curiosa, había abierto una vez por casualidad la puerta de la habitación de Gregorio, y al verlo —Gregorio, completamente sorprendido, empezó a correr de un lado a otro aunque nadie lo perseguía—, se quedó parada con las manos enlazadas sobre el regazo, asombrada. Desde entonces no dejaba de abrir un poco la puerta por la mañana y por la noche para echar un vistazo a Gregorio.
Al principio incluso lo llamaba hacia sí con palabras que probablemente consideraba amables, como: «¡Ven aquí, viejo escarabajo!» o «¡Miren al viejo escarabajo!» Gregorio no respondía a tales interpelaciones, sino que se quedaba inmóvil en su sitio, como si la puerta no se hubiera abierto. ¡Ojalá le hubieran ordenado a esa asistenta que limpiara todos los días su habitación, en vez de dejarla que lo molestara inútilmente cuando se le antojaba! Una vez, a primera hora de la mañana —una lluvia fuerte golpeaba contra los cristales, quizá ya una señal de la primavera que se acercaba—, Gregorio se irritó tanto cuando la asistenta empezó de nuevo con sus frases que se volvió hacia ella, aunque lenta y pesadamente, como para atacarla.
Pero la asistenta, en vez de asustarse, simplemente levantó en alto una silla que estaba junto a la puerta, y tal como estaba allí plantada, con la boca bien abierta, estaba claro que su intención era no cerrar la boca hasta que la silla de su mano se estrellara contra la espalda de Gregorio.
—¿Así que no pasamos? —preguntó cuando Gregorio volvió a darse la vuelta, y dejó tranquilamente la silla en su rincón.
Gregorio casi no comía ya nada. Solo cuando pasaba por casualidad junto a la comida preparada tomaba un bocado jugando, lo mantenía durante horas en la boca y casi siempre acababa escupiéndolo. Al principio pensó que era la tristeza por el estado de su habitación lo que le impedía comer, pero precisamente con los cambios de la habitación se reconcilió muy pronto.
Se habían acostumbrado a meter en esta habitación cosas que no cabían en otro sitio, y ahora había muchas de esas cosas, pues una de las habitaciones de la vivienda se había alquilado a tres huéspedes. Estos señores severos —los tres llevaban barba, como Gregorio comprobó una vez por la rendija de la puerta— eran muy escrupulosos con el orden, no solo en su habitación, sino, puesto que se habían instalado allí, en toda la casa, y especialmente en la cocina.
No soportaban cachivaches inútiles ni sucios. Además, habían traído la mayor parte de sus propios muebles. Por esa razón sobraban muchas cosas que no se podían vender pero que tampoco se querían tirar. Todas estas cosas iban a parar a la habitación de Gregorio. Lo mismo que el cubo de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina. Lo que de momento no servía, la asistenta, que siempre tenía mucha prisa, simplemente lo arrojaba dentro de la habitación de Gregorio; por suerte, Gregorio generalmente solo veía el objeto en cuestión y la mano que lo sostenía.
La asistenta quizá tenía la intención de volver a buscar las cosas cuando tuviera tiempo y oportunidad, o de tirarlas todas de una vez; pero de hecho se quedaban donde habían caído en el primer lanzamiento, a menos que Gregorio se abriera paso a través del revoltijo y lo moviera de sitio, cosa que al principio se veía obligado a hacer porque no le quedaba espacio libre para arrastrarse, pero que luego hacía con un placer creciente, aunque después de tales excursiones, mortalmente cansado y triste, volvía a quedarse inmóvil durante horas.
Como los huéspedes a veces cenaban también en casa, la puerta del comedor permanecía cerrada muchas noches, pero Gregorio prescindía de ella con facilidad, pues ya muchas noches en que estaba abierta no la había aprovechado, sino que, sin que la familia lo notara, se había tumbado en el rincón más oscuro de su habitación. Pero una vez la asistenta había dejado la puerta del comedor un poco entornada, y así se quedó cuando los huéspedes entraron por la noche y se encendió la luz.
Se sentaron a la cabecera de la mesa, donde antes habían comido el padre, la madre y Gregorio, desplegaron las servilletas y tomaron cuchillo y tenedor. Enseguida apareció en la puerta la madre con una fuente de carne y, detrás de ella, la hermana con una fuente de patatas apiladas en alto. La comida humeaba espesamente.
Los huéspedes se inclinaron sobre las fuentes que tenían delante como para examinarlas antes de comer, y efectivamente el que estaba sentado en el centro, que parecía ser la autoridad entre los otros dos, cortó un trozo de carne en la misma fuente, evidentemente para comprobar si estaba lo bastante tierna o si acaso había que devolverla a la cocina. Se declaró satisfecho, y la madre y la hermana, que habían estado observando con ansiedad, empezaron a respirar y a sonreír.
La familia misma comía en la cocina. A pesar de ello, el padre, antes de entrar en la cocina, pasaba por el comedor y con una sola reverencia, la gorra en la mano, daba una vuelta a la mesa. Los huéspedes se levantaban todos y murmuraban algo entre sus barbas. Cuando estaban solos, comían en un silencio casi absoluto.
A Gregorio le pareció extraño que, entre todos los ruidos variados de la comida, una y otra vez se distinguiera el de los dientes al masticar, como si con eso se le quisiera demostrar a Gregorio que para comer se necesitaban dientes y que con las mejores mandíbulas sin dientes no se podía hacer nada.
—Tengo hambre —se dijo Gregorio apesadumbrado—, pero no de estas cosas. ¡Cómo comen estos huéspedes, y yo me muero de hambre!
Precisamente aquella noche —Gregorio no recordaba haberlo oído en todo aquel tiempo—, el violín sonó desde la cocina. Los huéspedes ya habían acabado de cenar, el del centro había sacado un periódico, les había dado una hoja a cada uno de los otros dos, y ahora leían cómodamente reclinados y fumaban. Cuando empezó a sonar el violín, se pusieron alerta, se levantaron y fueron de puntillas hasta la puerta del vestíbulo, donde se quedaron de pie apretados unos contra otros.
Debieron de ser oídos desde la cocina, pues el padre gritó:
—¿Molesta quizá la música a los señores? Se puede dejar al instante.
—Al contrario —dijo el huésped del centro—, ¿no querría la señorita venir con nosotros y tocar aquí, en el comedor, donde es mucho más cómodo y agradable?
—¡Pero con mucho gusto! —exclamó el padre, como si el violinista fuera él.
Los huéspedes volvieron al comedor y esperaron. Pronto llegó el padre con el atril, la madre con la partitura y la hermana con el violín. La hermana preparó tranquilamente todo para tocar; los padres, que nunca antes habían alquilado habitaciones y que por eso exageraban la cortesía con los huéspedes, no se atrevían a sentarse en sus propias sillas; el padre se apoyó contra la puerta con la mano derecha metida entre dos botones de la librea cerrada; la madre, en cambio, aceptó la silla que le ofreció uno de los huéspedes y, como la dejó donde el huésped la había colocado por casualidad, se sentó en un rincón apartado.
La hermana comenzó a tocar. El padre y la madre, cada uno desde su lado, seguían con atención los movimientos de sus manos. Gregorio, atraído por la música, se había aventurado a avanzar un poco más y ya tenía la cabeza dentro del comedor. Apenas se extrañaba de que últimamente mostrara tan poca consideración hacia los demás; antes, esa consideración había sido su orgullo.
Y sin embargo, precisamente ahora habría tenido más motivos para esconderse, pues a consecuencia del polvo que reinaba en su habitación y que volaba al menor movimiento, él mismo estaba cubierto de polvo; hilos, pelos, restos de comida arrastraba consigo por la espalda y los costados; su indiferencia hacia todo era demasiado grande para que, como antes, se hubiera puesto varias veces al día de espaldas para frotarse contra la alfombra. Y a pesar de su estado, no tuvo vergüenza de avanzar un trecho por el suelo inmaculado del comedor.
Cierto que nadie le prestaba atención. La familia estaba completamente absorta en el violín; los huéspedes, en cambio, que al principio, con las manos en los bolsillos del pantalón, se habían colocado demasiado cerca del atril de la hermana, de modo que todos habrían podido leer la partitura, lo que seguramente tenía que molestar a la hermana, pronto se retiraron a la ventana hablando a media voz y con las cabezas inclinadas, observados con preocupación por el padre, quedándose allí. Daban demasiado la impresión de estar decepcionados en su esperanza de oír un violín bien tocado o entretenido, de estar hartos de todo el espectáculo y de que solo por cortesía permitían que se siguiera perturbando su tranquilidad.
Sobre todo la forma en que todos echaban el humo de los cigarros por la nariz y la boca hacia lo alto indicaba un gran nerviosismo. Y sin embargo, la hermana tocaba tan bien. Su rostro estaba inclinado hacia un lado, la mirada seguía triste y atentamente las líneas de la partitura.
Gregorio avanzó un poco más y apoyó la cabeza en el suelo para poder encontrar quizá las miradas de ella. ¿Era un animal, si la música lo conmovía de esa manera? Le parecía que se le abría el camino hacia el alimento desconocido y anhelado. Estaba decidido a avanzar hasta la hermana, tirarle de la falda e indicarle así que viniera con su violín a su habitación, pues nadie premiaba aquí la música como él quería premiarla.
No la dejaría salir de su habitación, al menos mientras él viviera; su figura espantosa le sería útil por primera vez; estaría a la vez en todas las puertas de su habitación y les escupiría a los asaltantes. Pero la hermana no debía quedarse a la fuerza, sino por propia voluntad; debía sentarse junto a él en el sofá, inclinar hacia él el oído, y entonces él le confiaría que había tenido la firme intención de enviarla al conservatorio, y que, si la desgracia no se hubiera interpuesto, las pasadas Navidades —¿ya habían pasado las Navidades?— se lo habría comunicado a todos sin admitir objeciones. Después de esta declaración, la hermana, conmovida, rompería a llorar, y Gregorio se alzaría hasta su hombro y le besaría el cuello, que desde que iba a la tienda llevaba libre, sin cinta ni cuello alto.
—¡Señor Samsa! —gritó el huésped del centro al padre, y señaló con el dedo, sin decir una palabra más, a Gregorio, que avanzaba lentamente.
El violín enmudeció. El huésped del centro sacudió primero la cabeza sonriendo a sus amigos y luego volvió a mirar a Gregorio. El padre, en vez de echar a Gregorio, pareció considerar más urgente tranquilizar a los huéspedes, a pesar de que estos no estaban excitados en absoluto y Gregorio parecía divertirles más que el concierto de violín.
Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos abiertos, empujarlos a su habitación, y al mismo tiempo impedir con su cuerpo que pudieran ver a Gregorio. Ahora sí se enfadaron un poco, sin que se supiera si por el comportamiento del padre o porque ahora caían en la cuenta de que, sin saberlo, habían tenido un vecino como Gregorio.
Exigieron del padre explicaciones, levantaron también los brazos, se tiraron nerviosamente de las barbas y solo retrocedieron muy lentamente hacia su habitación. Entretanto la hermana había superado el desconcierto en que había caído tras la brusca interrupción de su música, había reaccionado, y después de sostener un rato en las manos caídas el violín y el arco y de seguir mirando la partitura como si todavía estuviera tocando, había dejado de golpe el instrumento en el regazo de la madre, que todavía estaba sentada en su silla luchando por respirar, y había corrido a la habitación contigua, hacia la que los huéspedes se acercaban cada vez más rápido bajo la presión del padre.
Se veía cómo, bajo las manos hábiles de la hermana, las mantas y almohadas de las camas volaban por el aire y se ordenaban. Antes de que los huéspedes hubieran llegado a la habitación, había terminado de hacer las camas y se había escabullido fuera. El padre parecía de nuevo tan dominado por su obstinación que olvidaba todo el respeto que, a pesar de todo, debía a sus huéspedes.
Solo los empujaba, los empujaba, hasta que ya en la puerta de la habitación, el huésped del centro dio una patada atronadora en el suelo y detuvo así al padre.
—Declaro por la presente —dijo, levantó la mano y buscó con la mirada también a la madre y a la hermana— que, teniendo en cuenta las repugnantes condiciones que reinan en esta casa y en esta familia —y aquí escupió decididamente en el suelo—, rescindo en el acto mi habitación. Naturalmente, no pagaré ni un céntimo por los días que he vivido aquí; por el contrario, me reservo el derecho de presentar una reclamación, cuya justificación, créanme, será muy fácil de fundamentar.
Calló y miró al frente como si esperara algo. Efectivamente, sus dos amigos intervinieron inmediatamente con estas palabras:
—También nosotros rescindimos en el acto.
Tras lo cual agarró el picaporte y cerró la puerta de un portazo.
El padre se tambaleó tanteando hasta su sillón y se desplomó en él; parecía como si se estirara para su habitual siesta de la noche, pero el fuerte balanceo de su cabeza, como sin apoyo, mostraba que no dormía en absoluto.
Gregorio había permanecido todo el tiempo inmóvil en el sitio donde lo habían sorprendido los huéspedes. La decepción por el fracaso de su plan, y quizá también la debilidad producida por el gran ayuno, le impedían moverse. Temía con cierta seguridad que en el próximo instante se descargaría sobre él un derrumbamiento general, y esperaba. Ni siquiera se sobresaltó cuando el violín, que se deslizó del regazo tembloroso de la madre, cayó al suelo produciendo un sonido retumbante.
—Queridos padres —dijo la hermana, y como introducción dio un golpe con la mano sobre la mesa—, así no se puede seguir. Si ustedes quizá no se dan cuenta, yo sí me doy cuenta. No quiero pronunciar el nombre de mi hermano delante de esta criatura, y por eso solo digo: tiene que irse. Hemos intentado lo humanamente posible para cuidarlo y soportarlo, creo que nadie puede hacernos el menor reproche.
—Tiene toda la razón —dijo el padre para sus adentros.
La madre, que todavía no conseguía respirar bien, empezó a toser sordamente cubriéndose la boca con la mano y con una expresión de locura en los ojos.
La hermana corrió hacia la madre y le sostuvo la frente. El padre parecía haber sido conducido por las palabras de la hermana a pensamientos más concretos, se había sentado erguido, jugaba con su gorra de ordenanza entre los platos que todavía estaban sobre la mesa desde la cena de los huéspedes, y de vez en cuando miraba al inmóvil Gregorio.
—Tenemos que intentar deshacernos de esto —dijo ahora la hermana dirigiéndose solo al padre, pues la madre, con su tos, no oía nada—. Acabará matándonos a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tanto como nosotros no se puede además soportar en casa este tormento interminable. Yo tampoco puedo más.
Y rompió a llorar tan fuerte que sus lágrimas caían sobre el rostro de la madre, que se las secaba mecánicamente con la mano.
—Hija mía —dijo el padre con compasión y con una comprensión evidente—, pero ¿qué podemos hacer?
La hermana se limitó a encogerse de hombros como señal de la perplejidad que se había apoderado de ella durante el llanto, en contraste con su seguridad anterior.
—Si él nos entendiera… —dijo el padre en tono medio interrogativo.
La hermana, todavía llorando, agitó vehementemente la mano en señal de que eso era impensable.
—Si él nos entendiera —repitió el padre, y cerrando los ojos hacía suya la convicción de la hermana de la imposibilidad de ello—, entonces quizá sería posible un acuerdo con él. Pero así…
—Tiene que irse —exclamó la hermana—, es la única posibilidad, padre. Tienes que intentar desprenderte de la idea de que eso es Gregorio. Nuestra verdadera desgracia es haberlo creído durante tanto tiempo. Pero ¿cómo puede ser Gregorio? Si fuera Gregorio, habría comprendido hace mucho que una convivencia entre seres humanos y un animal así no es posible y se habría ido voluntariamente. Entonces no tendríamos hermano, pero podríamos seguir viviendo y honraríamos su memoria. Pero así, ese animal nos persigue, espanta a los huéspedes, evidentemente quiere apoderarse de todo el piso y que nosotros pasemos la noche en la calle. ¡Mira, padre —gritó de pronto—, ya empieza otra vez!
Y en un estado de terror totalmente incomprensible para Gregorio, la hermana abandonó incluso a la madre, se apartó literalmente de su silla, como si prefiriera sacrificar a la madre antes que quedarse cerca de Gregorio, y corrió detrás del padre, que, excitado solo por el comportamiento de ella, se levantó también y alzó a medias los brazos delante de la hermana como para protegerla.
Pero Gregorio no tenía la menor intención de asustar a nadie, ni mucho menos a la hermana. Simplemente había empezado a darse la vuelta para recorrer de nuevo el camino a su habitación, y eso llamaba la atención porque, a causa de su estado de debilidad, tenía que ayudarse con la cabeza en las maniobras difíciles, levantándola y golpeándola contra el suelo.
Se detuvo y miró a su alrededor. Su buena intención parecía haber sido reconocida; solo había sido un susto momentáneo. Ahora todos lo miraban en silencio y con tristeza. La madre yacía en su silla con las piernas extendidas y juntas, los ojos casi se le cerraban de puro agotamiento; el padre y la hermana estaban sentados uno junto al otro, la hermana había rodeado con la mano el cuello del padre.
«Quizá ahora me dejen darme la vuelta», pensó Gregorio, y reanudó su trabajo. No podía reprimir los jadeos del esfuerzo y de vez en cuando tenía que descansar. Por lo demás, nadie lo apremiaba, todo quedaba a su voluntad.
Cuando hubo completado la vuelta, empezó inmediatamente a retroceder en línea recta. Se asombró de la gran distancia que lo separaba de su habitación y no comprendía cómo, estando tan débil, hacía poco había recorrido el mismo camino casi sin darse cuenta. Concentrado exclusivamente en avanzar rápido, apenas reparó en que ni una palabra, ni una exclamación de su familia lo molestaba.
Solo cuando ya estaba en la puerta volvió la cabeza, no del todo, pues notaba que el cuello se le ponía rígido; pero aún vio que detrás de él no había cambiado nada; solo la hermana se había levantado. Su última mirada rozó a la madre, que ahora estaba completamente dormida.
Apenas estuvo dentro de su habitación, la puerta fue cerrada apresuradamente, echado el cerrojo y girada la llave. El ruido repentino a sus espaldas asustó tanto a Gregorio que las patitas se le doblaron. Era la hermana la que se había apresurado tanto. Ya había estado de pie esperando y había saltado hacia adelante con agilidad; Gregorio ni siquiera la había oído venir, y gritó un «¡Por fin!» a los padres mientras giraba la llave.
«¿Y ahora?», se preguntó Gregorio, y miró a su alrededor en la oscuridad. Pronto descubrió que ya no podía moverse en absoluto. No le extrañó; más bien le parecía antinatural que hasta ahora hubiera podido moverse de verdad con aquellas patitas tan finas. Por lo demás se sentía relativamente bien. Tenía dolores en todo el cuerpo, pero le parecía que iban haciéndose cada vez más débiles y acabarían por desaparecer del todo.
La manzana podrida de su espalda y la zona inflamada de alrededor, cubiertas de un polvo blando, ya casi no las sentía. Pensó en su familia con emoción y cariño. Su convicción de que tenía que desaparecer era, si cabe, todavía más firme que la de su hermana. En este estado de meditación vacía y apacible permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada.
Todavía vivió el comienzo del amanecer general al otro lado de la ventana. Luego la cabeza se le hundió involuntariamente del todo y sus fosas nasales exhalaron débilmente su último aliento.
Cuando por la mañana temprano vino la asistenta —de pura energía y prisa cerraba de golpe todas las puertas, por mucho que se le hubiera pedido que lo evitara, de modo que en todo el piso ya no era posible dormir tranquilo desde su llegada—, no encontró al principio nada especial en su habitual y breve visita a Gregorio. Pensó que yacía allí inmóvil a propósito, haciéndose el ofendido; le atribuía toda clase de inteligencia.
Como casualmente tenía en la mano la larga escoba, intentó hacer cosquillas a Gregorio desde la puerta. Como tampoco eso dio resultado, se enfadó y empujó un poco a Gregorio, y solo cuando lo había desplazado de su sitio sin encontrar resistencia alguna se puso alerta. Pronto reconoció la verdadera situación, abrió mucho los ojos, silbó para sí, pero no se demoró mucho, sino que abrió de golpe la puerta del dormitorio y gritó con su potente voz en la oscuridad:
—¡Vengan a ver, ha estirado la pata! ¡Ahí está, estiró la pata del todo!
El matrimonio Samsa se incorporó en la cama de matrimonio y tuvo que superar el susto que les causó la asistenta antes de llegar a comprender su noticia. Pero luego, el señor y la señora Samsa se levantaron cada uno por su lado a toda prisa; el señor Samsa se echó la colcha sobre los hombros, la señora Samsa salió solo con el camisón; así entraron en la habitación de Gregorio.
Entretanto se había abierto también la puerta del comedor, donde Grete dormía desde que estaban los huéspedes; estaba completamente vestida, como si no hubiera dormido, y también su rostro pálido parecía demostrarlo.
—¿Muerto? —dijo la señora Samsa, y miró interrogativamente a la asistenta, aunque ella misma podía comprobarlo y era evidente sin necesidad de comprobación.
—Eso digo yo —respondió la asistenta, y como prueba empujó con la escoba el cadáver de Gregorio un buen trecho hacia un lado.
La señora Samsa hizo un movimiento como si quisiera detener la escoba, pero no lo hizo.
—Bueno —dijo el señor Samsa—, ahora podemos dar gracias a Dios.
Se santiguó, y las tres mujeres siguieron su ejemplo.
Grete, que no apartaba los ojos del cadáver, dijo:
—Miren qué delgado estaba. Hacía tanto tiempo que no comía nada. Las comidas le salían exactamente como habían entrado.
En efecto, el cuerpo de Gregorio estaba completamente plano y seco; en realidad solo se veía ahora, cuando ya no lo sostenían las patitas y nada más distraía la mirada.
—Grete, ven un momento con nosotros —dijo la señora Samsa con una sonrisa melancólica, y Grete, no sin una mirada al cadáver, siguió a sus padres al dormitorio.
La asistenta cerró la puerta y abrió de par en par la ventana. A pesar de lo temprano de la hora, el aire fresco ya tenía algo de tibieza. Estaban a finales de marzo.
De su habitación salieron los tres huéspedes y miraron asombrados en busca de su desayuno; se habían olvidado de ellos.
—¿Dónde está el desayuno? —preguntó el del centro malhumorado a la asistenta.
Pero esta se puso el dedo en los labios e hizo a los huéspedes rápidas y silenciosas señas de que entraran en la habitación de Gregorio. Entraron y se quedaron allí de pie, con las manos en los bolsillos de sus chaquetas ya un poco raídas, en torno al cadáver de Gregorio, en la habitación ya completamente iluminada.
Entonces se abrió la puerta del dormitorio y apareció el señor Samsa con su uniforme, con la mujer de un brazo y la hija del otro. Todos parecían haber llorado un poco; Grete apretaba de vez en cuando la cara contra el brazo del padre.
—Salgan inmediatamente de mi casa —dijo el señor Samsa, y señaló la puerta sin soltar a las mujeres.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el huésped del centro, algo desconcertado, y sonrió con dulzura.
Los otros dos tenían las manos a la espalda y se las frotaban sin parar, como en alegre expectación de una gran pelea que tenía que acabar a su favor.
—Quiero decir exactamente lo que he dicho —respondió el señor Samsa, y avanzó en línea recta con sus dos acompañantes hacia el huésped.
Este se quedó primero quieto y miró al suelo como si las cosas se recompusieran de un modo nuevo en su cabeza.
—Pues entonces nos vamos —dijo, y miró al señor Samsa como si, en un repentino acceso de humildad, esperase incluso una nueva aprobación para esta decisión.
El señor Samsa se limitó a asentir brevemente varias veces con los ojos muy abiertos. El huésped se encaminó efectivamente enseguida a grandes pasos hacia el vestíbulo; sus dos amigos, que ya hacía rato que estaban escuchando con las manos en calma, echaron a andar a saltitos literalmente detrás de él, como si temieran que el señor Samsa pudiera interponerse en el vestíbulo antes que ellos y cortarles el contacto con su jefe.
En el vestíbulo, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus bastones del paragüero, se inclinaron en silencio y abandonaron la vivienda. Con una desconfianza que resultó completamente infundada, el señor Samsa salió con las dos mujeres al rellano; apoyados en la barandilla, contemplaron cómo los tres señores bajaban lenta pero constantemente la larga escalera, desaparecían en cada piso en determinado recodo y al cabo de unos instantes volvían a aparecer; cuanto más abajo estaban más se perdía el interés de la familia Samsa por ellos, y cuando un oficial de carnicero, con la bandeja en la cabeza, pasó a su encuentro subiendo orgullosamente las escaleras y luego los rebasó, el señor Samsa con las mujeres dejó la barandilla y todos volvieron como aliviados a su vivienda.
Decidieron dedicar aquel día al descanso y al paseo; no solo se habían ganado esa pausa en el trabajo, sino que la necesitaban de todo punto. Y así se sentaron a la mesa y escribieron tres cartas de disculpa: el señor Samsa a su dirección, la señora Samsa a su cliente y Grete a su jefe. Mientras escribían entró la asistenta para decir que se marchaba, pues su trabajo de la mañana estaba hecho. Al principio los tres se limitaron a asentir sin levantar la vista, pero cuando la asistenta seguía sin irse se alzaron irritados.
—¿Qué? —preguntó el señor Samsa.
La asistenta estaba sonriendo en la puerta como si tuviera que comunicar una gran noticia a la familia pero no fuera a hacerlo hasta que la interrogaran a fondo. La plumita de avestruz casi vertical de su sombrero, que irritaba al señor Samsa desde que la asistenta estaba a su servicio, se balanceaba suavemente en todas direcciones.
—Bueno, ¿qué quiere usted? —preguntó la señora Samsa, que era la que más respeto inspiraba a la asistenta.
—Pues —respondió la asistenta, y de pura risa amistosa no podía seguir hablando enseguida—, pues no tienen que preocuparse de cómo deshacerse de esa cosa de ahí al lado. Ya está arreglado.
La señora Samsa y Grete se inclinaron sobre sus cartas como si quisieran seguir escribiendo; el señor Samsa, que advirtió que la asistenta se disponía a empezar a describirlo todo con detalle, la atajó con un gesto decidido de la mano. Como no la dejaban contar, recordó la gran prisa que tenía, gritó visiblemente ofendida: «¡Adiós a todos!», dio un violento portazo y se fue.
—Esta noche la despido —dijo el señor Samsa, pero no obtuvo respuesta ni de la mujer ni de la hija, pues la asistenta parecía haber destruido de nuevo la tranquilidad que apenas acababan de alcanzar.
Se levantaron, fueron a la ventana y se quedaron abrazadas. El señor Samsa se volvió en su silla hacia ellas y las observó tranquilamente durante un rato. Luego exclamó:
—Vamos, venid aquí. Dejad de una vez las cosas pasadas. Y tened también un poco de consideración conmigo.
Las mujeres obedecieron enseguida, corrieron hacia él, lo acariciaron y terminaron rápidamente sus cartas.
Después salieron los tres juntos, cosa que hacía meses que no hacían, y tomaron el tranvía en dirección a las afueras de la ciudad. El vagón, en el que eran los únicos viajeros, estaba inundado de sol tibio. Cómodamente reclinados en sus asientos, comentaron las perspectivas de futuro, que, vistas de cerca, no eran nada malas, pues los tres empleos, sobre los que todavía no se habían interrogado mutuamente, eran verdaderamente ventajosos y sobre todo prometedores para más adelante.
La mayor mejora inmediata de la situación tendría que venir, naturalmente, de un cambio de vivienda; ahora querrían tomar una más pequeña y más barata, pero mejor situada y sobre todo más práctica que la actual, que Gregorio había elegido. Mientras así conversaban, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi simultáneamente, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de todos los sinsabores que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una joven bonita y lozana.
Callando y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaron que ya era hora de buscarle un buen marido. Y fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final del trayecto, la hija se levantó la primera y estiró su cuerpo joven.
La tercera y última parte de La metamorfosis narra el declive final de Gregorio y la transformación paralela de su familia. La herida de la manzana incrustada en su espalda supura sin que nadie se la trate. La familia, agotada económicamente, alquila una habitación a tres huéspedes exigentes. Grete, que al principio cuidaba a Gregorio con dedicación, ahora lo descuida abiertamente. La escena del violín, en la que Gregorio se arrastra hasta el comedor atraído por la música de su hermana, constituye el clímax emocional de la novela. Preste atención al desenlace: la muerte de Gregorio y la reacción de la familia.