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La estrella fugaz
La Guerra de los Mundos · capítulo 2
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La Guerra de los Mundos

La estrella fugaz

Aquella mañana, la noticia de la caída del cilindro en Horsell Common se difundió con la velocidad de un rumor por las calles de Woking, Chertsey y los pueblos aledaños. Para el mediodía, una multitud considerable se había congregado alrededor del cráter, y la policía había establecido un cordón precario para mantener a los curiosos a una distancia prudencial.

Yo había llegado temprano, como he dicho, y me había apostado en una posición ventajosa, sobre una ligera elevación del terreno que me permitía observar el cilindro sin obstáculos. A mi lado estaba Stent, el astrónomo real, que había sido convocado desde Londres por telegrama urgente. Más allá, reconocí a Henderson, un periodista del Daily Chronicle, que tomaba notas frenéticas en un cuaderno.

El cilindro seguía girando su tapa con aquella lentitud exasperante. El movimiento rotatorio era ahora claramente visible, y un chirrido metálico, como de enormes engranajes oxidados, llegaba hasta nuestros oídos en las pausas del murmullo de la multitud.

Ogilvy había llegado al cilindro muy temprano, cuando aún estaba oscuro. Fue él quien primero advirtió el movimiento de la tapa y comprendió que el cilindro no era un meteorito ordinario, sino un artefacto hueco que contenía algo — o a alguien. Envió mensajes urgentes a Stent y a otros científicos, y mientras tanto se mantuvo cerca del cráter, observando con una mezcla de fascinación científica y creciente aprensión.

Hacia las tres de la tarde, el calor era sofocante. El sol de junio caía verticalmente sobre el páramo, y la arena del cráter refulgía con un brillo cegador. Muchos de los curiosos habían traído cestas con comida y botellas de cerveza, como si asistieran a una feria campestre. Había un ambiente casi festivo, con niños correteando entre las piernas de los adultos y vendedores ambulantes que ofrecían limonada a precios abusivos.

Recuerdo que pensé en lo absurdo de aquella escena. Allí estábamos, centenares de personas, congregadas alrededor de un artefacto venido de otro planeta — pues ya no cabía duda de su origen extraterrestre — y la mayoría lo trataba como un espectáculo de feria. La humanidad, en su infinita frivolidad, era incapaz de concebir el peligro, incluso cuando lo tenía literalmente ante sus ojos.

Fue poco antes de las seis de la tarde cuando la tapa se desprendió por fin. Cayó sobre la arena del cráter con un golpe sordo, y durante un instante un silencio absoluto se apoderó de la multitud. Todos los ojos estaban fijos en la abertura circular del cilindro, de la que salía un vapor tenue y grisáceo, como el aliento de una bestia colosal.

Luego, algo se movió dentro.

Lo primero que vi fue un tentáculo. Era una cosa grisácea, sinuosa, del grosor de un bastón de paseo, que se deslizó fuera de la abertura y tanteó el aire con movimientos ondulantes. Un grito ahogado recorrió la multitud. El tentáculo se retiró, y durante unos segundos no pasó nada.

Entonces apareció otro tentáculo, y otro más. Tres apéndices cartilaginosos, grises y relucientes de humedad, que se agitaban en el borde del cilindro como serpientes ciegas buscando presa. Un escalofrío me recorrió la espalda. A mi alrededor, la gente retrocedía instintivamente, aunque el cordón policial estaba a más de cincuenta metros del cráter.

Y luego surgió la cabeza.

No era una cabeza en el sentido humano de la palabra. Era una masa redondeada, del tamaño aproximado de un barril, de color marrón aceitoso, con una superficie que brillaba como cuero mojado. Tenía dos ojos enormes y oscuros — si es que podían llamarse ojos —, sin párpados, sin pestañas, sin expresión discernible, que sin embargo parecían contemplar el mundo con una intensidad terrible. Debajo de los ojos, o donde debería haber estado la boca, había un labio en forma de V, tembloroso y húmedo, del que goteaba una saliva espesa. No había frente, ni nariz, ni ningún otro rasgo que pudiera asociarse con una cara humana. Solo aquellos dos ojos enormes y aquella boca palpitante.

Alguien gritó. Fue un grito agudo, de horror puro, que rompió el hechizo de estupefacción que nos mantenía inmóviles. La multitud comenzó a retroceder. Vi a mujeres que cogían a sus hijos en brazos y echaban a correr. Un hombre se desmayó. Una mujer gritaba histéricamente.

La criatura — el marciano, como pronto aprendimos a llamarla — se elevó un poco más sobre el borde del cilindro. Pude ver entonces que su cuerpo era una masa fungosa, bulbosa, del tamaño de un oso grande, de la que brotaban los tentáculos como los rayos de una rueda. No tenía piernas visibles, ni nada que se pareciera a un torso o a extremidades humanas. Era un organismo completamente ajeno a cualquier forma de vida terrestre, una criatura de pesadilla que parecía haber sido diseñada por una mente perversa con el único propósito de inspirar terror.

Pero lo que más me estremeció — y creo que fue lo que más estremeció a todos los que estuvimos presentes — fue la expresión de aquellos ojos. No eran ojos de animal. Detrás de aquellas pupilas oscuras y enormes había inteligencia, una inteligencia fría, calculadora, que nos observaba con la curiosidad desapasionada de un entomólogo examinando una nueva especie de hormiga.

La criatura hizo un sonido peculiar — una especie de gemido sordo, vibrante, que parecía provenir no de la boca sino de todo su cuerpo — y luego se dejó caer de nuevo dentro del cilindro. Había estado expuesta al aire terrestre durante apenas un minuto, pero ese minuto bastó para cambiar para siempre nuestra comprensión del universo.

Ogilvy fue el primero en recuperar la compostura. Se acercó al borde del cráter y gritó algo hacia el interior del cilindro, pero su voz se perdió en el tumulto general. Stent lo siguió, y entre los dos intentaron establecer algún tipo de comunicación con las criaturas del interior. Fue un esfuerzo noble pero, como pronto se demostraría, completamente inútil.

En las horas que siguieron, mientras la tarde se convertía en un crepúsculo dorado, más marcianos emergieron del cilindro. Pude contar al menos tres cabezas distintas asomándose al borde antes de que la oscuridad lo hiciera imposible. Cada aparición provocaba una nueva oleada de terror entre los espectadores, aunque la mayoría ya se habían alejado considerablemente del cráter.

La gente hablaba en susurros nerviosos. Los más optimistas sugerían que los marcianos, debilitados por la mayor gravedad terrestre, eran criaturas inofensivas que apenas podían moverse fuera de su cilindro. Se señalaba que no habían hecho ningún gesto hostil, que simplemente habían mirado. Algunos incluso especulaban sobre la posibilidad de establecer relaciones diplomáticas con los visitantes.

Yo no compartía ese optimismo. Algo en aquellos ojos oscuros y enormes me había helado la sangre, y mientras caminaba de regreso a mi casa en la penumbra del atardecer, sentía un desasosiego profundo, como el que se siente antes de una tormenta cuando el aire se vuelve pesado y eléctrico.

Mi esposa me recibió con ansiedad. Había oído los rumores pero no los había creído.

— ¿Es verdad? — preguntó —. ¿Hay realmente algo del espacio?

— Es verdad — respondí —. Son criaturas de Marte. Las he visto con mis propios ojos.

— ¿Son peligrosas?

La pregunta quedó flotando en el aire. No supe qué responder. Lo que había visto era tan ajeno, tan incomprensible, que mis categorías habituales de peligroso o inofensivo parecían inadecuadas. Era como preguntarle a una hormiga si el pie que se cierne sobre su hormiguero es peligroso.

— No lo sé — dije al fin —. Pero creo que deberíamos prepararnos para lo peor.

Aquella noche apenas dormí. Me asomé varias veces a la ventana y vi, en la dirección del páramo, un resplandor rojizo que iluminaba el horizonte. Los marcianos, fuera lo que fuera que estuviesen haciendo en su cilindro, habían encendido algún tipo de fuego o mecanismo que proyectaba aquella luz siniestra sobre la campiña dormida.

Los perros del vecindario ladraban sin cesar. Los caballos en las cuadras cercanas estaban inquietos y relinchaban. Hasta los pájaros nocturnos parecían haberse callado, como si toda la naturaleza percibiera una perturbación profunda en el orden de las cosas.

A la mañana siguiente, la prensa de Londres publicó las primeras noticias detalladas sobre el cilindro. Los titulares eran sensacionalistas pero, por una vez, se quedaban cortos ante la realidad. Se organizaron expediciones científicas desde varias universidades. El gobierno envió un destacamento militar a la zona, más como precaución que por alarma genuina. Un representante del Ministerio de Asuntos Exteriores declaró que Inglaterra mantendría una actitud de vigilante curiosidad ante los visitantes extraplanetarios.

Vigilante curiosidad. Recuerdo esas palabras con amargura. En menos de veinticuatro horas, aquella vigilante curiosidad se convertiría en pánico desatado, y la complacencia de una nación entera se haría pedazos como un cristal golpeado por una piedra.

Pero aún no lo sabíamos. Aquel segundo día amaneció tan luminoso y apacible como el primero. Los jardines seguían floreciendo, los trenes salían puntuales de las estaciones, y en las calles de Londres la gente hablaba de los marcianos con la misma ligereza con que habría comentado los resultados de un partido de cricket.

Mientras tanto, en el fondo de su cráter, los marcianos trabajaban. Sus tentáculos se movían con precisión mecánica, ensamblando algo que ningún ojo humano había visto aún. Un arma. Un instrumento de destrucción cuyo poder superaba todo lo que la imaginación más delirante pudiera concebir.

El rayo de calor estaba a punto de dispararse por primera vez.

Y nosotros, los habitantes de aquella verde y plácida campiña inglesa, seguíamos sonriendo bajo el sol, tan ajenos al desastre inminente como lo están las ovejas que pastan al pie del matadero.

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Antes de leer

En este capítulo se produce el primer contacto visual con los marcianos. Wells construye la escena con una mezcla de curiosidad científica y horror creciente. Observa cómo la multitud pasa de la fascinación al terror, y cómo la descripción física de los marcianos rompe con cualquier expectativa antropomórfica.

Análisis

La descripción del marciano es deliberadamente repulsiva: tentáculos, piel aceitosa, ojos enormes sin expresión. Wells quiere que el lector sienta el mismo horror visceral que los personajes. La escena de la multitud que observa como si fuera un espectáculo de feria es una crítica a la frivolidad humana. La ironía es que tratan como entretenimiento lo que será su destrucción.

Test · pregunta 1 de 3

¿Cómo se describe físicamente a los marcianos?

Sin producto esperado.