De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco, con ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se me cerró la herida. Y mientras estuve malo, siempre me daban alguna limosna; mas después que estuve sano, todos me decían: «Tú, bellaco y gallofero eres. Busca, busca un buen amo a quien sirvas».
Y andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio, topóme Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden. Miróme, y yo a él, y díjome: «Mochacho, ¿buscas amo?». Yo le dije: «Sí, señor». «Pues vente tras mí —me respondió—, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy».
Seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester. Y con esto anduvimos hasta que dio las once. Entonces se entró en la iglesia mayor, y yo tras él, y muy devotamente le vi oír misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado y la gente ida. Entonces salimos de la iglesia.
Y con todo esto, no había en toda la casa una blanca de comer, ni lumbre, ni banco, ni mesa, ni el arca que en la del clérigo. Y así, íbamos por la calle, y él iba tan derecho y tan gentil, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.
«Bendito seáis Vos, Señor —quedé yo diciendo—, que dais la enfermedad y ponéis el remedio. ¿Quién encontrara a este mi señor que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aunque agora es de mañana, no le cuenten por muy bien almorzado? Grandes secretos son, Señor, los que Vos hacéis y las gentes ignoran». Así, con este pobre amo, aprendí que la honra sin pan no llena el estómago, y que muchos son los que padecen por sostener lo que aparentan.
El tratado del escudero es el más famoso y el más humano. Aquí el amo no es cruel: es un hidalgo pobre obsesionado con la honra. Lázaro, que buscaba a alguien que lo alimentara, termina siendo él quien mantiene a su amo. Se invierte la relación: la crítica ya no es a la avaricia, sino a una sociedad de las apariencias, donde la honra vale más que el pan.
Vocabulario