Al día siguiente, tras un sueño reparador, Legrand me condujo a una mesa donde había extendido cuidadosamente un trozo de pergamino, varias hojas con anotaciones y el escarabajo de oro, que reposaba sobre un paño de terciopelo negro como una joya en su estuche.
— Ahora — dijo, con la calma reconcentrada de quien ha ordenado sus ideas y se dispone a exponerlas con método — le contaré toda la historia desde el principio. ¿Recuerda aquella noche en que le hice el bosquejo del escarabajo?
— Perfectamente.
— Recuerde también que me sentí bastante irritado por su insistencia en que mi dibujo se parecía a una calavera. Cuando usted formuló esa observación por primera vez, creí que bromeaba; pero luego recordé las manchas peculiares del dorso del insecto y reconocí que su observación tenía cierto fundamento. Aun así, su burla sobre mis dotes de dibujante me irritó, pues me considero buen artista, y cuando me alcanzó el trozo de pergamino estuve a punto de arrugarlo y tirarlo enojado al fuego.
— Se refiere al trozo de papel — corregí.
— No; tenía aspecto de papel, y al principio yo mismo supuse que lo era; pero cuando me puse a dibujar sobre él, descubrí que era en realidad un trozo de pergamino muy delgado. Estaba bastante sucio, como recordará. Pues bien, en el momento en que iba a arrugar el pergamino, mis ojos cayeron sobre el bosquejo que usted había examinado y ya puede imaginarse mi asombro cuando percibí, en efecto, la figura de una calavera en el lugar preciso donde yo creía haber dibujado el escarabajo. Durante un momento me sentí demasiado aturdido para pensar con claridad. Sabía que mi dibujo difería esencialmente en sus detalles del que tenía ante mí, aunque hubiese cierta similitud en el contorno general. Tomé entonces una vela y, sentándome al otro extremo de la habitación, procedí a escrutar el pergamino más detenidamente. Al darle la vuelta, vi mi propio bosquejo en el reverso, tal como lo había hecho. Mi primera impresión fue de simple sorpresa por la notable similitud del contorno, por la singular coincidencia de que, en el reverso del pergamino, directamente bajo mi dibujo del escarabajo, hubiese una calavera que se le pareciese con tanta exactitud, no solo en contorno sino en tamaño.
Hizo una pausa. Se levantó, encendió su pipa, y continuó caminando lentamente por la habitación.
— Digo que la singularidad de esta coincidencia me dejó estupefacto durante un rato. Es la reacción común del espíritu humano: aun los entendimientos más agudos se confunden ante coincidencias demasiado notables. Pero luego recobré mis sentidos y el razonamiento vino en mi ayuda. Recordé de forma clara y distinta que no había ningún dibujo en el pergamino cuando tracé mi bosquejo del escarabajo. Estaba seguro de ello, pues había dado la vuelta al pergamino buscando el lado más limpio. Si la calavera hubiese estado allí, sin duda la habría visto. Había allí, pues, un misterio que me sentí incapaz de resolver; pero ya en ese mismo instante me pareció ver brillar, débilmente, en las profundidades de mi mente, la remota fosforescencia de la verdad, de la que nuestra última aventura nocturna nos ha dado tan magnífica demostración.
— Continúe — dije, fascinado.
— Me levanté resueltamente, dejé de lado toda otra reflexión, y procedí con método. En primer lugar, consideré la manera en que el pergamino había llegado a mi poder. Lo habíamos encontrado en la playa, Júpiter y yo, el día en que descubrimos el escarabajo. Júpiter había cogido el escarabajo y buscaba una hoja o algo parecido con que asirlo, pues temía tocarlo con los dedos. En ese momento, sus ojos y los míos cayeron sobre el trozo de pergamino, que entonces yo tomé por papel. Estaba semienterrado en la arena, con una esquina asomando. Cerca del sitio donde lo encontramos observé los restos de lo que parecía un bote largo. Los restos habían estado allí mucho tiempo, pues apenas podía discernirse la semejanza con la armazón de un bote.
— Bien, habiendo encontrado el pergamino, envolví el escarabajo en él y se lo di a Júpiter para que lo llevara. Cuando llegamos a casa, y antes de soltar el bicho, busqué un trozo de papel para hacer mi bosquejo, y no hallando ninguno en el cajón, la mano me fue al pergamino del bolsillo. Esa fue la secuencia exacta de los hechos. Ahora bien, lo que me interesaba era esto: ¿cuándo y cómo la calavera había sido dibujada en el pergamino?
— Consideré entonces las circunstancias del hallazgo. El pergamino estaba cerca de los restos de un bote. La calavera, símbolo universal de la piratería, estaba dibujada en un pergamino, no en un papel. El pergamino es un material duradero, casi indestructible. Estas reflexiones me sugirieron una conexión con la piratería, con algún pirata. ¿Y qué pirata ha estado más asociado con la costa de Carolina del Sur que el capitán Kidd? La tradición afirma que enterró su tesoro en algún punto de esa costa. Todos estos pensamientos, por separado, eran débiles, pero juntos formaban una cadena de evidencia circunstancial poderosa.
Se detuvo frente a mí con expresión grave.
— Pero había algo más. La calavera no estaba en el pergamino cuando yo dibujé el escarabajo. Apareció después. ¿Cómo? Solo había una respuesta posible: tinta simpática, tinta invisible. ¿Y qué agente había obrado entre el momento en que dibujé el escarabajo y el momento en que descubrí la calavera?
— El fuego — dije de inmediato.
— ¡Exacto! El calor del fuego. Cuando usted me devolvió el pergamino, yo estaba a punto de arrugarlo. Pero en ese instante, el perro saltó sobre usted, y usted acarició al perro con la mano que sostenía el pergamino. Lo dejó caer cerca del fuego, y yo lo recogí. Debió de estar suficientemente cerca de las llamas para que el calor hiciera visible la calavera, dibujada previamente con alguna sustancia sensible al calor.
— Las tintas simpáticas son bien conocidas. El regulus de cobalto, disuelto en espíritu de nitro, da un resultado verde que se vuelve rojo al calentarse; el nitrato de cobalto da un color azul. El que fue usado en este caso era probablemente una preparación a base de regulus de cobalto.
— Ahora bien — continuó Legrand —, usted recordará que, cuando examiné la calavera, encontré el pergamino sucio y arrugado. Pero observé que uno de los bordes estaba más limpio que el resto, como si hubiera sido protegido por algún tipo de cubierta. Pensé que quizás habría más escritura oculta. Apliqué calor al pergamino entero, con sumo cuidado, calentándolo gradualmente con una vela. Al principio no pasó nada. Pero cuando aumenté la temperatura, apareció en la esquina diagonalmente opuesta a la calavera la figura de un cabrito. ¿Comprende la importancia de esa figura?
— Un cabrito — repetí.
— Un kid. Captain Kidd. El cabrito y la calavera, marcas del pirata, estaban en esquinas opuestas del pergamino, como una especie de firma o sello. Pero entre ambas figuras, ¿qué había?
— Más texto oculto.
— Exacto. Sometí todo el pergamino a un calor más intenso, y entre la calavera y el cabrito apareció una serie de cifras y caracteres dispuestos en varias líneas. Aquí los tiene — y extendió ante mí una hoja donde había copiado las cifras con meticuloso cuidado:
53‡‡†305))6;4826)4‡.)4‡);806;48†8¶60))85;1‡(;:‡8†83(88)5†;46(;8896?;8)‡(;485);5†2:‡(;49562(5-4)8¶8;4069285);)6†8)4‡‡;1(‡9;48081;8:8‡1;48†85;4)485†528806*81(‡9;48;(88;4(‡?34;48)4‡;161;:188;‡?;
— Parecía un galimatías indescifrable. Pero yo sabía que era un criptograma, un mensaje cifrado. Y sabía, por las marcas del pirata, que contenía instrucciones para encontrar un tesoro. El problema era descifrarlo.
— El primer principio del criptoanálisis, cuando se trata de una cifra de sustitución simple — y tenía buenas razones para creer que esta lo era —, consiste en determinar la frecuencia de los caracteres. En inglés, la letra que aparece con mayor frecuencia es la e. Por lo tanto, el carácter más frecuente en el criptograma probablemente representaba la e.
Legrand se sentó a mi lado y fue desplegando su análisis con la precisión de un matemático.
— Conté los caracteres. El más frecuente era el 8, que aparecía treinta y tres veces. La letra más común en inglés, como he dicho, es la e. Por tanto, asumí que 8 representaba e.
— El siguiente paso era buscar la palabra más frecuente en inglés, que es the. Si 8 es e, entonces the aparecería como ;48 o alguna combinación similar, donde ; sería t y 4 sería h. Busqué la secuencia ;48 y la encontré repetida varias veces, lo que confirmó mi suposición.
— Ahora tenía tres letras: e igual a 8, t igual a punto y coma, h igual a 4. Pero esto era solo el comienzo. El siguiente carácter más frecuente después del 8 era el punto y coma, que ya había identificado como t. Le seguía el 4, que era h. Todo coherente.
— El procedimiento lógico era buscar combinaciones conocidas. La secuencia ;48 era the. Pero también encontré varias veces la secuencia ;48‡, lo que sugería que ‡ era una letra que con frecuencia sigue a the. La más probable: r u o. Examiné las posiciones y opté por o, que es mucho más frecuente que r en posición inicial de la palabra que sigue a the.
— De este modo, letra por letra, palabra por palabra, fui reconstruyendo el mensaje. Cada nueva letra descubierta me daba pistas para las siguientes. Fue un proceso largo y arduo, con muchos callejones sin salida y rectificaciones, pero al final, el criptograma reveló su secreto.
Se inclinó sobre la mesa y leyó en voz alta:
— A good glass in the bishop’s hostel in the devil’s seat — forty-one degrees and thirteen minutes — northeast and by north — main branch seventh limb east side — shoot from the left eye of the death’s head — a bee-line from the tree through the shot fifty feet out.
— Esto es — dije —: Un buen cristal en la hostería del obispo en la silla del diablo — cuarenta y un grados y trece minutos — nordeste cuarto al norte — rama principal, séptimo miembro, lado este — tirar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto — una línea de abeja desde el árbol a través del tiro, cincuenta pies hacia afuera.
— Exacto. Pero aun así, la cosa no era fácil de interpretar. ¿Qué significaba la hostería del obispo? ¿Y la silla del diablo? Dediqué varias semanas a investigar. Recorrí los alrededores, consulté viejos mapas, hablé con los habitantes más ancianos del lugar.
— Finalmente descubrí que Bishop’s Hostel era el nombre que antiguamente se daba a una antigua propiedad de la familia Dosobie, cuyo nombre por corrupción fonética habría dado the Bishop’s Hotel. Y en esa propiedad, entre unas rocas escarpadas, encontré una formación natural conocida por los lugareños como la silla del diablo: una especie de asiento natural tallado en la roca por la erosión.
— Me senté en la silla del diablo y utilicé un catalejo — a good glass, un buen cristal — para mirar en la dirección indicada: nordeste cuarto al norte, cuarenta y un grados y trece minutos. Y lo que vi a través del catalejo fue la copa de un árbol enorme — nuestro tulipero — en cuya rama más alta se distinguía algo blanco. Era la calavera, clavada allí por el propio Kidd o por alguno de sus hombres, hacía más de un siglo.
— El resto ya lo sabe usted. Rama principal, séptimo miembro, lado este: esa era la rama por la que trepó Júpiter. Tirar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto: dejar caer el escarabajo — que yo usé como peso — por el ojo izquierdo de la calavera. Una línea de abeja desde el árbol a través del tiro, cincuenta pies hacia afuera: medir en línea recta desde el pie del árbol, pasando por el punto donde cayó el escarabajo, cincuenta pies más allá. Y ahí estaba el tesoro.
Permanecí en silencio un buen rato, abrumado por la elegancia del razonamiento.
— ¿Y el error de Júpiter? — pregunté al fin.
— ¡Ah, sí! El error de Júpiter casi nos arruina. Cuando le dije que dejara caer el escarabajo por el ojo izquierdo, siendo zurdo, confundió su izquierda con su derecha. Dejó caer el peso por el ojo derecho de la calavera, lo que desplazó nuestro punto de referencia varios metros. Por eso la primera excavación fue infructuosa. Cuando descubrí el error, recalculé la posición correcta, y entonces…
— Entonces encontraron el tesoro.
— Entonces encontramos el tesoro — asintió, con una sonrisa satisfecha.
Llegó el momento de hacer un inventario de nuestro hallazgo. El cofre contenía una riqueza incalculable. Había monedas de oro de varias naciones: doblones españoles, guineas inglesas, luises de oro franceses, monedas portuguesas y holandesas. Había diamantes, esmeraldas, rubíes y zafiros, algunos de ellos de un tamaño extraordinario. Ciento diez diamantes, dieciocho rubíes, trescientas diez esmeraldas, veintiún zafiros y un ópalo. Las piedras habían sido arrancadas de sus monturas para mayor facilidad de transporte.
Además de las piedras preciosas, había ciento noventa y siete relojes de oro magníficos, tres de los cuales valían quinientos dólares cada uno. Había numerosas cadenas de oro macizo, pesadísimas, cerca de doscientas; exquisitos pendientes, treinta y dos aros de plata, y un gran cuenco de plata. Y monedas: gran cantidad de monedas de oro francesas, españolas e inglesas. Calculamos el valor total del tesoro en un millón y medio de dólares, pero la venta posterior de las joyas — pues estaban subestimadas — elevó la suma considerablemente por encima de esa cifra.
Cuando terminó su relato, Legrand encendió su pipa y se recostó en la silla con expresión serena.
— El escarabajo de oro — dijo, mirando al insecto que reposaba sobre el terciopelo — fue el agente providencial. Sin él, jamás habría encontrado el pergamino. Y sin el pergamino, jamás habría descifrado el secreto del capitán Kidd.
— Pero el escarabajo en sí — dije — no tenía ninguna relación con el criptograma. Fue solo una coincidencia que lo envolviera en el pergamino.
— Exactamente — asintió —. Pero a veces las coincidencias son los instrumentos del destino. Júpiter creyó que el escarabajo era de oro macizo. No lo era, desde luego; era simplemente un scarabaeus de color dorado, bastante común en estas latitudes. Pero su peso inusual y su brillo metálico lo hacían parecer extraordinario. Y fue ese escarabajo — ese humilde insecto — el que puso en marcha toda la cadena de acontecimientos que nos llevó a una de las fortunas más grandes jamás enterradas en las costas de América.
Me levanté y estreché la mano de mi amigo.
— Legrand — dije —, le debo a usted una disculpa. Cuando emprendimos esta aventura, yo estaba convencido de que había perdido la razón. Ahora veo que su locura era la forma más refinada de la cordura.
— No se preocupe, querido amigo — respondió con una sonrisa —. Yo mismo dudé de mi razón en más de una ocasión. Pero el criptograma era real, las instrucciones eran precisas, y el tesoro estaba donde Kidd lo había dejado hacía más de un siglo. Hay misterios en este mundo que solo esperan una mente dispuesta a descifrarlos.
Y con estas palabras, William Legrand cerró el capítulo más extraordinario de su extraordinaria vida. El escarabajo de oro reposa aún sobre el terciopelo negro, un recordatorio brillante y silencioso de que las más grandes riquezas a veces se esconden en los lugares más inesperados, y de que la perseverancia y la razón son las llaves que abren las puertas de lo imposible.
Este capítulo es el corazón intelectual del relato. Legrand explica paso a paso cómo descifró el criptograma del capitán Kidd usando análisis de frecuencia. Es uno de los primeros ejemplos de criptoanálisis en la literatura de ficción. Presta atención al método deductivo, que anticipa las técnicas de Sherlock Holmes por décadas.