K. había sido informado por teléfono de que al domingo siguiente se celebraría una pequeña investigación sobre su caso. Se le hizo saber que esas investigaciones se sucederían con regularidad, si no todas las semanas, sí con bastante frecuencia. Por una parte, era de interés general que el proceso se terminara rápidamente; por otra, las investigaciones debían ser en todos los aspectos lo bastante profundas para no resultar superficiales. Por eso se había elegido el compromiso de las investigaciones frecuentes pero breves.
En cuanto al día del domingo, se había elegido para no molestar a K. en sus ocupaciones profesionales. Se suponía que él estaba de acuerdo; si prefería otra fecha, se intentaría complacerlo en la medida de lo posible. Las investigaciones podían celebrarse también de noche, por ejemplo, pero entonces K. probablemente no estaría bastante fresco. En fin, mientras K. no tuviera nada que objetar, se quedaría en el domingo.
Era evidente que tenía que presentarse. No hacía falta señalarlo; debería presentarse en un edificio de una calle suburbana que K. no había visitado nunca. Se le dio la dirección con precisión.
K. tomó nota mental de la dirección y la hora, e intentó durante los días siguientes no pensar demasiado en el asunto. Sin embargo, aquella notificación no dejaba de inquietarlo. ¿Un interrogatorio un domingo por la mañana? ¿En un barrio de las afueras? Todo aquello tenía un aire provisional y casi improvisado que le resultaba desconcertante. Un verdadero tribunal habría tenido una sede conocida, unas horas de oficina regulares, un procedimiento transparente. Pero este proceso, si es que podía llamarse proceso, parecía desenvolverse en la penumbra, como si no quisiera ser visto con claridad.
El domingo se levantó temprano, agotado por la mala noche. Aunque no se le había fijado una hora precisa —solo le habían dicho que a las nueve—, se propuso estar allí a las nueve en punto. Pero antes de salir surgieron diversas distracciones. Su tío Leni le había escrito una carta que debía responder; la señora Grubach quiso hablarle de un asunto doméstico; un compañero del banco le telefoneó con una consulta que no podía esperar hasta el lunes.
Cuando por fin salió a la calle, eran ya las nueve pasadas. El día estaba gris y amenazante. K. caminó aprisa hacia la dirección indicada, que resultó ser una calle larga y monótona de casas de vecindad, habitadas por gente trabajadora. Era domingo y la calle estaba relativamente tranquila. Solo algunas mujeres se asomaban a las ventanas, los niños jugaban en las aceras.
K. buscó el edificio. No tenía ninguna indicación especial; era igual a todos los demás de la calle: una fachada gris, ventanas pequeñas, un portal oscuro. K. entró y empezó a subir las escaleras. Le habían dicho que debía preguntar por un carpintero llamado Lanz, pero como no quería revelarse preguntando por un tribunal, inventó un carpintero llamado Lanz cuyo taller debía estar en el edificio, y eso le serviría de pretexto para recorrer todas las plantas y echar un vistazo a todos los pisos.
Las escaleras eran estrechas y empinadas, con rellanos oscuros en los que daban las puertas de múltiples viviendas. La mayoría estaban abiertas, porque era domingo y hacía calor, y dejaban ver interiores pobres donde se movían figuras vestidas con descuido. Algunos hombres estaban en mangas de camisa; las mujeres lavaban ropa o vigilaban a los niños. Nadie le prestó especial atención.
K. llegó al quinto piso sin haber encontrado nada que se pareciera a un tribunal. Estaba a punto de bajar cuando una mujer joven que lavaba ropa en un barreño lo miró y le preguntó:
—¿Busca usted algo?
—Busco a un carpintero, un tal Lanz —dijo K.
—Suba un piso más —dijo la mujer, y señaló con la mano húmeda hacia arriba—. Ahí, la puerta del fondo.
K. le dio las gracias y subió. En el último piso encontró una puerta entornada. La empujó y se encontró en una habitación grande, abarrotada de gente. El techo era bajo, tanto que un hombre alto apenas podría mantenerse erguido. A lo largo de las paredes, ventanucos pequeños por los que no se veía más que el cielo nublado y los tejados de las casas vecinas. El aire era denso, casi sofocante.
La sala estaba dividida en dos mitades por una baranda baja. En la mitad delantera, donde estaba K., se apretaba el público, la mayoría hombres con ropas oscuras, barbudos, con gorras o sombreros que no se habían quitado. En la mitad trasera, sobre una tarima de poca altura, se sentaba a una mesa un hombre gordo y jadeante, flanqueado por otros dos que parecían ser jueces o funcionarios de algún tipo.
K. no estaba seguro de haber llegado al lugar correcto. Todo aquello más parecía una asamblea de vecinos que un tribunal. Pero la mujer le había señalado aquella puerta, y además, cuando apareció en el umbral, varias cabezas se volvieron hacia él como si lo estuvieran esperando.
El hombre gordo de la tarima lo miró y consultó algo, al parecer un cuadernillo, y luego dijo:
—¿Es usted pintor de brocha gorda?
—No —respondió K. con firmeza—. Soy el primer procurador de un gran banco. Y llego con retraso porque no se me indicó la hora con claridad. De todos modos, estoy aquí, y eso es lo que importa.
Se produjo un murmullo en la sala. El hombre gordo intercambió una mirada con los otros dos funcionarios, y uno de ellos se encogió de hombros.
—No importa que haya llegado tarde —dijo el hombre gordo—. Lo esencial es que ha comparecido. Y ahora…
—Permítame —interrumpió K., que había decidido tomar la iniciativa—. Antes de que prosiga con lo que sea que tenga que decirme, deseo manifestar mi protesta contra todo este procedimiento. No se me ha comunicado formalmente de qué se me acusa. No se me ha mostrado ningún documento que autorice mi detención. Los dos guardianes que se presentaron en mi domicilio se comportaron de un modo indecoroso, se comieron mi desayuno y trataron de apropiarse de mi ropa. El inspector me interrogó en la habitación de una señorita a la que apenas conozco. Y ahora se me convoca a este lugar, que más parece un desván que un tribunal, un domingo por la mañana, cuando debería estar descansando de una semana de intenso trabajo.
K. se interrumpió. No había planeado este discurso, le había salido casi involuntariamente. Pero una vez lanzado, descubrió que las palabras fluían con la naturalidad de una indignación que llevaba días contenida.
—Mire este lugar —continuó K., señalando a su alrededor con un amplio gesto del brazo—. ¿Esto es un tribunal? No hay toga ni birrete. No hay bandera. No hay nada que indique que aquí se administra justicia. ¿Y quiénes son estos señores que me rodean? ¿Acusados como yo? ¿Funcionarios? ¿Curiosos? Nadie me ha explicado nada. Todo es confuso, deliberadamente confuso, como si la confusión fuera el método y no el accidente.
Había levantado la voz. Los asistentes lo escuchaban con una atención peculiar. Algunos asentían, otros se miraban entre sí con expresiones que K. no podía descifrar. En las filas traseras se oían cuchicheos.
—Y otro asunto —siguió K., envalentonado por el silencio respetuoso que parecía haberse apoderado de la sala—. ¿Quién está detrás de todo esto? ¿Quién da las órdenes? Esos dos guardianes, cuando les pregunté quién había ordenado mi detención, no supieron o no quisieron responder. El inspector dijo que no era de su competencia. ¿De quién es la competencia, entonces? ¿Existe alguien responsable o se trata de una maquinaria que funciona sola, sin nadie al mando?
—Es un buen discurso —dijo en voz baja alguien entre el público.
K. se volvió hacia esa voz pero no pudo identificar al que había hablado. Los rostros formaban una masa indistinta de barbas, gafas, gorras y cuellos almidonados.
—Sé lo que me van a decir —continuó K.—. Van a decirme que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Muy bien. Pero, ¿cómo voy a cumplir una ley que no conozco? ¿Cómo voy a defenderme de una acusación que nadie me ha formulado? Se me dice que estoy detenido, pero se me permite ir a trabajar. Se me dice que hay un proceso, pero no se me dice de qué se trata. Es como vivir en una pesadilla donde las reglas cambian constantemente, donde los muros se desplazan cuando uno intenta apoyarse en ellos.
El hombre gordo de la tarima carraspeó. Parecía incómodo. Miró de nuevo su cuadernillo y dijo:
—Señor K., todo lo que usted dice queda registrado. Su protesta será tenida en cuenta. Pero debe saber que este tribunal opera según sus propias normas y que no está sujeto a las formas que usted, como ciudadano del mundo exterior, espera encontrar. Aquí las cosas funcionan de otro modo.
—¿De qué otro modo? —preguntó K.
—No me corresponde a mí explicárselo —dijo el hombre gordo—. Usted lo irá descubriendo por sí mismo a medida que avance el proceso. Y ahora, si me permite, quisiera hacerle algunas preguntas.
—Pregunte —dijo K., y se cruzó de brazos.
Pero antes de que el hombre gordo pudiera formular su primera pregunta, se produjo un alboroto en la parte trasera de la sala. Un hombre joven había agarrado a una mujer —la mujer que le había indicado el camino, reconoció K. con sorpresa— y la había arrastrado a un rincón donde la apretaba contra sí. La mujer no gritaba, pero parecía forcejear débilmente.
—¡Orden! —gritó el hombre gordo desde la tarima—. ¡Exijo orden en la sala!
Pero nadie le hizo caso. El alboroto se extendió. Varias personas se levantaron de sus asientos para ver mejor lo que ocurría en el rincón. Otros empezaron a discutir entre sí en voz alta. El aire, ya viciado, se hacía irrespirable.
K. observó la escena con una mezcla de indignación y asombro. ¿Así funcionaba aquel tribunal? ¿Podía un cualquiera interrumpir un interrogatorio judicial para asaltar a una mujer en plena vista de todos? ¿Y nadie hacía nada?
—Ya lo ve usted —dijo K. al hombre gordo, señalando el desorden—. ¿Es esto lo que llaman ustedes justicia? ¿Es este el tribunal que va a juzgarme? Ni siquiera pueden mantener el orden en su propia sala. ¿Cómo van a administrar justicia?
El hombre gordo se limpió el sudor de la frente con un pañuelo grande y sucio. Su rostro expresaba una fatiga inmensa, como si hubiera pasado por aquello innumerables veces.
—Señor K. —dijo con voz cansada—, le pido que tenga paciencia. Estos incidentes son lamentables pero inevitables. La sala está abarrotada, el calor es excesivo y los ánimos se exaltan. Le aseguro que su caso será tratado con la debida seriedad.
—¿Con la debida seriedad? —repitió K. casi riendo—. No veo seriedad por ninguna parte. Lo que veo es un desorden más propio de un mercado que de un tribunal. Y quiero que quede constancia de mi protesta.
—Queda constancia —dijo el hombre gordo, y miró el cuadernillo como si en efecto estuviera anotando algo, aunque K. sospechó que el cuadernillo estaba en blanco.
K. miró a su alrededor una vez más. El tumulto del fondo se había calmado un poco, pero el ambiente seguía siendo caótico. Los asistentes hablaban entre sí como si estuvieran en una taberna, no en un tribunal. Algunos se habían sentado directamente en el suelo. Otros fumaban, pese al calor asfixiante.
Fue entonces cuando K. reparó en un detalle que hasta entonces le había pasado inadvertido. Los asistentes, todos ellos, llevaban en la solapa unas insignias. No eran iguales, pero sí similares: pequeños distintivos que los identificaban como pertenecientes a algo. K. entrecerró los ojos para verlos mejor. Algunos eran dorados, otros plateados, pero todos tenían la misma forma básica.
—¿Qué significan esas insignias? —preguntó K., señalando la más cercana.
El hombre que la llevaba —un individuo bajo y rechoncho, con barba rala— se la cubrió instintivamente con la mano, como si K. hubiera intentado arrancársela.
—Son insignias del tribunal —murmuró alguien.
—¿Todos ustedes pertenecen al tribunal? —exclamó K., volviéndose hacia la multitud—. ¿Todos? ¿No hay aquí un solo acusado, un solo espectador independiente? ¿Todos son funcionarios?
Un murmullo incómodo recorrió la sala. Las miradas se desviaron. Algunos se llevaron la mano a la solapa, otros se encogieron en sus asientos.
—Entonces todo este espectáculo ha sido una farsa —dijo K. con amargura—. Mi discurso, mi protesta, mi indignación… Todo ha sido para nada. No había nadie aquí que pudiera escucharme con imparcialidad. Todos ustedes forman parte del mismo sistema que me acusa.
El hombre gordo se aclaró la garganta.
—El interrogatorio ha concluido por hoy —anunció—. Se le comunicará la fecha del próximo.
—No se molesten —dijo K.—. Ya he visto suficiente.
Y se dirigió hacia la puerta, abriéndose paso entre los funcionarios disfrazados de público, que se apartaban a su paso con una deferencia que solo hacía más evidente su pertenencia al tribunal. Algunos intentaron hablarle, ofrecerle consejos, recomendarle abogados; K. los ignoró a todos.
Bajó las escaleras del edificio con paso decidido. En el rellano del segundo piso se cruzó con la mujer joven del barreño, que le sonrió como si supiera exactamente lo que acababa de ocurrir arriba. K. le devolvió la sonrisa automáticamente, sin detenerse.
Una vez en la calle, respiró profundamente. El aire, aunque pesado y gris, le pareció infinitamente más fresco que el del desván-tribunal. Caminó un trecho sin rumbo, las manos en los bolsillos, pensando.
¿Qué había logrado con su discurso? Nada, probablemente. Había hablado ante una sala llena de funcionarios del tribunal que se hacían pasar por público imparcial. Había denunciado la irregularidad de su detención ante los mismos que la habían ordenado. Había protestado contra la farsa del proceso ante los actores de esa farsa.
Y sin embargo, mientras caminaba por la calle dominical, K. sintió una extraña satisfacción. Había dicho lo que pensaba. Había denunciado la absurdidad de su situación. Que no sirviera de nada era otro asunto. Al menos había mantenido su dignidad. Al menos no se había sometido dócilmente a aquel teatro de sombras.
Pero en el fondo, muy en el fondo, una inquietud nueva empezaba a germinar. Si todos los que estaban en aquella sala eran funcionarios del tribunal, ¿cuántas personas más, en la ciudad, en su vida cotidiana, pertenecían también a aquel sistema invisible? ¿Cuántos de sus conocidos, de sus compañeros de trabajo, de sus vecinos, llevaban bajo la solapa una de aquellas insignias?
El proceso, fuera lo que fuese, era más grande de lo que había imaginado. Y él, Josef K., estaba solo frente a él.
K. regresó a su pensión ya entrada la tarde. La señora Grubach le preguntó si había tenido un buen domingo. K. respondió que sí, que había dado un paseo agradable por las afueras. Se retiró a su habitación y se sentó ante su escritorio.
Sacó una hoja de papel y una pluma. Pensó en escribir una carta de protesta formal, un documento que dejara constancia de sus objeciones al procedimiento. Pero ¿a quién dirigirla? No conocía el nombre de ningún juez, ni la dirección del tribunal, ni siquiera la denominación exacta de la instancia que lo acusaba.
Se quedó mirando la hoja en blanco durante un largo rato. Luego la guardó en el cajón, se desvistió y se acostó.
En la oscuridad de su habitación, con los ojos abiertos, K. escuchó los ruidos de la pensión: la señora Grubach cerrando la puerta de la cocina, los pasos de algún inquilino en el pasillo, el lejano rumor de la ciudad. Sonidos familiares, tranquilizadores. Pero detrás de ellos, ahora, K. creía percibir otro sonido: el zumbido silencioso de una maquinaria inmensa e invisible que giraba en algún lugar de la noche, procesando su caso, avanzando su expediente, acercándolo lenta pero inexorablemente hacia un destino que él no podía ni nombrar ni evitar.
K. permaneció despierto largo rato aquella noche. Tumbado en la oscuridad de su habitación, reconstruyó mentalmente cada detalle del interrogatorio. La sala abarrotada, el techo bajo, el hombre gordo y sudoroso que presidía la mesa, el murmullo del público que resultó no ser público sino tribunal.
Lo que más le inquietaba no era la falta de transparencia del procedimiento, ni la rudeza de las instalaciones, ni siquiera la revelación de que todos los asistentes eran funcionarios. Lo que verdaderamente le perturbaba era su propia reacción. Había pronunciado un discurso vehemente, sí. Había denunciado las irregularidades, sí. Pero al hacerlo, había aceptado implícitamente la existencia del tribunal, su derecho a convocarlo, su autoridad para juzgarlo. Al protestar dentro del marco del proceso, había legitimado el proceso.
¿Qué habría ocurrido si simplemente no se hubiera presentado? ¿Si hubiera ignorado la citación y se hubiera quedado en casa, leyendo el periódico dominical, tomando su café con leche, viviendo su vida como si aquel tribunal no existiera? ¿Habrían venido a buscarlo? ¿O se habría disuelto el proceso por falta de acusado, como un juicio al que no acude ninguna de las partes?
Pero ya era tarde para esas especulaciones. Se había presentado. Había hablado. Había discutido con el juez instructor. Había mirado a los ojos a los funcionarios disfrazados de espectadores. Con cada uno de esos actos había tejido un hilo más en la red que lo envolvía. Cada palabra suya había sido una concesión, cada gesto una aquiescencia.
En la pensión, los relojes daban las horas con su regularidad de siempre. La señora Grubach se había retirado hacía rato. En algún lugar del edificio, un grifo goteaba con la persistencia de un metrónomo. K. cerró los ojos e intentó dormir, pero el sueño lo eludía como un animal escurridizo.
Se levantó, encendió la lámpara del escritorio y se sentó. Sobre la mesa había papeles del banco, informes que debía revisar para el lunes. Los miró sin verlos. En su mente seguía resonando la voz del juez instructor: «Señor K., todo lo que usted dice queda registrado.» Registrado. Anotado. Archivado. En algún lugar existía ya un acta de aquel interrogatorio, un documento que contenía sus palabras, sus protestas, sus acusaciones contra el tribunal. Y ese documento formaba parte de su expediente, engrosaba su caso, alimentaba la maquinaria que lo procesaba.
Cada intento de defenderse se convertía automáticamente en material del proceso. Cada protesta era incorporada al expediente. Cada acto de rebeldía era registrado, catalogado y archivado. El tribunal no temía la oposición de sus acusados; la deseaba, la necesitaba, se alimentaba de ella como un parásito se alimenta de su huésped.
K. apagó la lámpara y volvió a la cama. Fuera, la ciudad dormía bajo un cielo sin estrellas. En algún barrio de las afueras, en una buhardilla con el techo bajo, el hombre gordo quizá estaba ordenando sus papeles, cerrando la sesión del día, preparando la siguiente. Los funcionarios se habrían quitado las insignias y estarían en sus casas, cenando con sus familias, hablando de cosas corrientes, viviendo vidas normales hasta el próximo domingo, cuando volverían a reunirse en aquella sala sofocante para escuchar a otro acusado pronunciar otro discurso que no cambiaría nada.
El lunes por la mañana, K. llegó al banco puntualmente, como siempre. Saludó a sus compañeros, revisó la correspondencia, atendió a dos clientes importantes. Nadie sospechaba nada. Nadie sabía que el primer procurador del banco era un hombre detenido, un acusado que el día anterior había comparecido ante un tribunal instalado en una buhardilla.
Esa dualidad —la vida normal y el proceso— empezaba a parecerle no ya extraña sino casi natural. Como si todos los hombres vivieran simultáneamente en dos planos: el visible, donde trabajaban, comían, dormían y conversaban; y el invisible, donde un tribunal desconocido los juzgaba por crímenes que no sabían haber cometido.
¿Cuántos de sus compañeros del banco, se preguntó K. mirando a su alrededor en la oficina, estarían también sometidos a un proceso semejante? ¿Cuántos de ellos habrían recibido una mañana la visita de dos guardianes, habrían sido interrogados por un inspector, habrían comparecido ante un juez en una buhardilla? ¿Y cuántos habrían guardado silencio sobre ello, como él mismo hacía, por vergüenza, por miedo o simplemente porque no existían palabras para describir lo que les estaba ocurriendo?
K. sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos y se concentró en su trabajo. Los números de la contabilidad, las cláusulas de los contratos, las firmas de los documentos: todo eso era real, tangible, verificable. El banco era el mundo de la razón, de la lógica, del orden. El tribunal era otra cosa. El tribunal era el mundo de lo arbitrario, de lo opaco, de lo indemostrable.
Pero ambos mundos existían. Y Josef K. habitaba en los dos.
Esa tarde, de vuelta en su despacho, K. recibió la visita inesperada de su tío Karl, que había viajado desde el campo expresamente para verlo. El tío Karl era un hombre corpulento y enérgico, terrateniente modesto, con un bigote abundante y una voz que retumbaba por los pasillos del banco como un trueno de verano.
—He oído cosas, Josef —dijo el tío, sentándose pesadamente en la silla de visitas—. Cosas que me preocupan.
K. se sobresaltó. ¿Cómo era posible que su tío supiera del proceso? No le había dicho nada a nadie. Ni a la señora Grubach, ni a sus compañeros del banco, ni a sus amigos. Había guardado el secreto con un celo que rayaba en la obsesión.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó K., intentando parecer tranquilo.
—No me hagas esa cara de inocente —dijo el tío—. Sé que tienes un proceso. Lo sé porque estas cosas se saben, Josef. Los tribunales no son herméticos. Las noticias se filtran. Alguien le dijo a alguien que le dijo a tu prima Erna, que me escribió una carta, y aquí estoy.
K. se quedó en silencio un momento. La noticia de que su proceso era conocido más allá del círculo inmediato del tribunal lo golpeó con una fuerza que no esperaba. Hasta entonces había mantenido la ilusión de que el proceso era un asunto privado, algo entre él y una instancia judicial oscura que operaba en las sombras. Pero si su prima Erna, una adolescente que vivía en un pueblo de campo, sabía de su detención, ¿cuántas otras personas lo sabrían también?
—No es tan grave como parece —dijo K. finalmente.
—Todo proceso es grave —respondió el tío con severidad—. No importa si la acusación es absurda. No importa si el tribunal es irregular. Lo que importa es que existe un expediente con tu nombre, y ese expediente tiene vida propia. Crece, se multiplica, se ramifica. Cada día que pasa sin que hagas algo para detenerlo, el expediente se engrosa con nuevas páginas.
K. escuchó a su tío con una mezcla de irritación y reconocimiento. El viejo tenía razón, por supuesto. El proceso no era un asunto que pudiera ignorarse esperando que se disolviera por sí solo. Era una realidad que había que enfrentar, combatir, gestionar. Y hasta ahora K. no había hecho más que pronunciar discursos y pasear por corredores.
—¿Qué propones? —preguntó K.
—Tienes que hablar con un abogado —dijo el tío—. No un abogado cualquiera, sino uno que conozca este tipo de tribunales. Conozco a uno, se llama Huld. Está enfermo, postrado en cama, pero es el mejor. Iremos a verlo esta noche.
K. dudó. La idea de poner su caso en manos de un abogado le resultaba al mismo tiempo reconfortante e inquietante. Reconfortante porque significaba que alguien más competente que él se encargaría del proceso. Inquietante porque significaba reconocer que el proceso era real, que no era una pesadilla de la que podía despertar, sino una situación jurídica que requería asesoramiento profesional.
—Esta noche no puedo —dijo K.—. Tengo trabajo.
—El trabajo puede esperar —dijo el tío con una firmeza que no admitía réplica—. El proceso, no.
Y así, aquella noche, K. acompañó a su tío a través de las calles húmedas de la ciudad, pensando en el interrogatorio del domingo, en las insignias de los funcionarios, en la pregunta del juez instructor, en su propio discurso que nadie había escuchado realmente, y en la certeza creciente de que había entrado en un mundo donde las reglas que conocía ya no servían para nada.
En el segundo capítulo, K. recibe la citación para su primer interrogatorio formal. La sesión se celebra un domingo por la mañana en un edificio de viviendas de un barrio obrero, en una buhardilla abarrotada que sirve de tribunal improvisado. K. llega tarde y se encuentra con una sala llena de personas que parecen ser espectadores pero que, como descubrirá, son en realidad funcionarios del tribunal disfrazados de público. En este capítulo, K. pronuncia un discurso vehemente contra las irregularidades de su detención y del procedimiento judicial, revelando por primera vez su capacidad retórica y su determinación de no someterse dócilmente.