Al día siguiente me levanté muy temprano y me dirigí a la choza de Legrand. Lo encontré esperándome con marcada impaciencia. Su rostro estaba encendido y sus ojos brillaban con un fulgor febril que me alarmó sobremanera. Júpiter, por su parte, tenía el semblante sombrío de quien prevé una calamidad inevitable, y se movía con una pesadez que contrastaba con la agitación nerviosa de su amo.
Legrand había preparado tres palas, una guadaña y unas linternas sordas. Me explicó que el escarabajo de oro era la clave de todo, que una inmensa fortuna estaba al alcance de su mano, y que la expedición de ese día lo demostraría. Cuando le rogué que me explicara con más detalle, se negó rotundamente.
— Paciencia, amigo mío — dijo con una sonrisa enigmática —. Todo le será revelado en su momento. Antes de que caiga la noche, usted comprenderá.
No pude arrancarle una palabra más sobre el asunto. Con cierta renuencia, me resigné a seguir ciegamente sus instrucciones.
Nos embarcamos en un bote y cruzamos la ensenada hacia el continente. Una vez desembarcados, tomamos un sendero que se internaba en una zona boscosa de aspecto desolado y salvaje. Legrand caminaba al frente con paso decidido, consultando de cuando en cuando lo que parecía ser unas notas escritas en una tira de pergamino. Júpiter cargaba las palas y las linternas, refunfuñando por lo bajo, y yo cerraba la marcha, presa de una curiosidad cada vez más intensa.
El paisaje se hacía más agreste y sombrío a cada paso. Los enormes robles extendían sus ramas cubiertas de musgo gris como fantasmas petrificados. La luz del sol apenas penetraba en aquella espesura, y un silencio solemne lo envolvía todo, roto apenas por el lejano reclamo de algún ave o el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies.
Caminamos durante unas dos horas, adentrrándonos cada vez más en el bosque. De pronto, Legrand se detuvo y miró a su alrededor con expresión satisfecha.
— Estamos cerca — murmuró.
Consultó una vez más sus notas y luego alzó la vista hacia las copas de los árboles. Parecía buscar algo muy concreto. Al cabo de unos minutos, una expresión de triunfo iluminó su semblante.
— ¡Ese es! — exclamó, señalando un tulipero de enormes dimensiones que se alzaba majestuoso entre los demás árboles, sobrepasándolos a todos en altura y en la extensión de su follaje. Su tronco, de un grosor prodigioso, era perfectamente recto durante los primeros sesenta o setenta pies, y luego se dividía en una vasta corona de ramas que se extendían en todas direcciones.
— Júpiter — dijo Legrand, volviéndose hacia el viejo negro —, ¿sabes trepar a los árboles?
— Sí, massa, Júp sabe trepar a cualquier árbol que haya crecido en este mundo — respondió el viejo con orgullo.
— Entonces sube a ese tulipero, y deprisa.
— ¿Subir a ese árbol, massa? — Júpiter miró hacia arriba con expresión de duda —. ¿Cómo voy a subir a ese monstruo de árbol? Las ramas más bajas están a sesenta pies del suelo.
— Sube al tronco primero, y después ya veremos cómo te las arreglas con las ramas.
— ¿Y qué tengo que hacer cuando llegue arriba?
— Ya te lo diré cuando estés ahí. Pero espera, lleva el escarabajo contigo.
Y diciendo esto, Legrand desató del chaleco un cordel al que estaba atado el escarabajo de oro. El insecto era verdaderamente espléndido, como me vi obligado a admitir. Tenía un brillo metálico deslumbrante, era pesado como el plomo, y en su dorso se distinguían claramente dos manchas redondas y negras cerca de un extremo, y otra mancha alargada cerca del otro. Parecían representar un rostro: los dos puntos eran ojos, y la mancha inferior una boca abierta en una sonrisa macabra. Sí, decididamente el escarabajo parecía una diminuta calavera dorada.
Júpiter tomó el insecto con evidente repugnancia, como si temiera que lo mordiese, y lo miró con desconfianza antes de colgarlo del cuello mediante el cordel.
— Ahora trepa — ordenó Legrand.
El viejo negro, tras quitarse los zapatos y la chaqueta, abrazó el enorme tronco con brazos y rodillas y comenzó a trepar con una agilidad sorprendente para su edad. Pronto desapareció entre el follaje.
— ¡Más arriba! — gritó Legrand.
— ¿Hasta dónde, massa?
— Sigue subiendo. ¿Ves alguna rama grande que se extienda hacia el norte?
Hubo una pausa. Luego la voz de Júpiter descendió amortiguada entre las hojas.
— Sí, massa, veo una rama bien grande que sale para allá.
— Bien, avanza por esa rama, pero ten cuidado de no caerte. Si te caes, te retuerzo el pescuezo.
— Me da miedo de ir por esa rama — protestó Júpiter desde las alturas —. Está medio seca y podrida.
— ¡He dicho que vayas por esa rama! — insistió Legrand con vehemencia —. Si tienes miedo de un tronco muerto, un negro grande y gordo como tú, ¿es que no te da vergüenza?
— Sí, massa, vergüenza me da — murmuró Júpiter, y se oyó el crujir de la madera bajo su peso mientras avanzaba cautelosamente por la rama.
— ¿Hasta dónde he de ir?
— Sigue hasta el final, o casi. ¿Ves algo?
— Sí, massa. ¡Dios bendito! ¡Aquí hay una calavera clavada al árbol!
— ¡Una calavera! Perfectamente. ¿Y cómo está sujeta a la rama?
— Pues está sujeta con un clavo grande, un clavo clavado justo en la coronilla.
— Bien. Ahora, Júpiter, haz exactamente lo que te digo. ¿Me oyes?
— Sí, massa Will.
— Fíjate bien en la calavera. ¿Puedes encontrar el ojo izquierdo?
Hubo otra pausa prolongada. Luego el negro habló:
— ¡Ja! Eso sí que es gracioso… La calavera no tiene ojo izquierdo ni derecho. No tiene ningún ojo.
— ¡Maldita tu estampa! ¿No sabes distinguir tu mano izquierda de la derecha?
— Claro que sí. Claro que sé. Mi mano izquierda es la que corta la leña.
— Sin duda eres zurdo. Tu ojo izquierdo está del mismo lado que tu mano izquierda. ¿Puedes encontrar ahora el ojo izquierdo de la calavera? Es decir, el agujero donde estaba el ojo, del lado izquierdo de la calavera.
— ¡Ah, ahora sí, massa! Aquí está.
— Ahora deja caer el escarabajo por ese agujero, tan lejos como llegue el cordel. Pero ten cuidado de no soltar el cordel.
— Ya está hecho, massa Will. Fue muy fácil meter el escarabajo por el agujero… mírelo cómo baja, baja…
En este punto, Legrand sacó una cinta métrica del bolsillo y, tomando como referencia el punto exacto donde el escarabajo pendía del cordel, comenzó a realizar mediciones meticulosas. Clavó una estaca en el suelo, exactamente debajo del punto del que colgaba el insecto, y luego midió una distancia precisa en la dirección que sus notas indicaban.
— Aquí es — dijo con voz solemne —. Aquí es donde debemos cavar.
Me miró con ojos centelleantes. No pude menos que sonreír ante lo que me parecía una locura monumental.
— Legrand — dije con toda la suavidad posible —, este ejercicio es… notable. Pero permítame preguntarle: ¿qué espera encontrar cavando en este bosque perdido?
— Lo que espero encontrar — respondió con firmeza — es el tesoro del capitán Kidd.
Aquella declaración me dejó atónito. Todos habíamos oído las leyendas del tesoro del capitán Kidd, aquel pirata famoso que se suponía había enterrado su inmensa fortuna en algún punto de la costa este antes de ser capturado y ejecutado. Pero tomar esas leyendas en serio, y más aún, emprender una expedición basándose en un escarabajo y una calavera clavada a un árbol, me parecía la cumbre de la demencia.
Sin embargo, algo en la convicción de Legrand me impidió negarme. Tomé una de las palas y comencé a cavar donde me indicó. Júpiter descendió del árbol y se nos unió. Los tres cavamos en silencio durante dos horas, abriendo un hoyo de considerable profundidad, sin hallar otra cosa que arena, piedras y raíces.
Al cabo de esas dos horas, Legrand se detuvo con expresión de profundo disgusto.
— Algo anda mal — murmuró, pasándose una mano por el cabello empapado de sudor —. El punto no puede ser este. A menos que…
Se volvió bruscamente hacia Júpiter.
— ¿Por cuál ojo dejaste caer el escarabajo?
— Por el izquierdo, massa, por el ojo izquierdo de la calavera — y aquí el viejo negro señaló su propio ojo izquierdo para mayor énfasis.
Legrand palideció.
— Ven aquí — dijo con voz terrible —. ¿Cuál es tu mano izquierda?
— Mi mano izquierda es esta, massa — dijo Júpiter, alzando la mano derecha.
— ¡Lo sabía! — exclamó Legrand, dejándose caer al suelo como si un rayo lo hubiera fulminado —. ¡Es zurdo! ¡Su mano izquierda es su mano derecha! ¡Dejó caer el escarabajo por el ojo derecho de la calavera en lugar del izquierdo!
Se incorporó de un salto, encendido de nueva energía.
— ¡No importa! ¡Podemos corregirlo! Volvamos a empezar.
Arrancó la estaca, realizó nuevos cálculos partiendo de un punto corregido — el ojo izquierdo verdadero de la calavera — y marcó un nuevo sitio, a unos metros del anterior.
— Aquí — declaró —. Debemos cavar aquí.
Aunque el cansancio pesaba sobre todos nosotros, la intensidad de Legrand era contagiosa. Volvimos a clavar las palas en la tierra. Esta vez, la arena cedió con más facilidad, como si hubiera sido removida antes. Cavamos durante otra hora, y cuando el hoyo alcanzaba unos cinco pies de profundidad, la pala de Júpiter golpeó algo duro.
— ¿Qué es eso? — pregunté, con el corazón latiéndome con fuerza.
— ¡Despejemos esto! — exclamó Legrand, arrodillándose junto al hoyo.
Con las manos y las palas, apartamos la tierra que cubría el objeto. Pronto quedó a la vista un cofre de madera, reforzado con bandas de hierro oxidado. Era de considerable tamaño, quizás tres pies y medio de largo, tres de ancho y dos y medio de profundidad. Estaba sólidamente asegurado con bandas de hierro forjado, remachadas, que formaban un entramado a su alrededor. A cada lado del cofre, cerca de la tapa, había tres anillos de hierro — seis en total — mediante los cuales seis personas podían asirlo con firmeza.
Nuestros esfuerzos combinados apenas bastaron para sacar el cofre del hoyo. La tapa estaba cerrada solo con dos pasadores corredizos, que retiramos, temblorosos y jadeantes de ansiedad. En un instante, un tesoro de incalculable valor yacía centelleando ante nosotros.
Los rayos de las linternas caían sobre un confuso montón de oro y de joyas que resplandecía y centelleaba de un modo que cegaba nuestros ojos. No intentaré describir los sentimientos con que lo contemplé. El asombro predominaba sobre todos los demás. Legrand parecía exhausto de emoción y no pronunció más que unas pocas palabras. El semblante de Júpiter adquirió la mayor palidez que pueda tomar el semblante de un negro. Parecía estupefacto, fulminado. Se arrodilló en el hoyo y, hundiendo sus brazos desnudos hasta el codo en el oro, los dejó allí, como si disfrutara de la voluptuosidad de un baño.
— ¡Y todo esto viene del escarabajo de oro! — exclamó al fin —. ¡Del pobre escarabajito de oro al que yo le dije tantas cosas malas! ¿No le da vergüenza, Júpiter? ¿No le da vergüenza, pedazo de negro?
Se hizo necesario, al cabo, que yo despertara a ambos, amo y sirviente, a la necesidad de transportar el tesoro. Se hacía tarde y teníamos que emplearnos con alguna actividad para tener todo en lugar seguro antes del amanecer. No era fácil saber qué hacer, y tardamos mucho en deliberar, tan confusos teníamos los pensamientos. Al cabo aligeramos la carga del cofre quitando dos tercios de su contenido, y entonces pudimos, con cierta dificultad, levantarlo del hoyo. Los objetos que habíamos sacado los depositamos entre los zarzales, con el perro de guardia. Luego nos pusimos en marcha con el cofre, llegando sin percance a la choza a la una de la madrugada. Rendidos como estábamos, la naturaleza humana no podía hacer más en aquel momento. Descansamos hasta las dos, cenamos, y enseguida partimos hacia las colinas, provistos de tres grandes sacos que encontramos oportunamente en la choza. Llegamos a las cuatro al hoyo, nos repartimos el botín restante con la mayor equidad posible, y dejamos los hoyos sin cegar. A las seis de la mañana estábamos de vuelta con nuestro oro, y por fin pudimos descansar.
Legrand, ya más sereno, prometió explicarme todo con detalle. La historia del criptograma, del pergamino, del escarabajo y de la calavera formaba una cadena de razonamiento tan asombrosa como el tesoro mismo. Pero esa explicación merecía un momento de calma, y la pospusimos para el día siguiente.
En esta parte, Legrand arrastra al narrador y a Júpiter a una expedición misteriosa hacia el continente. Observa cómo Poe construye la tensión mediante la reticencia de Legrand a explicar sus motivos y la creciente frustración del narrador. El bosque y la oscuridad amplifican la atmósfera de misterio.