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En Horsell Common
La Guerra de los Mundos · capítulo 3
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La Guerra de los Mundos

En Horsell Common

La tarde del segundo día fue cuando todo cambió. Cuando la humanidad comprendió, con un horror súbito y demoledor, que no estábamos ante unos visitantes curiosos sino ante unos invasores despiadados, ante una inteligencia que nos contemplaba con la misma indiferencia con que nosotros contemplaríamos un nido de insectos en el camino.

Yo había vuelto al páramo poco después del mediodía, arrastrado por una curiosidad irresistible. La multitud era mayor que el día anterior. Calculé unas trescientas personas, quizá más, distribuidas en un amplio semicírculo alrededor del cráter. La policía había reforzado el cordón y había llegado un pelotón de soldados del regimiento de Cardigan, aunque su presencia parecía más ceremonial que operativa. Varios oficiales observaban el cilindro con prismáticos, comentando entre ellos con esa calma profesional que es la marca distintiva de los militares británicos ante lo desconocido.

Los marcianos no se habían dejado ver desde la mañana. Un silencio extraño reinaba en el cráter. Algunos especulaban que las criaturas habían muerto, asfixiadas por la atmósfera terrestre. Otros pensaban que estaban durmiendo. La verdad, como pronto descubriríamos, era mucho más siniestra: estaban preparándose.

Fue Ogilvy quien propuso la delegación. Era un hombre valiente, además de científico, y argumentó que debíamos intentar comunicarnos con los marcianos antes de que la situación se deteriorara. Stent lo apoyó, y entre ambos convencieron a un grupo de voluntarios para que se acercaran al cilindro bajo una bandera blanca, en señal de paz.

La delegación la componían cuatro personas: Ogilvy, Stent, un tal Dewar, que era el asistente de Stent, y un hombre cuyo nombre no recuerdo, un obrero que se ofreció voluntario con ese coraje temerario que a veces aflora en los hombres sencillos. Llevaban una vara larga con un paño blanco atado en la punta, que ondeaba suavemente en la brisa de la tarde.

Recuerdo aquel momento con una claridad dolorosa. El sol de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre el páramo. El cielo estaba limpio, de un azul pálido que se teñía de dorado hacia el horizonte. Los brezos estaban en flor, y el aire olía a tierra caliente y a hierba seca. Era una tarde de una belleza extraordinaria, casi irreal, como si la naturaleza hubiera querido ofrecer un último cuadro de serenidad antes del horror que se avecinaba.

Los cuatro hombres descendieron hacia el cráter con paso lento y deliberado. La bandera blanca se alzaba por encima de sus cabezas como un estandarte de esperanza. Toda la multitud contenía el aliento. Incluso los soldados habían dejado de hablar y observaban la escena con una tensión silenciosa.

Cuando la delegación llegó al borde del cráter, se detuvieron. Ogilvy levantó una mano en un gesto que pretendía ser de saludo universal, un gesto de palma abierta que cualquier ser inteligente, terrestre o no, debería poder interpretar como señal de intenciones pacíficas. Stent agitó la bandera blanca con movimientos amplios y lentos.

Por un momento, nada ocurrió. El cilindro permanecía silencioso en el fondo del cráter, con su tapa desprendida apoyada en la arena a un lado. No se veía movimiento alguno.

Entonces, un destello.

Fue como si un rayo invisible hubiera cortado el aire. No hubo sonido previo, ni advertencia de ningún tipo. Simplemente, un destello de luz verdosa brotó de la abertura del cilindro — un haz de calor concentrado, una flecha ardiente y silenciosa que surcó la distancia entre el cilindro y la delegación en una fracción de segundo.

Lo que vi a continuación quedó grabado en mi memoria para siempre, con la nitidez de una pesadilla que se niega a desvanecerse. El rayo de calor alcanzó a la delegación. No los golpeó, no los empujó, no los derribó. Los incendió. En un instante, los cuatro hombres se convirtieron en antorchas humanas. Vi sus siluetas envueltas en llamas, vi cómo se agitaban brevemente — un movimiento espástico, involuntario, que no duró más de dos o tres segundos — y luego cayeron al suelo, convertidos en masas informes y humeantes.

La bandera blanca ardió como una cerilla. El paño se consumió en un parpadeo, y la vara cayó sobre la arena carbonizada del cráter.

Un silencio terrible se apoderó del páramo. Duró quizás tres segundos, aunque me parecieron una eternidad. Luego estalló el pánico.

El grito que surgió de la multitud no fue un grito humano. Fue un aullido colectivo, un alarido primitivo de terror absoluto que brotó de trescientas gargantas simultáneamente. Era el sonido de una especie que comprende, con una lucidez instantánea y devastadora, que se enfrenta a su depredador.

La gente corrió. Corrió en todas direcciones, tropezando, cayendo, pisoteándose unos a otros. Vi a un hombre derribar a una mujer en su huida y pasar por encima de ella sin mirar atrás. Vi a un niño que lloraba de pie en medio de la estampida, buscando a su madre con ojos enloquecidos. Vi a un anciano que se quedó paralizado, de pie, mirando el cráter con una expresión de asombro absoluto, como si su mente se hubiera negado a aceptar lo que sus ojos acababan de ver.

Y entonces el rayo de calor barrió el páramo.

Se movió con lentitud deliberada, como un dedo de fuego invisible que trazara una línea sobre la superficie de la tierra. Donde tocaba, la hierba estallaba en llamas. Los brezos crepitaban y se consumían en segundos. Los arbustos se convertían en antorchas instantáneas. Un pino solitario que se alzaba en el borde del páramo ardió como una cerilla gigante, sus ramas convertidas en brazos de fuego que se retorcían contra el cielo del atardecer.

Vi el rayo alcanzar a un grupo de personas que huían. No los vi morir — desvié la mirada instintivamente —, pero oí el crepitar súbito y el silencio que siguió. Cuando me atreví a mirar de nuevo, solo quedaban formas oscuras en el suelo, inmóviles, humeantes.

Yo corrí. Corrí como nunca había corrido en mi vida, con una velocidad y una desesperación que no sabía que poseía. Sentía el calor del rayo a mis espaldas, un calor seco e intenso como el aliento de un horno, y sabía que si me detenía un solo instante, me convertiría en otra de aquellas formas oscuras y humeantes sobre el páramo.

No sé cuánto corrí. Pudieron ser quinientos metros o un kilómetro. El tiempo y la distancia perdieron todo significado en aquella carrera frenética. Solo recuerdo el sonido de mi propia respiración, el golpeteo de mis pies sobre la tierra, y detrás de mí, siempre detrás de mí, el crepitar de la vegetación que ardía y los gritos de los que no habían sido tan afortunados.

Al fin me dejé caer detrás de una zanja, junto a un seto de espino, temblando de pies a cabeza. Me quedé allí tendido, con el rostro hundido en la hierba húmeda, escuchando los latidos de mi corazón que resonaban en mis oídos como un tambor de guerra. El resplandor del incendio teñía el cielo de un naranja ominoso, y columnas de humo negro se alzaban sobre los árboles como señales funerarias.

Poco a poco, el ruido del rayo de calor cesó. Pero los incendios continuaban, y el viento traía hasta mí el olor acre de la hierba quemada, la madera chamuscada y algo más — un olor que prefiero no describir, un olor que ningún ser humano debería verse obligado a reconocer.

Cuando me atreví a levantar la cabeza, vi que otros supervivientes habían buscado refugio como yo. Un hombre estaba agazapado detrás de un roble, a unos veinte metros de mi posición. Una mujer lloraba en silencio, acunando algo contra su pecho — quizás un niño, quizás solo sus propios brazos. Un soldado, con el uniforme desgarrado y el rostro manchado de hollín, miraba en dirección al páramo con una expresión vacía, como la de un hombre que ha visto algo que su mente se niega a procesar.

Transcurrió un tiempo indefinido. El crepúsculo se profundizó y las estrellas aparecieron una a una en el cielo, indiferentes al drama que se desarrollaba bajo ellas. Marte, irónicamente, brillaba con un fulgor rojizo en el horizonte oriental, como un ojo que nos observara.

Me incorporé con cautela y comencé a caminar hacia mi casa. Las piernas me temblaban y cada sombra me sobresaltaba. Los campos, normalmente tan familiares y acogedores, se habían convertido en un paisaje hostil lleno de amenazas invisibles. Cada crujido de una rama, cada movimiento en los setos, me hacía detenerme con el corazón en la boca.

Cuando llegué a mi casa, encontré a mi esposa en la puerta, pálida como la cera.

— He visto el fuego — dijo —. ¿Qué ha pasado?

Le conté lo que había presenciado. Le conté lo del rayo de calor, lo de la delegación destruida, lo de los incendios en el páramo. Mientras hablaba, vi cómo su rostro pasaba de la inquietud al horror, y del horror a una determinación serena que no le conocía.

— Debemos irnos — dijo.

— Todavía no — respondí, aunque en mi interior sabía que tenía razón —. Quizás el ejército pueda detenerlos. Quizás estén confinados en su cilindro. Quizás el rayo de calor tiene un alcance limitado.

Eran palabras huecas, y ambos lo sabíamos. Lo que había visto aquella tarde no era el acto de unas criaturas desesperadas o asustadas. Era una demostración de poder, fría y calculada, ejecutada con la precisión de quien no tiene la menor duda de su superioridad. Los marcianos no habían disparado en defensa propia. Habían disparado porque podían hacerlo, porque nosotros no éramos más que obstáculos menores en su camino.

Aquella noche, mientras el resplandor de los incendios parpadeaba en el horizonte y el rumor de explosiones lejanas nos llegaba amortiguado por la distancia, comprendí por primera vez la verdadera naturaleza de nuestra situación. No era una crisis, ni una catástrofe natural, ni un conflicto militar. Era algo mucho peor: era el encuentro de dos especies, una de las cuales tenía los medios y la voluntad de exterminar a la otra.

Y nosotros éramos la especie inferior.

Cerré las puertas y las ventanas, apagué las luces y me senté en la oscuridad junto a mi esposa, escuchando los sonidos de la noche. A lo lejos, más allá del páramo, se oía un zumbido mecánico, rítmico, como el pulso de una máquina gigantesca. Los marcianos seguían trabajando. No dormían, no descansaban. Preparaban algo nuevo, algo peor.

Y mientras la oscuridad se espesaba y las estrellas giraban indiferentes sobre nuestras cabezas, supe con una certeza glacial que aquello era solo el principio. El primer cilindro había traído apenas un puñado de marcianos. Pero los destellos en la superficie de Marte habían continuado durante semanas. Más cilindros estaban en camino. Más máquinas de guerra, más rayos de calor, más destrucción.

La guerra de los mundos había comenzado, y nosotros, con nuestros fusiles, nuestros cañones y nuestra arrogancia imperial, éramos tan impotentes ante ella como las hormigas ante la bota del gigante.

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Antes de leer

Este es el capítulo más violento y perturbador de los tres. La delegación con bandera blanca es destruida sin contemplaciones, marcando el punto de no retorno de la historia. Presta atención a cómo Wells describe el rayo de calor: no como magia, sino como tecnología incomprensiblemente avanzada.

Análisis

La destrucción de la delegación de paz es el momento más devastador del relato. Wells subvierte la convención diplomática: la bandera blanca, símbolo universal de paz, es completamente irrelevante para los marcianos. Esto refuerza el tema central de la novela: la comunicación entre especies radicalmente diferentes puede ser imposible. El narrador que huye aterrorizado representa a toda la humanidad enfrentada a su propia insignificancia.

Test · pregunta 1 de 3

¿Qué le sucede a la delegación que lleva la bandera blanca?

Sin producto esperado.