Durante los días siguientes, K. no pudo dejar de pensar en el interrogatorio del domingo. No estaba satisfecho con su comportamiento. Cierto que había pronunciado un discurso enérgico, que había denunciado las irregularidades del procedimiento, que había desenmascarado al falso público como funcionarios del tribunal. Pero eso no cambiaba nada. El proceso seguía su curso, invisible pero implacable, como un río subterráneo que fluye sin que nadie lo vea pero que poco a poco socava los cimientos.
El sábado siguiente, sin que nadie se lo hubiera pedido, K. decidió volver al edificio del tribunal. Quería hablar con alguien, con quien fuera, para obtener alguna información sobre su caso. ¿Quién era el juez instructor? ¿De qué se le acusaba exactamente? ¿Cuáles eran sus derechos? Preguntas que debería haber formulado el domingo anterior, pero que la sorpresa del momento y la exaltación de su discurso le habían impedido plantear.
Fue a la misma dirección, a la misma calle monótona de casas de vecindad. Pero esta vez era sábado, no domingo, y la calle presentaba un aspecto diferente. Los portales estaban más concurridos, los niños jugaban en la calle con más libertad, las mujeres charlaban en los balcones. El sol, que el domingo anterior se había ocultado tras nubes grises, brillaba débilmente entre los tejados.
K. entró en el edificio y subió las escaleras hasta el último piso. La puerta del desván estaba cerrada. Llamó y esperó. Nadie respondió. Volvió a llamar, más fuerte esta vez. Desde dentro llegó el ruido de unos pasos arrastrados, y la puerta se entreabrió.
Era una mujer. No la misma del domingo anterior, sino otra: más alta, más delgada, con un rostro pálido y unos ojos oscuros que miraban con una curiosidad intensa y no del todo amistosa.
—¿Qué desea? —preguntó.
—Busco el tribunal —dijo K.—. El domingo pasado hubo aquí un interrogatorio.
La mujer lo miró de arriba abajo y pareció reconocerlo, aunque K. estaba seguro de no haberla visto antes.
—Ah, usted es el acusado —dijo, y abrió la puerta del todo—. Pase. Hoy no hay sesión, pero puede pasar.
K. entró en la sala. Estaba vacía. Los bancos donde el domingo se habían apiñado los supuestos espectadores habían desaparecido. La tarima seguía allí, pero la mesa del juez estaba cubierta con un paño sucio. En un rincón se amontonaban libros y carpetas. El aire era el mismo: denso, sofocante, con un olor a polvo y a madera vieja que se pegaba a la garganta.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó K.
—Hoy no hay audiencia —repitió la mujer—. Solo vienen los domingos. El resto de la semana esto es nuestra sala de estar.
—¿Su sala de estar? —se asombró K.—. ¿Usted vive aquí?
—Mi marido y yo. Él es el ujier del tribunal. Cuando hay audiencia, tenemos que sacar todos nuestros muebles y dejar la sala libre. Es bastante molesto, pero nos dan la habitación gratis, así que no podemos quejarnos.
K. miró a su alrededor con nuevos ojos. Lo que el domingo había tomado por un tribunal sórdido era, de hecho, la vivienda de un ujier. La tarima era probablemente el lugar donde los esposos comían; la mesa del juez, su mesa de cocina. Las ventanucos dejaban entrar una luz turbia que apenas iluminaba los rincones.
—Quería hablar con alguien del tribunal —dijo K.—. Con el juez, si es posible.
—El juez instructor no viene entre semana —dijo la mujer—. Pero puedo enseñarle las oficinas, si quiere. Están aquí cerca, en el mismo edificio.
—¿Hay oficinas? —preguntó K., genuinamente sorprendido—. No las vi el domingo.
—No son fáciles de encontrar —dijo la mujer con una sonrisa ambigua—. Están detrás de las viviendas, en los pasillos interiores. ¿Quiere que lo lleve?
K. dudó un momento. Algo en la actitud de aquella mujer le inspiraba desconfianza. Pero la curiosidad pudo más que la cautela.
—Lléveme —dijo.
La mujer se alisó el pelo, se puso un chal sobre los hombros y lo condujo a través de una puerta lateral que K. no había advertido el domingo. Detrás de la puerta había un pasillo estrecho y oscuro, iluminado apenas por unas bombillas de poca potencia colgadas del techo a intervalos irregulares.
El pasillo se bifurcaba, se torcía, subía unos escalones, bajaba otros. K. perdió rápidamente el sentido de la orientación. ¿Seguían en el mismo edificio o habían pasado al edificio contiguo? Imposible saberlo. Las paredes eran todas iguales: enlucidas de un gris sucio, con manchas de humedad y grietas que formaban dibujos caprichosos.
—Aquí empieza —dijo la mujer, y se detuvo ante una puerta que se distinguía de las demás solo porque tenía un picaporte de latón en lugar de madera.
K. abrió la puerta y se encontró en un corredor largo, más estrecho aún que el anterior, con puertas a ambos lados. Frente a cada puerta había un banco de madera, y en la mayoría de los bancos estaban sentadas personas que esperaban.
Eran hombres, en su mayoría, de mediana edad, vestidos con una corrección marchita que delataba su pertenencia a una clase media decente pero venida a menos. Sus trajes, aunque de corte aceptable, estaban raídos en los codos y las rodillas. Sus camisas, blancas en origen, tenían un tono amarillento. Sus corbatas estaban torcidas, sus zapatos sin lustre. Pero lo que más impresionó a K. fue su actitud: no la impaciencia del que espera con un propósito, sino la resignación del que ha aceptado que la espera es su destino.
Algunos leían periódicos viejos. Otros miraban al vacío con ojos acuosos. Uno se había quedado dormido con la cabeza apoyada contra la pared, la boca abierta. Otro murmuraba para sí, moviendo los labios sin emitir sonido. Nadie hablaba con nadie. El silencio era denso, interrumpido solo por el crujir de un periódico al pasar la página o el suspiro ocasional de alguno de los que esperaban.
—¿Quiénes son? —preguntó K. a la mujer del ujier, aunque ya sabía la respuesta.
—Acusados —dijo ella en voz baja—. Esperan que los llamen.
—¿Llevan mucho tiempo esperando?
La mujer se encogió de hombros.
—Algunos llevan horas. Otros llevan días. Vienen todas las mañanas y se sientan aquí. A veces los llaman, a veces no. Cuando no los llaman, se van a casa por la noche y vuelven al día siguiente.
K. caminó lentamente por el corredor, observando a los que esperaban. Algunos alzaron la vista al verlo pasar, con una expresión de curiosidad apagada, como si el paso de un desconocido fuera un acontecimiento menor pero no del todo despreciable en la monotonía de su espera. Otros ni siquiera lo miraron.
Un hombre alto y delgado, con un bigote entrecano y las manos apoyadas en un maletín de cuero, se levantó al ver a K. y le hizo una ligera inclinación de cabeza.
—¿Es usted nuevo? —le preguntó en un susurro.
—Sí —dijo K.—. Es la primera vez que vengo a las oficinas.
—Le aconsejo que no pregunte demasiado —dijo el hombre, mirando nerviosamente a los lados—. Aquí no conviene llamar la atención. Siéntese, espere, y cuando lo llamen, entre y diga lo menos posible. Eso es lo que conviene.
—¿Y qué se consigue con eso? —preguntó K.
El hombre esbozó algo que podría haber sido una sonrisa o una mueca de dolor.
—Se consigue que el proceso no empeore —dijo—. Eso es todo lo que se puede esperar: que no empeore.
K. sintió un escalofrío. No por las palabras del hombre, que en sí mismas no eran especialmente alarmantes, sino por el tono con que las pronunció: un tono de experiencia, de sabiduría amarga adquirida a lo largo de años de espera.
—¿Cuánto tiempo lleva usted con su proceso? —le preguntó K.
—Cinco años —respondió el hombre con naturalidad, como quien dice «cinco minutos»—. Pero conozco a algunos que llevan más. Hay un señor al final del pasillo que lleva ocho años. Ya casi no viene, solo de vez en cuando, más por costumbre que por esperanza.
K. se alejó del hombre y siguió caminando por el corredor. Las puertas, todas cerradas, tenían pequeñas placas con números, pero sin nombres ni indicaciones de qué tipo de oficina había detrás. De vez en cuando, una puerta se abría y un funcionario asomaba la cabeza, llamaba un nombre, y uno de los que esperaban se levantaba con una prisa que resultaba conmovedora y desaparecía en el interior.
La puerta volvía a cerrarse y el silencio se restablecía. Los demás ni siquiera miraban. Ya habían visto aquello demasiadas veces.
K. llegó al final del corredor, que desembocaba en otro corredor perpendicular, igualmente estrecho e igualmente poblado de bancos y de personas que esperaban. Y al final de ese segundo corredor, otro más. Las oficinas del tribunal se extendían en un laberinto de pasillos y antecámaras que parecía no tener fin.
El aire se hacía cada vez más irrespirable. No había ventanas, o si las había estaban cerradas. La luz artificial, escasa y amarillenta, daba a los rostros de los que esperaban un tono enfermizo. K. empezó a sentir un mareo leve, un embotamiento de los sentidos que no era desagradable del todo, sino que se parecía más a la somnolencia que precede al sueño.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó la mujer del ujier, que lo seguía a cierta distancia.
—Sí —mintió K.—. Es solo el aire.
—El aire siempre es así —dijo la mujer—. Nunca lo cambian. Dicen que es porque abrir las ventanas causaría corrientes de aire que desorganizarían los expedientes. Pero la verdad es que no hay ventanas. Las que usted ve están pintadas en la pared.
K. miró con más atención y, en efecto, lo que había tomado por ventanas eran rectángulos pintados de un gris más claro que el resto de la pared. La ilusión era bastante buena, pero una vez descubierta resultaba imposible dejarse engañar de nuevo.
—Esto es insoportable —dijo K., aflojándose el cuello de la camisa—. ¿Cómo pueden trabajar aquí los funcionarios? ¿Cómo pueden respirar los acusados?
—Se acostumbran —dijo la mujer—. Los funcionarios tienen derecho a salir al tejado un rato cada día. Los acusados no tienen ese derecho, pero a veces, cuando se desmayan, los sacan al pasillo exterior para que se recuperen.
—¿Se desmayan a menudo?
—Todos los días. Sobre todo los que vienen por primera vez. No están acostumbrados al aire.
K. sintió que las piernas le flaqueaban. El mareo se intensificaba. Las paredes del corredor parecían acercarse, el techo bajar. Los rostros de los que esperaban se difuminaban, se fundían en una masa indistinta de rasgos borrosos.
—Necesito salir —dijo K.
La mujer lo tomó del brazo y lo condujo por un pasillo lateral que K. no había visto. Era todavía más estrecho que los anteriores, tanto que tenían que avanzar de lado. Las paredes estaban tan cerca que K. podía tocarlas con ambos hombros a la vez.
—Por aquí hay una salida —dijo la mujer—. No se preocupe.
K. se dejó guiar. La cabeza le daba vueltas. El aire se espesaba como si fuera líquido. Cada respiración le costaba un esfuerzo. Pensó que si se desmayaba allí, en aquel pasillo minúsculo, nadie podría sacarlo; simplemente quedaría atrapado entre las paredes como un tapón en una botella.
—No se preocupe —repitió la mujer—. Es normal. A todos les pasa la primera vez. Un funcionario me dijo una vez que el aire contiene una sustancia especial que debilita la voluntad de los acusados. No sé si es verdad, pero el efecto es real.
K. no respondió. Toda su energía estaba concentrada en poner un pie delante del otro. El pasillo se había convertido en un túnel interminable. La mujer seguía tirando de su brazo con una fuerza sorprendente para su complexión delgada.
De pronto apareció una puerta. La mujer la abrió y una bocanada de aire fresco golpeó a K. en la cara como una ola. Se tambaleó, pero logró mantenerse en pie. Estaban en una escalera, una escalera normal de una casa de vecindad normal, con peldaños de piedra gastada y una barandilla de hierro.
K. se apoyó en la pared y respiró profundamente. El mareo empezó a ceder. Los contornos del mundo volvieron a definirse.
—Gracias —dijo K.—. Me ha salvado usted.
La mujer sonrió.
—No exagere. Solo lo he sacado de las oficinas. Eso no es salvar a nadie. Salvar sería sacarlo del proceso, y eso ni yo ni nadie puede hacerlo.
K. la miró. Había algo en su sonrisa, en sus ojos oscuros, que le inspiraba una confianza involuntaria. Pero también algo que le advertía que la confianza, en el mundo del tribunal, era un lujo peligroso.
—¿Cómo se llama usted? —le preguntó.
—Eso no importa —dijo ella—. Lo que importa es que usted tenga cuidado. Este tribunal es más poderoso de lo que parece. Se extiende por toda la ciudad, por todas las casas, por todas las vidas. No hay lugar al que no llegue, ni persona a la que no afecte.
—Eso suena a advertencia —dijo K.
—Es una advertencia —confirmó la mujer—. Y ahora debería irse. Mi marido volverá pronto y no conviene que lo encuentre aquí conmigo. Los ujiers son celosos, y los ujiers de este tribunal más que los de cualquier otro.
K. bajó las escaleras lentamente, sujetándose a la barandilla. Cada piso que descendía le devolvía un poco más de normalidad, un poco más de la solidez del mundo cotidiano. Las puertas de las viviendas, los felpudos, los ruidos domésticos —una radio, un niño llorando, una olla de presión— eran como anclas que lo amarraban de nuevo a la realidad.
Cuando salió a la calle, el sol de la tarde lo cegó momentáneamente. Se quedó un momento ante el portal, parpadeando, mientras el mundo exterior se recomponía a su alrededor: la acera, los árboles raquíticos, los escaparates de las tiendas, los transeúntes que iban y venían con sus bolsas del mercado.
Todo era normal. Todo era como siempre. Pero K. sabía que detrás de aquellas fachadas, dentro de aquellos edificios, a través de aquellos corredores y pasadizos, se extendía un mundo paralelo, un mundo de oficinas asfixiantes y acusados que esperaban, de funcionarios que trabajaban sin aire y de procesos que duraban años, décadas quizá, sin llegar nunca a una sentencia.
Y él, Josef K., formaba parte de ese mundo ahora. Quisiéralo o no, su nombre estaba inscrito en algún registro, su expediente avanzaba por algún escritorio, su caso era discutido por jueces que él no conocía en salas que él no podía encontrar.
Mientras caminaba hacia la parada del tranvía, K. tuvo una sensación extraña: la de que las calles mismas lo observaban, la de que los edificios tenían ojos y las aceras tenían oídos. Era absurdo, por supuesto. Pero después de lo que había visto aquella tarde —los corredores interminables, los acusados resignados, las ventanas pintadas, el aire envenenado—, lo absurdo había dejado de parecerle una categoría segura. Lo absurdo se había convertido en algo con lo que había que contar, como el clima o la hora.
K. subió al tranvía. Un señor mayor sentado frente a él leía un periódico. K. miró su solapa. No llevaba insignia. O al menos no se veía. ¿Pero qué significaba eso? ¿Que no pertenecía al tribunal? ¿O que simplemente había escondido la insignia debajo de la solapa, como hacían algunos el domingo anterior cuando K. los había descubierto?
El tranvía avanzaba por las calles de la ciudad, traqueteando sobre los rieles. K. miraba por la ventanilla las fachadas de los edificios que desfilaban. En cualquiera de ellos, detrás de cualquier puerta, al final de cualquier escalera, podía haber un tribunal. O una oficina. O un corredor lleno de personas que esperaban.
El proceso era como una telaraña que cubría la ciudad entera. Y K. era la mosca que acababa de descubrir que el hilo pegajoso en el que había tropezado no era un hilo sino una red, y que la red no tenía bordes sino que se extendía en todas direcciones, hasta los límites del mundo conocido.
Bajó del tranvía en su parada habitual. Caminó hasta la pensión de la señora Grubach. Subió las escaleras. Entró en su habitación. Se sentó en la cama.
Estaba agotado. No físicamente —el paseo no había sido largo ni el día caluroso—, sino de un modo más profundo, como si el cansancio le viniera no de los músculos sino del alma. El tribunal lo había agotado sin siquiera juzgarlo. Solo con existir, con dejarse entrever, con mostrarle sus corredores y sus acusados, había logrado drenar algo de su vitalidad.
K. se acostó vestido y se quedó dormido casi al instante. Soñó con pasillos interminables, con puertas numeradas, con rostros borrosos que lo miraban desde bancos de madera. Soñó que caminaba y caminaba sin llegar nunca a la salida, que el aire se espesaba hasta convertirse en una masa sólida que le impedía avanzar, que las paredes se acercaban lentamente hasta aplastarlo.
Se despertó a medianoche, empapado en sudor. La habitación estaba oscura y silenciosa. Desde la calle llegaba el rumor lejano de un coche. Desde la habitación contigua, el ronquido suave de algún inquilino.
K. se incorporó en la cama y se quedó sentado en la oscuridad, con los ojos abiertos, escuchando el silencio. En algún lugar de la ciudad, en algún corredor sin ventanas, un funcionario del tribunal quizá estaba todavía trabajando, revisando expedientes a la luz de una bombilla amarillenta, anotando algo en el margen de un documento, avanzando imperceptiblemente el caso de Josef K. hacia un desenlace que nadie, ni siquiera el propio tribunal, podía predecir.
Durante los días que siguieron a su visita a las oficinas del tribunal, K. notó un cambio sutil en su percepción del mundo. Las calles que antes recorría sin pensar se habían vuelto sospechosas. Cada edificio albergaba potencialmente un corredor sin ventanas, cada portal podía ser la entrada a un laberinto de oficinas donde acusados anónimos esperaban su turno.
En el banco, K. se sorprendió mirando las solapas de sus colegas, buscando insignias que no existían, o que existían pero estaban ocultas. El subdirector, que siempre había sido un hombre afable y predecible, le pareció de pronto enigmático. ¿Por qué sonreía de esa manera cuando K. pasaba por su despacho? ¿Por qué le preguntaba con tanta insistencia si se encontraba bien?
Un jueves por la noche, cuando K. se quedó trabajando hasta tarde en el banco, oyó un ruido en uno de los cuartos trasteros del pasillo. Abrió la puerta y encontró una escena que no habría podido imaginar: en el cuarto estrecho, iluminado por una bombilla polvorienta, un hombre vestido de cuero azotaba a los dos guardianes que lo habían detenido semanas antes, Willem y Franz. Los guardianes gemían y suplicaban. El hombre del cuero los golpeaba metódicamente, sin pasión, como quien cumple un trámite administrativo.
K. cerró la puerta, horrorizado. El tribunal había llegado hasta su banco. Hasta los cuartos trasteros de su lugar de trabajo. No había espacio seguro, no había refugio. El proceso se infiltraba en todos los rincones de su existencia como el agua se infiltra en las grietas de una pared.
Al día siguiente, K. abrió de nuevo la puerta del cuarto trastero. Todo estaba exactamente igual: el hombre del cuero, los guardianes, los gemidos, los azotes. Como si el tiempo se hubiera detenido en aquel cuarto, como si la escena se repitiera eternamente en un bucle del que no había escape.
K. cerró la puerta por segunda vez y se alejó por el pasillo. Sus pasos resonaban en el suelo de mármol. Las oficinas del banco estaban vacías a esa hora, los escritorios abandonados, las sillas vacías. Era como caminar por las oficinas del tribunal, con la diferencia de que aquí las ventanas eran reales y el aire se podía respirar.
Pero ¿cuánto tiempo duraría esa diferencia? ¿Cuánto tardaría el tribunal en transformar el banco en una extensión de sus oficinas, en llenar los pasillos de acusados que esperaban, en pintar las ventanas de gris y envenenar el aire?
K. salió del banco a la calle nocturna. La ciudad brillaba con sus luces habituales. Los tranvías circulaban por sus rutas predeterminadas. Los restaurantes estaban llenos, los teatros anunciaban sus funciones, los vendedores de periódicos voceaban las últimas noticias. Todo era normal. Todo era como siempre.
Pero K. ya no podía ver la normalidad sin sospechar que era una fachada. Detrás de cada fachada se escondía un tribunal. Detrás de cada normalidad, un proceso. Y detrás de cada inocencia proclamada, una culpa que ni el propio acusado podía nombrar.
Caminó por las calles durante horas, sin rumbo fijo. Pasó por plazas que conocía de memoria, por calles que había recorrido miles de veces, por barrios que formaban parte de la geografía íntima de su vida. Y en cada esquina, en cada portal, en cada ventana iluminada, creyó percibir la presencia del tribunal: silenciosa, paciente, omnipresente.
Cuando por fin regresó a la pensión de la señora Grubach, eran casi las dos de la madrugada. La casa estaba en silencio. K. subió las escaleras con cuidado de no hacer ruido y se detuvo un momento ante la puerta de la señorita Bürstner, la misma puerta donde semanas antes el inspector lo había interrogado.
Detrás de aquella puerta había empezado todo. O quizá no. Quizá había empezado mucho antes, en algún momento que K. no podía identificar, con algún acto que K. no recordaba haber cometido. El tribunal no necesitaba un crimen para iniciar un proceso. Le bastaba con la existencia del acusado. La existencia misma era, en cierto sentido, el delito que el tribunal perseguía.
K. entró en su habitación, cerró la puerta y se sentó en la cama. Sobre la mesita de noche estaba el despertador, marcando las horas con su tictac indiferente. Al lado, un vaso de agua que la señora Grubach le dejaba cada noche. Objetos cotidianos, reconfortantes en su previsibilidad.
Pero incluso ellos le parecían ahora extrañamente ajenos, como si pertenecieran a una vida anterior, a una versión de Josef K. que todavía no sabía que estaba detenido, que todavía creía en la solidez del mundo, que todavía podía distinguir con claridad entre el día y la noche, entre lo real y lo soñado, entre la justicia y su parodia.
Aquella versión de K. había muerto el día de su trigésimo cumpleaños. La que vivía ahora era otra, una versión más despierta quizá, pero también más vulnerable: un hombre que sabía que detrás de las paredes de su habitación se extendía un laberinto infinito de corredores sin ventanas, de oficinas sin aire, de tribunales sin ley.
Y que él, Josef K., estaba condenado a recorrerlo.
En el tercer capítulo, K. regresa por voluntad propia al edificio del tribunal, esta vez un sábado. Encuentra la sala de audiencias vacía y descubre que es, de hecho, la vivienda del ujier del tribunal y su esposa. La mujer del ujier le ofrece mostrarle las oficinas del tribunal, que se extienden por los pasillos interiores del edificio en un laberinto de corredores sin ventanas. K. recorre estos pasillos y encuentra a numerosos acusados que esperan sentados en bancos, con una resignación que sugiere años de espera. La atmósfera asfixiante de las oficinas —sin ventilación, con ventanas falsas pintadas en las paredes— afecta físicamente a K., que está a punto de desmayarse antes de lograr salir.